La Ley del Divorcio en España cumple 40 años: la Iglesia, del fracaso culpable a acompañar al sufriente

Boda mascarilla

La tarde de 22 de junio de 1981, el Congreso de los Diputados aprobaba la Ley del Divorcio en España. Un proceso difícil, que fraccionó al mismo partido del Gobierno, la Unión de Centro Democrático de Adolfo Suárez, y que finalmente vio la luz con 162 votos a favor, 128 en contra y 7 votos en blanco.



Fuera del parlamento, la Iglesia lideró la oposición a una norma que venía a cambiar para siempre el concepto de matrimonio y de familia. En una carta publicada por la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, los obispos denunciaban que el divorcio, más que “un remedio al mal que se intenta atajar”, se transforma en “una puerta abierta a la generación del mal”.

Cuarenta años después, la sociedad ha cambiado y también la propia normativa, que sufrió su modificación más destacada la de 2005, con la inclusión del ‘divorcio exprés’. También se ha dado un salto en la mirada eclesial sobre los divorciados y separados, especialmente a raíz de los dos sínodos de la familia convocados por Francisco y la posterior exhortación apostólica ‘Amoris laetitia’.

Cambio de mirada

“En realidad, la Iglesia sigue diciendo lo mismo sobre el matrimonio y la familia hoy que hace 40 años. Es la actitud pastoral, el discernimiento, el acercamiento a cada realidad de manera individualizada lo que ha cambiado”, explica Manuel Jesús Arroba, juez del Tribunal de la Rota y decano del Pontificio Instituto Juan Pablo II para el Matrimonio y la Familia.

El canonista claretiano explica que “el deseo de amar y que sea para siempre es innato en el ser humano, Dios lo pone en el corazón de cada persona, y nadie, en general, rompe ese amor por gusto”. “Por eso, ahora se ha visto que hay que acercarse a cada realidad familiar, incluso a la que no responde al ideal”, subraya.

Integrar en la comunidad

Para Arroba, ‘Amoris laetitia’ sería la culminación de un proceso que ya había arrancado con el Concilio Vaticano II: “A partir de ahí, se habla de matrimonio, ya no entendido como un contrato cuyo fin fundamental es la procreación, sino como una alianza, una complicidad entre dos personas. Se vio la importancia de ayudar y acompañar en la vida conyugal, no sólo la preparación previa a la boda o a la boda en sí”.

Una visión que comparte Marta Gómez Bengoechea, profesora de Derecho de Comillas ICADE y miembro del Instituto de Familia de Comillas CIHS: “Un cambio fundamental es que antes, incluso en la legislación, no sólo en la Iglesia, el divorcio era un fracaso, con un culpable que, de hecho, tenía un trato diferente en el proceso porque era el causante de lo que estaba sucediendo en ese hogar. Hoy se ve como un ‘esto no funciona’ y se quita la culpabilidad”.

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