Entrevistas

Francesc Torralba: “Sobran cínicos y faltan testigos de esperanza”

| 06/02/2026 - 04:31





Confiesa que ha conocido “la desesperación en primera persona del singular” y que ha experimentado “el abandono, la soledad radical y el silencio de Dios”. A pesar de todo –o justamente por eso–, Francesc Torralba Roselló (Barcelona 1967) ha entendido que “sin esperanza es imposible vivir”. Así lo reconocía el filósofo, teólogo, escritor y profesor universitario tras recoger el Premi Josep Pla en su 58ª edición por su ensayo ‘Anatomia de l’esperança’ (Destino). La obra, en librerías desde el 4 de febrero en catalán y en castellano, muestra –según el fallo del jurado– “cómo se construyen horizontes, renace el sentido y por qué necesitamos más que nunca esta confianza indestructible que nos mantiene en pie a pesar de todo”. Y es que la esperanza, por más que resulte “enigmático” saber de dónde saca el ser humano esa fuerza para sobreponerse a su fragilidad y seguir luchando, “cataliza la acción y el compromiso”, porque “no esperar nada –advierte Torralba– es como morir en vida”.



PREGUNTA.- Después de todo lo estudiado (y vivido) a propósito de este tema, ¿qué rasgos “anatómicos” diría que identifican a la esperanza?

RESPUESTA.- La estructura anatómica de la esperanza consta de cuatro elementos. Primero, es determinante la categoría posibilidad. Consiste en creer que no todo está escrito, ni determinado, sino que existe la posibilidad de cambiar, de mejorar, de transformar la realidad. Sin esta categoría, no hay espacio para la esperanza. La fatalidad de la tragedia griega no deja hueco para la esperanza.

El segundo elemento es el futuro. Consiste en creer que hay lugar para el futuro, lo cual significa articular un discurso contracultural, pues en la narrativa postmoderna al uso el futuro no existe. Solo cabe esperar el naufragio colectivo, por lo que se debe vivir el presente intensamente. Es la vía del ‘carpe diem’ a la desesperada.

La tercera categoría es la fe, la confianza en que ese futuro noble, digno, bello puede abrirse camino. No es una evidencia, tampoco el resultado de un cálculo de probabilidades. Es fe, confianza. Consiste en creer que no estamos solos, que tenemos la capacidad de aprender de las miserias del pasado.

El último elemento es el bien arduo. La esperanza no es el optimismo ingenuo. Contempla que el bien es arduo, difícil de conquistar. Por eso, es indispensable la acción comunitaria, la persistencia en el tiempo, la tolerancia a la espera y confiar que, en esa lucha por ese bien arduo, Dios actúa enigmáticamente a través de un ejército de hombres y de mujeres de buena voluntad que se dejan la piel para mejorar la vida de los demás.

Nutrir y elevar el alma

P.- ¿Escribir es un modo de mantener viva la esperanza?

R.- La escritura, como dice Søren Kierkegaard, debe ser edificante. Debe edificar a quien escribe, pero también a quien tiene la generosidad de leerte. No se trata de ocultar la noche oscura, ni los desiertos que tenemos que cruzar durante nuestra existencia, porque ello no es verosímil. Existe el mal, el dolor, el caos, el abismo sin fondo, pero la escritura no puede hundir al lector. Debe ofrecer posibilidades, alternativas, bombas de oxígeno, estrategias para enfrentarse a la noche oscura, sin sucumbir a fórmulas artificiales o a frases de diseño que no soportan la mínima crítica intelectual. La escritura debe nutrir el alma, debe elevarla, ayudarla a entrever horizontes. Dice Platón que el filósofo es el médico del alma. Sin horizonte, la vida se convierte en una mecánica repetición de lo mismo, en puro aburrimiento. Escribir es forjar horizontes con voluntad de sentido.

Francesc Torralba, en su domicilio de Barcelona (Foto: Agustí Codinach)

P.- ¿De qué o dónde se nutre la esperanza de Francesc Torralba? ¿Ha llegado a perderla en algún momento?

R.- La esperanza es enigmática. Existen motivos para la desesperación, para el desánimo, para tirar la toalla y entonar un discurso nostálgico. Existen sobradas razones para evadirse de la realidad y limitarse a cuidar el propio jardín, como decía Voltaire. La avalancha de estímulos negativos que consumimos a diario corroe el alma del ciudadano. Puede llegar a la conclusión de que no hay salida, que todo está definitivamente perdido. La esperanza linda, siempre, con la desesperación. Jesús se desesperó en Getsemaní. Experimentó la soledad radical, la impotencia, el abandono infinito de Dios y gritó. Es el episodio donde se manifiesta más radicalmente la humanidad del Hijo de Dios.

He conocido la desesperación en primera persona del singular y experimentado con profunda empatía la experiencia del abandono, la soledad radical y el silencio de Dios. No sabemos cómo se nutre la esperanza. Es un enigma. Cuando uno constata la inconsistencia de su ser, su fragilidad ontológica, se rinde. Es entonces cuando enigmáticamente se siente empujado a seguir luchando. Una fuerza que no procede de él, le sostiene y le propulsa a seguir.

Papel de la comunidad

P.- ¿Qué mecanismos internos sostienen al espíritu humano cuando todo parece estar perdido?

