Tribuna

El Sínodo que no cabe en las cifras

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Sobre la mesa hay una Biblia abierta, una vela encendida y varias sillas dispuestas en círculo. Alguien proclama las palabras dirigidas a la Iglesia de Éfeso: “Tengo contra ti que has abandonado tu amor primero” (Ap 2, 4). Después llega el silencio. Nadie ocupa una tribuna, nadie habla desde más arriba y ninguna silla vale más que otra. La escena se ha repetido durante meses en parroquias, monasterios, movimientos, cofradías, asociaciones y comunidades de toda la Archidiócesis de Toledo. En esa mesa sencilla, mucho antes que en cualquier documento, puede verse lo que ha comenzado a significar el XXVI Sínodo Diocesano.



El primer año ya se ha celebrado. Ha dejado materiales, aportaciones, reuniones y una primera Asamblea, pero su fruto más elocuente no cabe en una memoria de actividad. Está en las personas que llevaban años coincidiendo sin haber hablado nunca de la Iglesia que estaban construyendo; en quien pudo expresar una preocupación y descubrió que los demás no se apresuraban a corregirle; en quien llegó dispuesto a defender una idea y salió comprendiendo mejor la experiencia de otro. El Sínodo fue convocado mediante un decreto, pero empezó a ocurrir cuando la pertenencia dejó de ser simple coincidencia y se convirtió en conversación.

Las cifras existen y muestran la amplitud del movimiento suscitado, aunque no alcanzan a narrarlo. Vivimos en una sociedad que necesita convertir la realidad en porcentajes, audiencias, resultados y balances. El Sínodo propone otra medida. Importa menos saber cuántas sillas fueron ocupadas que observar lo sucedido entre quienes se sentaron en ellas. Una comunidad avanza cuando una persona descubre que su voz cuenta, cuando otra recibe una experiencia diferente sin considerarla una amenaza y cuando ambas aceptan que el Espíritu puede servirse de aquella conversación para mostrar un camino.

La intuición evangélica de Francisco Cerro Chaves, arzobispo de Toledo y primado de España, aparece precisamente ahí. Convocar el primer Sínodo toledano del siglo XXI ha supuesto abrir un proceso para que la Archidiócesis pueda reconocerse, agradecer cuanto ha recibido y discernir lo que el Señor le pide en este momento. Don Francisco lo ha acompañado mediante sus cartas pastorales, sus escritos semanales, su presencia en las principales convocatorias y una invitación constante a que nadie contemple el Sínodo como un acontecimiento ajeno. Su llamada a “volver al amor primero” ha dado unidad al primer año y ha situado a Jesucristo en el centro del recorrido.

La luz del Evangelio

El arzobispo no ha convocado a la diócesis para que abandone cuanto ya hace, sino para que lo contemple a la luz del Evangelio y lo ponga en relación con el resto de la Iglesia. Cada parroquia, monasterio, movimiento, asociación, hermandad o comunidad conserva su identidad, su espiritualidad y su historia. El Sínodo les pide que ofrezcan esos dones al discernimiento común. Así se va formando una unidad que no aplana las diferencias, sino que aprende a reconocer en ellas la acción de un mismo Espíritu.

Junto al arzobispo ha caminado desde el comienzo el obispo auxiliar, Francisco César García Magán. Fue él quien leyó el decreto de convocatoria en la Catedral y quien, en la primera Asamblea, explicó el sentido de las normas, la profesión de fe y la responsabilidad asumida por sus miembros. Su acompañamiento recuerda que la sinodalidad no deja a la autoridad fuera del camino ni la sitúa al margen de la comunidad. El obispo camina con el Pueblo de Dios, recibe su experiencia, discierne y ejerce el ministerio de confirmar la fe y servir a la comunión.

Hay también un trabajo diario que rara vez aparece en las fotografías. La Delegación Diocesana, coordinada por Enrique del Álamo, va sosteniendo el proceso con la colaboración de los subdelegados Francisco Aparicio, José Pablo Ernst, David Sánchez y Ángel Manuel Salazar. Las comisiones teológica, pastoral, litúrgica, jurídica, de comunicación y económica preparan materiales, acompañan las distintas etapas, reciben las aportaciones y cuidan que cuanto nace en los grupos pueda llegar a la Asamblea. Un Sínodo necesita libertad de palabra y oración, pero también personas que convoquen, expliquen, ordenen, respondan llamadas, preparen encuentros y den continuidad a lo trabajado.

