El día 14 de enero, unos días antes de cumplirse el décimo aniversario de la destrucción de 60 viviendas en un camino público por los guardias campestres del Central Romana (CR), el 26 de enero de 2016, se llevó a cabo el desalojo de la Familia Mota Marte, en el centro de la ciudad de Santa Cruz de El Seibo, en República Dominicana. Fue al mediodía, no como aquella noche del natalicio de nuestro Patricio Juan Pablo Duarte, a las tres de la madrugada. Esta vez había muchos agentes de la Policía Nacional y del CR que, con una orden de desalojo, sin firmar ni sellar, comenzaron a ejecutar la ira de un fiscal que siempre ha ignorado y criminalizado a los preferidos de Jesús, que sufren numerosas violaciones a la dignidad.
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Doña Magalis, viuda de don Cheché, quien murió electrocutado hace cinco años cuando cuidaba las vacas del CR, no recibió indemnización alguna. Vivían en la casa por más de 35 años y, sin aviso previo, como rigen las leyes, se presentaron a desalojarles. Fueron nueve personas de la familia que sufrieron esta humillación, entre ellas dos niñas que todavía no han vuelto a la escuela. Ahora están en una casa alquilada por 12.000 pesos al mes que pagan gracias a la solidaridad de muchas personas.
Mediación del obispo
La mediación del obispo, Jesús Castro, siempre atento a quienes sufren, solo pudo detener por unos minutos esta inhumana costumbre de desalojar a quienes ya no sirven a la empresa, pues siempre es posible una alternativa digna para las familias que sufren estas injusticias, a la luz del Artículo 59 de la Constitución. A destacar y agradecer su ánimo y consejo: “Sigue hacia adelante luchando por los pobres”. También son bálsamo las palabras de fray Javier Carballo: “Se ha dado visibilidad a la injusticia”; la de fray Jesús Díaz: “Rezo por ti”; y la de Victoria Colás: “Tito, te quiero mucho”.
Es justo recordar que más del 70% de la tierra de El Seibo está ocupada por el CR, fruto de la usurpación a los campesinos que caían presos, ya sea con caña de azúcar o potreros. El azúcar que produce representa más del 70% de la producción total del país, más de 1.000 toneladas, esclavizando a unas 25.000 personas, en su mayor parte inmigrantes o hijos de inmigrantes haitianos. Sigue inspirando el pensamiento del obispo Juan Félix Pepén: “El monocultivo asfixiante que ha trastornado totalmente la vida social y económica de esta región. El mal uso de la tierra, usada extensivamente contra todos los principios de la técnica agrícola y de la comunidad social” (Carta Pastoral ‘Sobre el problema agrario y sus soluciones’, Higüey, 1969).
En la sintonía con la dignidad
En la distancia del océano, pero en la sintonía con la dignidad, agradecemos las palabras de Isabel Farfán y Marta Sáiz, muy sensibles a esta sangrante realidad: “En El Seibo brota la vida y se pone de relieve la espiritualidad encarnada, se hace evidente cómo Dios habita en las personas y cómo no hay mejor forma de amar a Dios que respetando la dignidad de cada uno de sus hijos/as. La justicia no es posible cuando no se pueden hacer valer los derechos recogidos en las leyes, o cuando las leyes no reconocen ni protegen los derechos naturales. Dios se hace más presente que nunca en las personas ultrajadas. Afortunadamente, nada ni nadie puede robarles el Reino de los Cielos; es y será de ellas, de forma eterna. Dios mira el corazón e imparte justicia. Traigamos a El Seibo el Reino de los Cielos; hagamos justicia aquí. Entre todos, es posible. El Seibo presente en nuestras oraciones”.
