El cardenal prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Victor Manuel 'Tucho' Fernández, con el superior general de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), Davide Pagliarani
Tras muchos años de calma tensa, las relaciones entre la Santa Sede y la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) están a punto de llegar a la ruptura total. Todo después de que, el 2 de febrero, el superior de la comunidad ultratradicionalista, Davide Pagliarani, anunciara que, el 1 de julio, sin contar con el Papa (el único que puede hacerlo), consagrarán a nuevos obispos en su seno.
Días después, el 12 de febrero, el líder del grupo ultratradicionalista fue citado en Roma por el prefecto de Doctrina de la Fe, el cardenal argentino Víctor Manuel Fernández. Tras una profunda conversación entre ambos, que fue catalogada de “cordial y serena”, el representante vaticano ofreció desarrollar “un camino de diálogo específicamente teológico” en el que, “con una metodología precisa”, se analizaran “los diferentes grados de adhesión que exigen los diversos textos del Concilio Vaticano II y su interpretación”. En esa senda se deberían encontrar “los requisitos mínimos para la plena comunión con la Iglesia católica”.
En definitiva, se habrían las puertas a un dialogo sincero. Eso sí, con una aclaración tajante: las anunciadas consagraciones episcopales debían ser anuladas. Y es que, puesto que solo el Papa “ostenta la suprema potestad ordinaria, plena, universal, inmediata y directa”, desobedecerle en un punto tan álgido “implicaría una ruptura decisiva de la comunión eclesial”. Un “cisma” que tendría “graves consecuencias para la FSSPX en su conjunto”.
Hace una semana, Pagliarani se comprometió a ofrecer una respuesta a Roma tras consultarla con su consejo general. Y esta ha llegado en las últimas horas con una amplia misiva en la que el líder de la FSSPX deja claro que “no puedo aceptar, por honestidad intelectual y fidelidad sacerdotal, ante Dios y ante las almas, la perspectiva y los objetivos en nombre de los cuales el dicasterio propone reanudar el diálogo en la situación actual; ni tampoco, por otra parte, el aplazamiento de la fecha del 1 de julio”. Es decir, que se mantiene el desafío a Roma y, lejos de desconvocarse o aplazarse la consagración episcopal, sigue adelante y en la fecha prevista.
Con un tono mordaz, Pagliarani le manifiesta a Fernández que “no puedo sino acoger favorablemente la apertura a una discusión doctrinal, manifestada hoy por la Santa Sede, por la sencilla razón de que fui yo mismo quien la propuso hace exactamente siete años, en una carta fechada el 17 de enero de 2019”. Sin embargo, lamenta, “en aquel momento, el dicasterio no mostró realmente interés por tal discusión, aduciendo (de forma oral) que era imposible llegar a un acuerdo doctrinal entre la Santa Sede y la Fraternidad San Pío X”.
Los lefebrianos recalcan que “una discusión doctrinal era (y sigue siendo) deseable y útil”. Y por ello la plantearon hace siete años, “en un momento sereno y pacífico, sin la presión o la amenaza de una posible excomunión que habría hecho el diálogo un poco menos libre”.
Siendo un hecho que este, “lamentablemente”, es el actual panorama, el representante de la FSSPX es meridianamente claro cuando reconoce que “ambos sabemos de antemano que no podemos ponernos de acuerdo en materia doctrinal, especialmente en lo que se refiere a las orientaciones fundamentales adoptadas desde el Concilio Vaticano II”.
Y es que “este desacuerdo, por parte de la Fraternidad, no constituye una simple divergencia de opiniones, sino un verdadero caso de conciencia, nacido de lo que resulta ser una ruptura con la Tradición de la Iglesia. Lamentablemente, este complejo nudo se ha vuelto aún más inextricable con los desarrollos doctrinales y pastorales surgidos durante los últimos pontificados”.
En definitiva, una vez que la FSSPX lleva décadas calificando el Concilio de “protestante”, su líder es contundente al argumentar que “no veo cómo un proceso de diálogo común podría conducir a determinar conjuntamente cuáles serían ‘los mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica’, ya que, como usted mismo ha recordado con franqueza, los textos del Concilio no pueden ser corregidos, ni puede cuestionarse la legitimidad de la reforma litúrgica”.
Significativamente, los grandes estiletes de la Tradición aceptan indirectamente que no hay marcha atrás para la reforma eclesial contemporánea cuyo primer impulso dieron Juan XXIII y Pablo VI: “El Concilio Vaticano II no es un conjunto de textos libremente interpretables: ha sido recibido, desarrollado y aplicado durante sesenta años por los papas que se han sucedido, según orientaciones doctrinales y pastorales precisas”.
Así, citando “textos importantes” de estos años “como ‘Redemptor hominis’, ‘Ut unum sint’, ‘Evangelii gaudium’ o ‘Amoris laetitia’”, en consonancia también con “la reforma litúrgica” cuyos principios han sido “reafirmados en ‘Traditionis custodes’”, se entiende que “todos estos documentos muestran que el marco doctrinal y pastoral en el que la Santa Sede pretende situar cualquier discusión ya está determinado”.
