Laicos, consagradas y religiosos no sacerdotes responden a estas tres preguntas para diseñar el cura actual

  1. ¿Cuál es la cualidad fundamental que debe tener un cura de hoy?
  2. ¿Qué les pide a los sacerdotes?
  3. Para hacer realidad la Iglesia sinodal, ¿qué conversión urge hoy entre el clero?


Pastoralistas y no administradores

Luis Octavio Solano Luengo, hermano de La Salle

  1. Que su estilo de ser sea pastoralista y no gestor, que sus celebraciones no sean tan ritualistas y una presencia testimonial y/o profética en los ámbitos de parroquia y escolares; impulsando la unidad eclesial.
  2. Que eviten el “clericalismo” y se inculturicen en el contexto-realidad social y familiar en la que viven, que busquen estrategias para dinamizar las eucaristías (más cercanas, afectivas, participativas y no tan ‘ritualistas’) y las catequesis con personas preparadas (con formación adecuada).
  3. Sentirse Iglesia unida y fraterna: con encuentros comunes entre sacerdotes, obispos, seglares y religiosos(as); participación en los consejos parroquiales de seglares, laicos consagrados y sacerdotes; comunión o estrategias de unión entre los sacerdotes y laicos-religiosos(as) para impulsar los diversos carismas (educativos, sanitarios, etc.); y reuniones conjuntas entre obispos y superiores mayores para dinamizar encuentros, formación y proyectos comunes desde ámbitos de intercongregacionalidad en virtud de todos los carismas correspondientes.

Discernir al estilo de jesús

Julia Parra, miembro del Consejo Asesor del Seminario de Madrid y voluntaria de Cáritas y Manos Unidas

  1. Que sea plenamente humano al estilo de Jesús, pastor con olor a oveja, como decía el papa Francisco; que sepa escuchar (a sí mismo, a Dios, a las personas, la realidad); que sepa discernir los signos de los tiempos; que sea persona de oración, atenta a la voz del espíritu; y que sepa acompañar procesos y trabajar en equipo.
  2. Que viva encarnado en la realidad donde tiene que desarrollar su ministerio, que no se recluya en la sacristía ni sea funcionario de lo religioso; que sepa acompañar a la comunidad concreta, no “aterrizar” con modelos comunitarios o eclesiales preconcebidos; que se relacione con todo el pueblo de Dios, conectado a la misión de construir y afianzar la comunidad cristiana, caminando con todos sus miembros para ser, todos juntos, discípulos evangelizadores.
  3. Un porcentaje alto del clero joven en España no ha participado en el proceso sinodal, así que, lo primero, es que crea que la Iglesia es sinodal; el cura tiene que considerarse un hermano entre hermanos. Como bautizados, todos somos corresponsables en la misión y debemos asumir diferentes ministerios en la comunidad según dones, carismas, capacidades y disponibilidad; y creer en los procesos, cultivar el diálogo, y una cultura del encuentro, del cuidado y de la escucha activa en el Espíritu, sin olvidar que Cristo es el centro de la vida cristiana.

Humildes para estar en camino

Irene Labraga, superiora general de las Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios

  1. Para mí, una cualidad fundamental, por supuesto, no es la única, es la humildad. La humildad que permite relacionarse con todos sin sentirse mejor que nadie, la humildad que nos hace estar en camino, siempre buscando crecer y que nos hace sujetos de formación y acompañamiento. Saber que la misión que tienen entre manos supera sus capacidades, pero también tener la certeza de que esta misión es de Dios, les hará ser flexibles, abiertos y les permitirá dejarse ayudar y estar en permanente búsqueda.
  2. Les pido que sean hombres normales, humildes, cercanos. Que no dejen pasar un día sin tener un tiempo suficiente de encuentro personal con el Señor en la adoración, que es la fuente de la vocación y de la misión.  Y que se apasionen con lo que hacen para que den testimonio de gozo y alegría. Que la Eucaristía sea el centro de su vida.
  3. Hay que cultivar mucho la capacidad de escucha, la acogida de lo diferente venga de donde venga, buscar formas de acercar al pueblo la liturgia y la celebración, y crear espacios de discernimiento en los que se puedan poner sobre la mesa los temas importantes antes de tomar decisiones.

