Misioneros en tiempos de coronavirus: Maria Martinelli (Sudán del Sur)

Maria Martinelli, misionera en Sudán del Sur

La italiana Maria Martinelli es la superiora provincial de las Misioneras Combonianas en Sudán del Sur. Cirujana de profesión, lleva 28 años en África, con una experiencia previa en Uganda, Etiopía y Chad, donde ha liderado la puesta en marcha de hospitales y todo tipo de proyectos sanitarios.



Una vocación de entrega total que, como tantas otras, se forjó desde la conciencia de la propia pequeñez: “A los 16 años sentí muy fuerte dentro de mí que quería ser médico y ejercer en África. Pero esta intuición tardó varios años en madurar, hasta entroncarse con la religiosa. Me fascinaban los testimonios de los misioneros, pero esa vida me parecía demasiado grande, heroica y hermosa para mí. Sentí la sensación de desproporción ante la escasez de mi fuerza, capacidad, inteligencia, tenacidad y fe”.

Doble vocación

Mientras empezó a implicarse más como catequista en la parroquia, siguió su vida con normalidad. Entró en la Facultad de Medicina y sus años universitarios fueron claves para terminar de discernir que “estaba en peligro de desperdiciar mi vida”, entendiendo que bullía en ella “una llamada que lo abarca todo y de la cual Jesús no era un extraño. Así fue como se abrió paso la idea de la consagración religiosa, pensamiento que había tratado de aislar. Me ayudó mucho en este proceso la amistad con un misionero y el frecuentar algunas casas de las Hermanas Combonianas; en ellas se respiraba entusiasmo, fe y un gran amor por los pobres y la misión”. Tras la oportunidad de pasar su último curso en África, “ahí supe con certeza que el Señor me quería en ese continente no solo como médica, sino como misionera, testigo de su amor por los pobres”.

Después de casi tres décadas en cuatro países de África, Martinelli lamenta hasta qué punto “la precariedad debida a guerras o conflictos de carácter político o étnico afectan a la vitalidad de las personas, al sentimiento de un pueblo, consumiendo sus esperanzas”. Un panorama sombrío, pero que jamás la ha desanimado: “Junto a mis hermanas y otros misioneros, compartí las esperanzas y los temores de la gente, los sufrimientos y las expectativas; colaboré en la construcción y dirigí dos hospitales, en Chad y en Sudán del Sur, que se han vuelto de gran importancia para vastas regiones. También he enseñado la profesión a muchos médicos y enfermeras locales. Y, sobre todo, siempre he sentido la presencia reconfortante del Señor a mi lado, incluso en los momentos más difíciles, así como en las sonrisas de los niños y en la mirada agradecida de muchos padres y enfermos”.

En la retaguardia

Desde hace tres años asume al reto de seguir acompañando, aunque ahora desde una posición más global, al frente de las Misioneras Combonianas en Sudán del Sur, donde es “guardián de nuestra pasión misionera”. Y aquí es donde se han topado con la pandemia, impactada ante “la devastación que este pequeño virus ha creado en todo el mundo”, así como con “la incesante demanda del Papa para que los pobres no sean, como suele suceder, nuevamente marginados y dejados a su suerte”.

Si bien el COVID-19 “se está extendiendo más lentamente de lo esperado en África, el daño social asociado a él es enorme. Sin olvidar que es muy difícil tener datos precisos debido al número inadecuado de pruebas disponibles y a la propensión natural de las personas a mantenerse alejadas de los hospitales. El miedo al estigma también refuerza las conductas de negación, mientras que los bolsillos vacíos y el hambre incitan inevitablemente a continuar esas actividades informales que te permiten llevarte algo a casa, aunque sea sin protección”.

Efecto del cierre de las escuelas

Otro efecto demoledor se ha dado con el cierre de las escuelas: “Ha tenido consecuencias dramáticas, desde la dificultad de muchas familias para alimentar a los niños, que recibían una comida en la escuela, hasta el trágico aumento de embarazos no deseados en adolescentes. Aquí ni siquiera es concebible la educación a distancia, excepto por algunas lecciones en la radio y en las ciudades, para los afortunados, en la televisión”.

Martinelli reclama que el principal reto está en el cambio de mentalidad, algo muy difícil de conseguir: “Los habitantes de Sudán del Sur no creen fundamentalmente en la pandemia; la consideran un problema de Europa o América, de los ricos. Así, son muy pocos los que usan mascarillas, evitan las multitudes o usan geles desinfectantes… Y la realidad es que, aunque la mayoría de los casos positivos son asintomáticos, no se sabe hasta qué punto está extendida la pandemia, pues se hacen muy pocas pruebas y las estadísticas oficiales llevan más de un mes congeladas”.

Casos sin diagnosticar

“Como miembro –relata– del Grupo de Trabajo Diocesano para COVID, he tenido la oportunidad de explicar a la gente algunos fundamentos sobre la enfermedad. Al pedirles que hicieran un pequeño ejercicio de memoria comparando el número de conocidos que fallecieron en los últimos meses con el mismo período en el pasado, todos coincidieron en que este año ha habido un aumento significativo, pero, obviamente, no se hizo ningún diagnóstico, porque la mayoría no había visto a un médico”.

Frente a ello, “en las misiones tratamos de explicar que es un asunto grave y en los hospitales y centros de salud donde estamos presentes hemos intentado prepararnos; también gracias a la ayuda de muchos amigos y organizaciones, especialmente católicas, que han enviado material de protección o nos ayudaron a comprarlo”.

Una nueva forma de relacionarnos

“Este pequeño virus –finaliza Martinelli– provoca discusiones, sufrimientos y muerte, pero también investigaciones, colaboraciones y reflexiones. Espero que podamos aprender y conservar una nueva forma de relacionarnos, entre las personas y los pueblos, más humana y fraterna. Esta crisis nos ha presentado una verdad simple: todos somos igualmente frágiles y, solo si nos unimos y respetamos, podremos superar este desafío”.

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