Sembrando Semillas, grupo para personas con discapacidad en Sevilla
Cuando Lupe Gil-Toresano decidió hablar con Fernando Bueno, religioso de los Sagrados Corazones y coordinador de la pastoral juvenil y vocacional de la parroquia de la congregación (tiene su nombre) en el sevillano barrio de Los Remedios, llevaba tiempo rumiando algo que le dolía: “Parece que para mis hijos no hay lugar en la Iglesia”. Hoy, aquel “no hay lugar” se ha transformado en una comunidad juvenil en la que una decena de jóvenes con discapacidad intelectual comparten vida y fe.
‘Sembrando Semillas’ da nombre a este grupo que ya forma parte de la vida ordinaria de la parroquia, como uno más, sin etiquetas. Aquella tarde, el religioso escuchó la historia de Lupe y su familia (habituales en la eucaristía dominical de jóvenes) y comprendió que, tras aquel lamento, se escondía una petición: la de una Iglesia que acoge y se adapta a las necesidades de quienes se acercan a ella.
Recordó entonces a José María Coudrin, fundador de los Sagrados Corazones, quien insistía en que la congregación debía dar respuesta a las necesidades concretas de cada tiempo. Y pensó en Blanca Azpiazu, a quien llamó de inmediato: “¿Crees que podemos dar respuesta a esta realidad?”.
Ella trabaja en la administración pública. Es maestra de pedagogía terapéutica y orientadora, y durante la mayor parte de su vida profesional ha estado vinculada a un centro específico de educación especial. Contaba, por tanto, con la formación necesaria para responder a aquella llamada. Además, como le cuenta a Vida Nueva, “tenía ganas de aunar de nuevo mi vocación profesional con mi vivencia de la fe, y este parecía el camino adecuado”.
Tras unos días de oración y de que Lupe compartiera la propuesta con otras familias, a través del proyecto DISTRA de la Fundación Valentín de Madariaga, un grupo de entre 10 y 15 jóvenes quiso sumarse a esta iniciativa. “Algunos –recuerda Lupe– habían vivido experiencias negativas en la Iglesia, o en el colegio. No se trataba solo de reforzar la fe, sino también de curar heridas”. En pocas semanas, el sueño tomó cuerpo.
Desde entonces, la comunidad juvenil ‘Sembrando Semillas’ se reúne los domingos en los salones parroquiales, a la misma hora que otros grupos de jóvenes, justo antes de la eucaristía. Pasar un rato con ellos arroja una verdad inmutable: Dios se revela con predilección en su sencillez.
Lo que se demuestra, por ejemplo, cuando todos se presentan. Ahí te encuentras con Isa, de 19 años, que te mira con una dulzura especial; con Paula, de 26, que habla con seguridad y orgullo de su trabajo en un colegio religioso; con Julia, de 24, tranquila y que se muestra tal cual es, sin dobleces; con Alfonso, también de 24, algo más tímido, que cuenta que le gusta el campo y que trabaja con su madre en una consulta odontológica; con Carmen, de 29, que relata en pocos minutos sus múltiples y variados aficiones; y con Candela, de 21, que llena la sala de risas con sus bromas. Junto a ellos, Laura, Rocío, Mariana y Alberto, cuatro voluntarios que acompañan a Blanca y adaptan la dinámica pastoral a las necesidades del grupo.
Es un regalo compartir con ellos la tarde. Bastan unos minutos para que el clima se llene de confianza. Las oraciones de estos jóvenes, humildes y transparentes, desarman cualquier artificio. En sus palabras hay una autenticidad que interpela. Ojalá, todos fuésemos capaces de presentarnos ante Dios con esa desnudez… Sin máscaras ni reservas, con las heridas y las debilidades a la vista.
“El resto –admite Fernando– necesitamos tiempo para descubrirnos, para ganar hondura. Pero ellos no, se muestran tal como son. Y, claro, cuando enseñas la fragilidad, te expones a que te hieran, pero también permites que te entren en el corazón”. Blanca lo confirma desde su experiencia: “Es muy especial la manera que tienen de relacionarse con Dios. Parece una oración sencilla, pero es la oración que todos desearíamos hacer. Nosotros nos enredamos; ellos piden lo que les sale del corazón”.