Tribuna

Unamuno y Millán Astray, ¿historia de una fake new? Más bien, un trueno de espiritualidad

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Tras presentarse ayer el tráiler de la próxima película de Alejandro Amenábar, ‘Mientras dure la guerra’, que retrata el momento en el que Miguel de Unamuno se levantó contra Millán Astray y le espetó el icónico “venceréis, pero no convenceréis”, se ha vuelto a reproducir un viejo debate, creciente en los últimos meses: ¿el rector de Salamanca pronunció tal cual el discurso que se le atribuye ante el fundador de la Legión?

Para muchos críticos, no fue así en absoluto. El que no haya un acta que lo acredite y el que nos haya llegado el discurso a partir de las distintas versiones de algunos de los presentes, ofrecidas de desigual modo en la prensa de a época, lleva a muchos a huir del blanco o el gris y apostarlo todo al negro: según ellos, es todo “un invento de la propaganda republicana”. O, como dirían los más modernos, una fake new.

Miguel de Unamuno

Unamuno fue castigado

Semejante aberración histórica se responde sola con tres hechos históricos relacionados con ese 12 de octubre de 1936, el “Día de la Raza”, en el que se citaban en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca los prebostes del naciente nacionalcatolicismo que ascendería al trono tras la matanza de la Guerra Civil: hay fotos de Unamuno saliendo del acto escoltado por una Carmen Polo que le acompaña al coche protegiéndole de un alud de brazos en alto que le increpan y amenazan; Don Miguel fue cesado de su cargo de rector, al que Franco le había elevado tras el previo despido por parte de las autoridades republicanas; y, el más obvio de todos, a Unamuno se le confinó en la práctica a un arresto domiciliario, siendo perseguido por un policía si se le ocurría salir de su casa.

En una contienda civil, en la que uno de los principales soldados es la propaganda, el incipiente régimen de Franco, que se había apuntado un tanto con el apoyo de Unamuno a su causa, no pudo disimular ante la opinión pública internacional que, solo tres meses después de estallar la guerra, Don Miguel también dejaba claro que, si bien era un mal menor la victoria de los militares sublevados, estos no podrían construir una España justa. La suya sería una falsa paz. Y, por clamarlo en público, fue castigado. Por mucho que, al morir el pensador bilbaíno en la Nochevieja de ese año marcado por la muerte y la bilis, se le enterrara “homenajeado” por la muchachada falangista (¿la misma que le insultó con esas mismas palmas extendidas al cielo?).

O falso casticismo o aniquilador de la fe

El mismo Unamuno que unos años antes pagó una pena de exilio por oponerse al régimen militar de Primo de Rivera y que tanto trabajó por el advenimiento de la República, se horrorizó al comprobar que la juventud se envenenaba con el materialismo marxista que buscaba segar de raíz todo poso espiritual en España. Por eso, en el instante en el que, en una guerra feroz, solo podía emerger un superviviente (que no un vencedor), o el falso casticista que sustentaría la fe (aunque fuera solo a modo de armadura) o el aniquilador de toda posibilidad de mirar a lo alto, optó por el primero. Pero que nadie dude que, de haber seguido con vida tras el 1 de abril de 1939, Unamuno habría sido el primer opositor al franquismo.

Y es que, puesto que estamos ante un autor incomprendido (y mucho más ante su momento más incomprendido), no podemos esconder el meollo de toda su obra (de toda su vida): alguien sin fe, defendía con toda su alma que España (la lengua española) tenía una misión ante el mundo. ¿Cuál? Preñar con una creencia auténtica en Jesús de Nazaret una civilización esperanzada en la vida que nunca muere; o, al menos, sembrar una duda necesaria en que es posible que haya eternidad de amor. Con esta llama, creía un Don Miguel incapaz de vivir en la auténtica fe, los hombres de su tiempo tendrían al menos la fuerza suficiente como para ver en el otro a un hermano. Y quererle como tal.

Entonces, ¿el rector de Salamanca pronunció tal cual el discurso que se le atribuye ante el fundador de la Legión? Una pregunta ante la que propongo esta respuesta: ¡y qué más da! Dijera o no todo lo que se le atribuye, coma a coma, o no…, lo esencial es el fruto que dejó: ante la barbarie, fue un trueno de espiritualidad, de fe en la vida que merece la pena ser vivida.