Sin aislarse ni alejarse del mundo

Esther Colmenarejo, miembro del Consejo Pastoral de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe

  1. Me parece importante que sean personas que vivan la realidad en la que vivimos todos, sin aislarse ni alejarse de nuestro mundo. Estar con los pies en la tierra es una buena manera de ser un buen sacerdote. A este mundo, a nuestra sociedad deben escucharla con atención y cariño para poder servirla. Y en la tarea evangelizadora me parece que la mejor cualidad que les debe acompañar es hacerla con pasión. Hacer y hablar de las cosas de Jesús apasionadamente.
  2. Sería estupendo que en toda la vida eclesial ambos, laicos y sacerdotes, fueran de la mano. Porque ambos son responsables de la Iglesia. Y para que eso ocurra el sacerdote debe renunciar a decidir todo y solo. Le pido que me trate como una persona adulta, capaz de mirar con él la realidad, reflexionar sobre ella, discernir qué necesita y decidir juntos en qué podemos trabajar para hacer de este mundo un lugar donde el Amor de Dios y su justicia se hagan presentes.
  3. Para caminar hacia una Iglesia sinodal esta pregunta hay que hacerla también a los laicos. Ambos han de convertirse y me temo que es posible que solo estemos poniendo el acento en las altas esferas y en el clero. Ambos, laicos y clero, necesitan creer en la Iglesia de Jesús como un espacio y un tiempo de caminantes, de buscadores, no como un sitio al que se va a mandar o a recibir o a obedecer. Y la conversión pasa por estar convencidos de que esa Iglesia es más de Jesús que una jerarquía. El clero debe distinguir entre presidir y gobernar. Y debe saber que a vivir en sinodalidad se aprende haciéndolo, probando, equivocándonos y rectificando. Asumiendo riesgos juntos, laicos y clero. Celebrando avances juntos. Confiando (ambos) en que el Espíritu de Dios está en todos sus seguidores.

Servidores y no elegidos

Silvia Martínez Cano, Teóloga

  1. No sé si todos los sacerdotes deben tener la misma cualidad. Sería mucho más enriquecedor que tuvieran cualidades distintas. La vocación sacerdotal no es ajustarse a un patrón concreto de creyente, sino estar dispuesto a poner la vida al servicio de la comunidad, no como una vocación de elegidos o como una promoción personal, o como un lugar de poder que imponga orden en la comunidad necesitada de líderes que saben lo que hay que hacer, sino como un mediador de espacios seguros, de relaciones nutritivas y de experiencias de intimidad con Dios. En la medida en que el sacerdote tiene en cuenta a los otros “con los otros”, y no “a pesar de los otros”, su vocación también se nutre, evoluciona y se entrelaza con las otras vocaciones. Para ello hay que escuchar, dialogar, negociar y, a veces, callar y dejar hacer.
  2. Les pediría que comprendan que la comunidad, sus vocaciones y sus conversiones, no emergen a partir de llamadas individuales del sacerdote. Tampoco por una teología del deber o por obediencia al clero, sino por la vida interna de los creyentes que se reúnen y quieren vivir su fe juntos. No se es comunidad por obligación o cumplimiento de los sacramentos, sino por una red de relaciones que sustenta, cuida y alimenta a todos sus miembros y donde todos aportan sus dones, más o menos desarrollados al bien de la comunidad (cf. Mt 25,14-30). Estas relaciones horizontales, de pueblo de Dios,  son un ejemplo para el mundo, profecía del Reino, por lo que se debe cuidar especialmente gestos y actitudes que puedan considerar al laicado de otro orden o menos capaz. Debemos dejar de utilizar el lenguaje dual de pastor-ovejas (solo Cristo es el buen Pastor, cf. Jn 10,11-18), pues lo que provoca es un infantilismo en el creyente que empobrece todas las vocaciones.
  3. Es necesario recuperar el consejo parroquial como lugar de coordinación de la parroquia, sin convertirlo en un consejo informativo donde no hay ni voz ni voto. También es necesario que el clero conviva con el resto de los creyentes, se mezcle con ellos. Es decir, ser un “sacerdote-en-salida”. Eso supone también dotarles de una formación soportada en ciencias complementarias como psicología, antropología, pedagogía, sociología o historia, que incida en las dinámicas sociales y haga lectura creyente de la realidad aplicando el método pastoral de escuchar-discernir-caminar juntos.
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