Tribuna

Un dolor vivido en silencio

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El mes de octubre invita a la Iglesia a contemplar un dolor que a veces se vive en silencio. Me refiero a la salud mental de quienes padecen sufrimiento psicológico y emocional. La intención del papa es, a través de la oración, aprender a ver a la persona desde la verdad. En este tema se abrazan dos convicciones inseparables del cristianismo. Por un lado, que el sufrimiento psíquico no borra la dignidad de quien lo padece; por otro, que la respuesta auténtica de la Iglesia es la misericordia, es decir, una compasión que se vuelve cercanía concreta, acompañamiento y cuidado.



Cuando hablamos de salud mental, solemos asociarlo a enfermedades concretas como, por ejemplo, el Alzheimer, pero no se trata solo de eso. También las heridas del tiempo en que vivimos hacen mella en nuestra cabeza. El ritmo de la vida moderna que se nos exige o que nos hemos autoimpuesto, ha contribuido enormemente a la pérdida de horizonte de sentido.

El empujón de las redes sociales para alcanzar el éxito, la belleza, la buena imagen lleva a muchas personas a una carrera alocada por alcanzar unas metas que no son ni importantes ni imprescindibles, pero que, en algunos casos, generan una gran tensión interior. La Iglesia busca atender las consecuencias que para la salud mental tienen todas esas circunstancias, no solo a través de la oración, como el caso que nos ocupa, sino a través de instituciones concretas como las pastorales de salud mental.

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Dignos también en la fragilidad mental

Una primera enseñanza, radical y necesaria, es que ni la enfermedad mental ni el deterioro emocional pueden despojar a la persona de su dignidad. La Iglesia lo afirma claramente al señalar que ni la enfermedad mental ni la física ni la discapacidad pueden despojar a las personas de su dignidad como seres humanos, no importa cuán severa sea la condición.

Este punto no depende de la funcionalidad, ni de la productividad, ni de la capacidad de explicar el propio dolor con palabras. En una intervención sobre la dignidad de las personas con discapacidad mental, Juan Pablo II señaló que, incluso cuando una persona está mentalmente limitada, son plenamente seres humanos y poseen derechos sagrados e inalienables que pertenecen a cada criatura humana.

Esta dignidad descansa en una verdad anterior a cualquier diagnóstico. La dignidad se arraiga en el hecho de que la persona existe, ha sido querida, creada y amada por Dios; por eso el Papa León XIV recuerda que esa dignidad es ontológica, es decir, pertenece a la persona simplemente por el hecho de existir.

Recuerdo en este momento a Xavier Zubiri, quien crea el concepto de personeidad, que designa la estructura básica, la fuente de posibilidades y la forma de realidad propia del ser humano, distinguiéndolo de personalidad. La personeidad es la condición de ser persona, de tener dignidad, y esa condición no se pierde aunque se pierda todo lo demás. Cuando se pierde esta mirada, aparece una forma de injusticia muy sutil: tratar a quien sufre como si fuera menos persona o como si su dolor lo convirtiera en un problema más que en un rostro.

Cercanía, apoyo real y misericordia

La dignidad, sin embargo, no se defiende solo con palabras. Se defiende con hechos, con acceso a ayuda, con recursos, con una comunidad que no abandona. Por eso, el enfoque cristiano exige conjugar dos dimensiones que son el cuidado espiritual y la asistencia profesional. La Iglesia ha descrito una realidad concreta muy dura. La enfermedad mental puede privar a alguien de la capacidad de dirigir su propia vida, y muchas personas se aíslan; incluso se señala el riesgo de pensamientos autodestructivos y la necesidad de tratamiento intensivo, psicoterapia prolongada o medicación.

El Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral subraya que la Iglesia debe presentarse como comunidad hospitalaria; ser un lugar donde la persona se sienta acogida. Reconoce con realismo que la atención primaria es la diaconía del amor, pero que la necesidad de apoyo psicosocial profesional no puede ser ignorada. La misericordia es una forma de amor que vence el aislamiento.

El papa Francisco lo señaló al advertir que la Iglesia enseña a estar cerca de los pacientes, y esa cercanía, en su forma más auténtica, es misericordia que vence cualquier muro y cada barrera, llevando a buscar siempre el rostro de la persona. La Iglesia pide una caridad que sepa cómo hablar; no romantizar el dolor, no reducir a la persona a un diagnóstico, mucho menos, justificar abandono o indiferencia. La misericordia cristiana tiene que ser responsable. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris. Maracaibo – Venezuela