Hombre de altura, mirada y compostura bohemia, mostacho abundante (que se dejó durante su estancia parisina, a finales del siglo XIX) y ojos grandes. Enrique Granados es uno de los más grandes compositores que ha dado España. Aquí empezó a estudiar, se familiarizó con el piano y recibió clases de grandes maestros. En la capital francesa, y en un momento en que la cultura vivía en permanente estado de ebullición, alternaría con lo más granado de su tiempo, que le acogieron como uno más: Saint-Saëns, Debussy, Teresa Carreño, Stravinski, Ravel…
Una lástima que la mayoría de las veces la historia de la música haya encasillado a Enrique Granados (1867-1916) como el gran poeta del piano, el traductor de la elegancia goyesca o el artífice de un nacionalismo romántico impregnado de melancolía. El músico es mucho más que la gran ‘Goyescas’ (que acaba de verse en el escenario del madrileño Teatro de la Zarzuela junto a ‘El retablo de Maese Pedro’, de Manuel de Falla). Sin embargo, tras la fachada del virtuoso latía un hombre de una profunda y, a ratos, atormentada espiritualidad. Su relación con Dios no fue la de un dogmático, sino la de un artista que buscaba en lo divino una extensión de la belleza y un consuelo ante su propia fragilidad emocional. Así lo vivió hasta el último día de su vida. Tenía 48 años y pereció al tratar de salvar a su esposa Amparo Gal.
La fe de Granados estaba profundamente ligada a su temperamento sensible. Sus contemporáneos lo describen como propenso a estados de hipocondría y un miedo irracional a la muerte. En este contexto, su relación con Dios funcionaba como un ancla. A Él buscaba desde dentro, le hablaba y pedía auxilio cuando encallaba en sus trabajos y se sentía incapaz de seguir adelante con una partitura.
La producción de música sacra de Granados da testimonio de su evolución estética. Estas obras no son meros encargos litúrgicos, sino piezas en las que el músico vuelca su sinceridad más absoluta. Ahí están para dar fe ‘L’herba de l’amor’, pieza para coro y órgano que destila una ternura casi mística; ‘Salve Regina’, obra que refleja una devoción mariana muy propia de aquella época; o ‘Escenas religiosas,’ que demuestran su capacidad para crear atmósferas de paz.