Cardenal Carlos Castillo (Perú)
El cardenal arzobispo de Lima, Carlos Castillo Mattasoglio, responde a las preguntas de Vida Nueva tras asistir en Roma al primer consistorio del pontificado de León XIV, celebrado entre el 7 y 8 de enero.
PREGUNTA.- El Papa formuló una pregunta base al arrancar el consistorio: “De frente al camino de los próximos uno o dos años, ¿qué aspectos y prioridades podrían orientar la acción del Santo Padre y de la Curia?”.
RESPUESTA.- Siempre las prioridades se dan sobre cuestiones de fondo y menos sobre las accesorias. Puedo decir que, desde el Concilio Vaticano II, hace 60 años, todas las preocupaciones de los papas, desde Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, han sido en torno a cuestiones eclesiológicas, pensando en la misión que tiene la Iglesia en el mundo de hoy. Por ello, habiendo avanzado en el tema eclesiológico del caminar juntos, durante los últimos años, pienso que queda aún mucho por recorrer. Como ya ha sido publicado, las prioridades han estado en sinodalidad y el anuncio del Evangelio en las nuevas circunstancias del mundo.
P.- León XIV compartió en su reflexión improvisada dos interrogantes: “¿Hay vida en nuestra Iglesia? ¿Hay espacio para aquello que nace?”. Con este punto de partida, ¿cuáles son esas realidades que están naciendo en la Iglesia y que hay que acoger con la “novedad” que pide el Papa?
R.- La concepción de la Revelación que tenemos más clara, gracias al Concilio Vaticano II, es que Dios se revela a los seres humanos a través de la presencia de Jesús encarnado en nuestra historia humana. Así se hace patente y definitiva la presencia de Dios en ella, de modo que podemos comprenderla como “historia de la salvación”. En esa historia, Dios quiso mostrarse desde su identificación con pequeñez y desde su anonadamiento servidor, desde su ultimidad. Por ello, nos llama como creyentes a vivir sirviendo gratuitamente a todos, aunque preferencialmente a las víctimas, a los pobres, respondiendo solidariamente a los dolores de la humanidad que sufre, alentándola y convocándonos a todos a superar las injusticias y males ocasionados por el egoísmo individualista y opresivo.
Esto es lo que da vida a la Iglesia: el servicio gratuito de amor que trae la alegría a los últimos. La pregunta del Santo Padre, me parece, podría referirse a muchos signos en que este egoísmo ha invadido también mucho espacios y corazones de los creyentes y de la Iglesia, estableciendo una indiferencia que preocupa. Lo que nace siempre y ha de nacer en todo creyente o comunidad o grupo cristianos, es Jesús en nosotros; pero es posible que, como sucedió en la Navidad hace más de veinte siglos, tendamos a no alojar a Jesús en nuestro ser y solo nazca en las periferias, en los establos de los marginados. De allí que un sector que se considera muy creyente afirme verdades muy bien elaboradas y acoja afirmaciones sobre Jesús, muy verdaderas, pero no su vida, y no dé testimonio del paso profundo de su amor gratuito por ella.
Personalmente, pienso que Jesús viene a nosotros desde las periferias existenciales que encuentran cada vez más apertura en sectores que afirman su fe con sinceridad y acogen los desafíos de los pobres, las víctimas, los pueblos maltratados y migrantes, las mujeres y personas discriminadas de diversas formas, los jóvenes que, entrados en este mundo y su lenguaje, viven ávidos de sentido, y buscan desarrollar su humanidad con la belleza y las relaciones humanas verdaderas de amistad y solidaridad. En la Iglesia repercuten siempre los márgenes porque a ellos siempre se dirigió Jesús. Y, por ello, nos llaman a hacer espacio, a salir de nosotros y servir solidariamente, y a que anunciemos así la alegría de la buena noticia de que Dios no abandona a nadie, especialmente a los que sufren injustamente. Esto va abriendo paso a un anuncio que testimonia el amor gratuito que da preferencia a los marginados y a todos para que generemos la hermandad humana universal.
P.- El cardenal Timothy Radcliffe dijo en su meditación inicial: “El Señor nos llama a navegar en las tormentas y a afrontarlas con verdad y valentía, sin quedarnos tímidamente esperando en la orilla”. ¿Cuál es la tormenta que cree urge afrontar?
R.- El cardenal Timothy nos recordó que no se trata de abandonar a Pedro para dejarlo solo en la barca, cualquiera sea la tormenta que venga, sino ser fieles y unidos a él. Quedarse en la orilla es generar tormentas peores, porque es dividir y pensar que las “agendas propias” son más importante que la agenda común de afrontar, por ejemplo, la mayor crisis antropológica en la que estamos a consecuencia del individualismo egoísta, autoritario y rígido, que algunos pretenden justificar en nombre de Dios, cuando está claro que Dios es amor y solo amor generativo de hermandad y solidaridad.
P.- En la tarde del 7 de enero, abordaron la cuestión de la liturgia. ¿Cómo se pueden reavivar las celebraciones? ¿Recuperar propuestas nostálgicas es la solución?
R.- La reforma iniciada por la ‘Sacrosanctum Concilium’ sigue vigente y no ha terminado de realizarse en las realidades eclesiales locales y en la Iglesia universal. Hay documentos de todos los papas en torno a ello, como ‘Desiderio Desideravi’ y otros. Pero no recuerdo que lo hayamos tratado. En todo caso, se trata de un tema dependiente de los más amplios y de ancha perspectiva: sinodalidad y evangelización.