En sociedades tan fragmentadas y atomizadas como las nuestras, la comunidad se ha hecho añicos. Uno trata de sostenerse a sí mismo, pero no lo consigue. Nos sostienen los demás y, a su vez, también nosotros les sostenemos. La comunidad juega un papel clave en las situaciones-límite. Necesitamos estructuras de ayuda mutua porque el desierto por el que transitamos es largo, difícil y oscuro. No es fácil prestar ayuda, pero todavía es más difícil solicitarla, porque uno debe vencer su arrogancia, su soberbia y reconocer la fragilidad de su yo. Cuando todo parece estar perdido, debemos estrechar los lazos, romper las rutinas habituales y dejarnos cuidar por los demás. Necesitamos también nutrientes espirituales. Podemos hallar inspiración en los textos sagrados, en las máximas de la tradición estoica, en la Palabra que Dios ha revelado en la historia. Meditarla, asumirla, repensarla, aferrarse a Ella como el náufrago a su tabla es un modo de sostenerse cuando todo se derrumba.

Francesc Torralba recibe el Premio Josep Pla

P.- ¿Cómo se cultiva la esperanza en esta era de la inmediatez, del “aquí y ahora”?

R.- La esperanza es incompatible con la cultura de la inmediatez. El factor tiempo es decisivo para que se haga realidad cualquier proyecto individual y colectivo. La semilla no se transforma en roble de golpe. Requiere de tiempo, de cuidado, de atención, de protección, de una tierra esponjosa, de agua, aire y sol. El niño no aprende a pensar de golpe. Las grandes obras requieren tiempo, tolerancia a la espera, constancia, una tenacidad sostenida a lo largo de un largo período y por distintas generaciones volcadas en el mismo proyecto. Solo así es posible abrir paso a lo difícil, a lo arduo, pero vivimos en la sociedad del desasosiego, de la intolerancia a la espera.

Sin tiempo, no hay lugar para la esperanza. Aun así, la esperanza no es una garantía, ni una evidencia lógica o matemática. Como dice Corine Pelluchon, se sitúa más allá de la expectativa racional. La travesía del pueblo judío de Egipto hasta la tierra de Canaán se realizó durante cuarenta años. Durante este periplo, hubo de todo: desánimo, desconfianza, rebelión, rabia, indignación, frustración, incluso nostalgia de la cautividad en Egipto.

El horizonte se entrevé, pero no está en la mano como un objeto físico, ni es una posesión. Tenemos que aprender a esperar, a confiar en el talento, la inteligencia y la fuerza vital de las generaciones venideras, a practicar la virtud ignorada de la paciencia, en palabras de Emmanuel Levinas.

P.- El papa Francisco, al convocar el Jubileo de 2025, deseaba que el primer signo de esperanza se tradujera en paz para el mundo. ¿Es eso “esperar contra toda esperanza”, habida cuenta de la situación actual en tantos rincones del planeta? ¿Pecamos los cristianos de cierto angelismo al respecto?

R.- Pecamos, sobre todo, de nostalgia o bien de derrotismo. Con frecuencia, se idealiza el pasado. “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. Jorge Manrique dio en el clavo. Se mitifica el pasado, se pinta de color de oro, olvidando sus contradicciones, miserias y carencias. La nostalgia nunca ha sido considerada una virtud en los tratados de moral, menos aún la añoranza o la melancolía. También pecamos de derrotismo. La mirada apocalíptica cala en muchos entornos culturales, en el ámbito escolar y universitario. Se repiten máximos del estilo: “No hay nada que hacer” o “Todo está perdido”. Los que forjamos un discurso sobre la esperanza somos etiquetados de ingenuos, pueriles, bienintencionados, pero mal informados. La cuestión clave es cómo articular un discurso sobre la esperanza que tenga legitimidad intelectual, que sea verosímil, que pueda responder, racionalmente, a las objeciones de nuestro tiempo. Para no naufragar en esta tentativa, tenemos que releer con lupa a Ernst Bloch, a Gabriel Marcel, a Albert Camus, a Emmanuel Mounier, a Simone Weil, también a Pedro Laín Entralgo, verdaderos apóstoles de la esperanza en tiempos de penetrante oscuridad. (…)

Horizonte de sentido

P.- ¿Cómo se (re)construyen horizontes que nos permitan reconciliarnos con el sentido de lo que hacemos y que contribuyan a recuperar la confianza en el futuro?

R.- Friedrich Nietzsche nos ofrece una imagen muy potente en el conocido aforismo CXXV de ‘La gaya ciencia’. Se pregunta cómo hemos sido capaces de borrar el horizonte. ¿Quién nos ha dado la esponja para borrar el horizonte de un plumazo? Sin horizonte, no es posible edificar una vida humana. Necesitamos un propósito, un sentido, una razón de ser. Cuando este se volatiliza, adviene el vacío y, en consecuencia, el nihilismo práctico. Mientras hay propósito, hay tensión, hay lucha, hay compromiso, hay vitalidad. Cuando el horizonte ha sido borrado, solo queda la nada, y la nada es irresistible. Para escapar del horror vacui, el sujeto postmoderno dispone de miles de mecanismos de evasión que le permiten entretenerse y ocupar su tiempo vital hasta la última hora.

Necesitamos reconstruir horizontes. El esperanzado puede ser criticado de ingenuo, pero la última metamorfosis del desesperado es el cínico, el que ya viene de vuelta de todo y ya no cree en nada, ni siquiera en sí mismo. En nuestra sociedad, sobran cínicos y faltan testigos de esperanza. (…)

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