De ahí su dolor, pues, si bien “llevamos siete años esperando una respuesta favorable a la propuesta de discusión doctrinal”, únicamente ha sido ahora, “tras un largo silencio” y “solo al mencionarse las consagraciones episcopales”, cuando “se propone la reanudación del diálogo”.
Y más al apreciarlo “condicionado”, ya que “la mano tendida para la apertura al diálogo va acompañada, lamentablemente, de otra mano ya dispuesta a infligir sanciones. Se habla de ruptura de la comunión, de cisma y de ‘graves consecuencias’. Más aún, esta amenaza es ahora pública, lo cual crea una presión difícilmente compatible con un verdadero deseo de intercambios fraternos y de diálogo constructivo”.
Hacia el final de su respuesta, Pagliarani muestra una mínima puerta abierta, aunque deja la ‘pelota’ en el ‘tejado’ papal: “Ante la constatación compartida de que no podemos llegar a un acuerdo sobre la doctrina, me parece que el único punto en el que podemos coincidir es el de la caridad hacia las almas y hacia la Iglesia”.
De ahí que se dirija a Fernández como “pastor” para invitarle a discernir una cuestión concreta: “La Fraternidad es una realidad objetiva: existe. Por eso, a lo largo de los años, los Sumos Pontífices han tomado nota de su existencia y, mediante actos concretos y significativos, han reconocido el valor del bien que puede realizar, a pesar de su situación canónica. Es también por eso que hoy estamos dialogando”.
En ese punto sin aparente salida, “esta misma Fraternidad le pide únicamente poder continuar haciendo ese mismo bien a las almas a las que administra los santos sacramentos. No le pide nada más, ningún privilegio, ni siquiera una regularización canónica que, en el estado actual de las cosas, es impracticable debido a las divergencias doctrinales. La Fraternidad no puede abandonar a las almas. La necesidad de las consagraciones es una necesidad concreta a corto plazo para la supervivencia de la Tradición, al servicio de la Santa Iglesia católica”.
Puesto que “ninguno de nosotros desea reabrir heridas”, se reivindica que “el tiempo que nos separa del 1 de julio es un tiempo de oración. Es un momento en el que imploramos al Cielo una gracia especial y, por parte de la Santa Sede, comprensión”.
Pagliarani remacha su texto con un dardo en el que, indirectamente, carga contra la reciente manifestación de Doctrina de la Fe de que María no es “corredentora” de la misión salvífica de Cristo: “Rezo especialmente por usted al Espíritu Santo y (no lo tome como una provocación) a su santísima esposa, la Mediadora de todas las gracias”.
¿Qué pasará ahora? Si nada cambia hasta el 1 de julio, lo más seguro es que se repita lo que ya ocurrió en 1988, cuando el arzobispo francés Marcel Lefebvre, que había fundado la FSSPX en 1970 para implementar una realidad eclesial profundamente contraria al Vaticano II, consagró a cuatro obispos por su cuenta, ignorando la potestad papal. Entonces, Juan Pablo II le excomulgó a él y a los cuatro prelados consagrados.
Desde entonces, los conocidos como lefebvrianos han sido el bastión de un tipo de tradicionalismo que, aunque se define “católico” y “fiel a Roma”, no ha dudado en arrastrar varias veces ese espíritu de comunión con el Papa. En esencia, al no reconocer el Vaticano II (en 1974, en un manifiesto, su superior recalcó su rechazo a “la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante” que implicaba la reforma conciliar).
Benedicto XVI intentó reconducir las relaciones con la FSSPX. Así, acordó con su entonces superior, Bernard Fellay (uno de los cuatro obispos consagrados por Lefebvre), el establecimiento de una comisión de diálogo para poner fin al conflicto. Esta estuvo varias veces a punto de lograr un pacto de mínimos, pero finalmente este nunca llegó. Con todo, Ratzinger tuvo un gesto de buena voluntad y, en 2009, levantó la excomunión a los cuatro prelados (Lefebvre había fallecido en 1991).
Con Francisco, sin llegar a una ruptura total, se incrementó la tensión y Pagliarani llegó a cargar contra la “utopía apóstata” de Bergoglio, según él, “de origen liberal, naturalista y masónico”. Y es que el actual superior de la FSSPX, elegido en 2018, es menos propicio al acuerdo con Roma de lo que era Fellay.
Pero ahora se ha vuelto a alcanzar una línea roja. La razón última es que solo sobreviven dos obispos (Fellay y Alfonso de Galarreta) de los cuatro consagrados en 1988 por Lefebvre. Así, teniendo en cuenta que solo ellos pueden ordenar a sacerdotes para su comunidad, los lefebvristas temían que pudieran llegar a un momento de ‘muerte natural’, pese a contar con más de 700 presbíteros en todo el mundo.