La Campaña de la Fraternidad de esta Cuaresma busca responder a una crisis social que afecta a 6,5 millones de ciudadanos
Un hombre pasea con su bici por una calle de Río de Janeiro, en Brasil/CNS
La Campaña de la Fraternidad, que la Iglesia brasileña impulsa a nivel nacional cada año desde 1964 en Cuaresma, siempre busca generar en la sociedad local “una amplia movilización” para encarnar “la ayuda a los más necesitados”. Con semillas de Evangelio, sí, y también, como se detalla en la invitación del Episcopado, con una organización clara, contando siempre con “un plazo y una recaudación de fondos definidos”.
Si en cada edición se busca “iluminar situaciones concretas donde la fraternidad se ve amenazada o ausente”, siempre con el fin último de generar “conversión personal y transformación social”, este 2026 la Colecta Nacional de Solidaridad se centrará en la vivienda, con el lema ‘Vino a habitar entre nosotros (Jn 1,14)’.
En ese sentido, “la propuesta invita a los cristianos a reflexionar sobre la realidad habitacional del país”. Y es que, aunque “la vivienda digna es un derecho garantizado por la Constitución”, la realidad es que “millones de brasileños aún viven sin hogar o en condiciones precarias”.
Con los datos en la mano se constata cómo, “actualmente, 6,2 millones de familias carecen de una vivienda adecuada y 328.000 personas viven en las calles”. Un drama que exige respuestas reales, pues “una vivienda digna es la puerta de entrada a todos los demás derechos. Sin ella, hay falta de seguridad, salud, educación y dignidad”.
Desde esta mirada crítica, la Iglesia pone en marcha una campaña solidaria que “busca incentivar a las comunidades, las autoridades públicas y la sociedad civil a buscar soluciones concretas para abordar el déficit de vivienda y fortalecer las políticas públicas de vivienda necesarias”.
Un aldabonazo que apuntalan con estas preguntas que “es bueno que todos nos formulemos: ¿por qué estos hermanos nuestros están sin hogar? No tienen techo, ¿por qué?”.
Además, es un déficit social que a la Iglesia brasileña le duele desde hace tiempo, pues ya la Campaña de la Fraternidad de 1993 estuvo centrada en la vivienda, denunciando “la desigualdad urbana y el contraste entre la ‘ciudad legal’, planificada y estructurada, y la ‘ciudad irregular’, marcada por favelas, barrios marginales, ocupaciones y viviendas precarias”.
Más de tres décadas después, se lamentan los obispos, el panorama sigue siendo el mismo. Aunque no hay que resignarse. Al contrario, esta misión “refuerza su misión histórica: transformar la espiritualidad cuaresmal en un compromiso concreto con la justicia social”. Lo que pasa por “la conversión de los corazones y de las estructuras, para que la fraternidad sea una realidad en la vida del pueblo brasileño”.
Como se documenta en la web de la campaña, fue en 1962 cuando Eugênio de Araújo Sales, obispo de Nísia Floresta, ideó poner en marcha en su diócesis “una verdadera campaña solidaria destinada a promover la fraternidad cristiana” con los más desfavorecidos. Al año siguiente, “la experiencia se amplió a las tres diócesis de Rio Grande do Norte y a otras 13 diócesis del Nordeste, logrando gran acogida, especialmente en Fortaleza, bajo el impulso de José de Medeiros Delgado”.
Contagiados por esa inmensa respuesta social y eclesial, “los obispos brasileños decidieron extender la iniciativa a todo el país”. Ahí tuvo un papel clave Helder Camara, entonces secretario general de la la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB). Desde entonces, cada Cuaresma, el Episcopado y Cáritas coordinan una pastoral de la esperanza que es modelo a seguir para toda América Latina.