El papel del sacerdote

Esa organización se hizo visible el pasado junio en el Colegio Nuestra Señora de los Infantes. Desde primera hora fueron llegando sacerdotes, miembros de la vida consagrada y fieles laicos procedentes de realidades muy distintas de la Archidiócesis. Recibieron el reglamento, el folleto de oración, el cuaderno de trabajo, el nombramiento como miembros de la Asamblea y un documento titulado Ver. La elección de esa palabra no era casual. Después de un año de reuniones, la primera tarea consistía todavía en mirar: reconocer la vida diocesana tal como es, con sus dones, sus preguntas y sus posibilidades.

La gran sala dio paso después a los círculos menores. La Asamblea volvió a recorrer cuanto había llegado desde los grupos, lo contrastó y lo enriqueció. Allí se encontraron la mirada de los obispos, la experiencia de los presbíteros, la vida consagrada y la voz de los laicos. El documento continúa ahora su camino a través de la Comisión Teológica y de las siguientes etapas del proceso, hasta llegar a la votación prevista para el tercer año. La aportación nacida en una pequeña comunidad no queda, por tanto, aislada: pasa al discernimiento diocesano y entra en una conversación más amplia.

Todos los presbíteros están llamados a desempeñar un servicio decisivo. Son quienes conocen de cerca el ritmo de las parroquias, las distancias entre los pueblos, las historias familiares, las heridas ocultas y la entrega silenciosa de tantas personas. Su tarea no se limita a organizar reuniones. Acompañan, ayudan a leer la experiencia a la luz del Evangelio y favorecen que los carismas puedan expresarse sin romper la comunión. El Sínodo ofrece también a los sacerdotes la posibilidad de sentirse acompañados por sus comunidades y por el presbiterio del que forman parte.

Los laicos, el motor

Los fieles laicos aportan la vida de cada día. Llegan al grupo sinodal desde la familia, el trabajo, la educación, la cultura, la política, la empresa, la enfermedad, el desempleo, el cuidado de los mayores o el compromiso social. Conocen preguntas que no siempre llegan a los espacios eclesiales y perciben cambios que afectan directamente a la transmisión de la fe. Su participación no nace de una concesión amable, sino del bautismo. La Iglesia necesita esa mirada para no hablar desde fuera de la sociedad a la que ha sido enviada.

La vida consagrada ofrece su oración, su experiencia comunitaria y su presencia en muchos lugares de fragilidad. Los monasterios contemplativos sostienen el proceso desde el silencio; las comunidades apostólicas aportan cuanto aprenden junto a los enfermos, los mayores, la infancia, las personas con discapacidad y quienes viven situaciones de pobreza. Su presencia recuerda que el discernimiento cristiano no se reduce a intercambiar opiniones. Se alimenta de la oración y de una vida entregada.

Las cofradías y hermandades poseen una experiencia especialmente cercana a la sinodalidad. Lo llevan escrito incluso en su nombre. Ser hermano supone pertenecer, compartir una memoria, asumir responsabilidades, reunirse en cabildo, elegir servidores y sostener juntos el culto y la caridad. Un cofrade sabe que ningún paso avanza sobre un solo hombro. Cada portador contempla únicamente una parte del recorrido, pero todos cargan el mismo peso y necesitan acompasar el paso para llegar juntos.

Desde los hebreos hasta hoy

Bien vividas, las cofradías son verdaderas escuelas de ese “nosotros” que el Sínodo quiere recuperar. Reúnen generaciones, acompañan el duelo, conservan la memoria de los difuntos, mantienen vínculos familiares y llevan la fe a las calles. Llegan a personas que quizá no participan en otros espacios eclesiales y poseen una enorme capacidad para transformar devoción en fraternidad y fraternidad en servicio. Su aportación al Sínodo no es secundaria: pueden ayudar a que la Iglesia de Toledo escuche la religiosidad de su pueblo y descubra en ella nuevos caminos de anuncio y caridad.

El itinerario se desarrolla entre 2025 y 2028. El primer año, ya concluido, ha invitado a volver al amor primero y a mirar la vida de la diócesis. El segundo se ocupará de la transmisión de la fe y de la salida evangelizadora. El tercero recogerá cuanto haya sido discernido y lo convertirá en orientaciones y compromisos. Los tres años forman un único relato: reconocer a Cristo, volver a escucharlo y salir con Él hacia la sociedad.

Ese relato no comenzó en Toledo ni en Roma. Mucho antes de que existiera la palabra sínodo, el pueblo hebreo ya comprendió que la fe se vive en asamblea y en camino. Israel es convocado por Dios, atraviesa el desierto como pueblo y aprende que nadie llega solo a la tierra prometida. Moisés tuvo que aceptar que no podía cargar sobre sus hombros toda la responsabilidad y compartirla con los ancianos del pueblo. La nube avanzaba y todos avanzaban; la nube se detenía y todos acampaban. La alianza nunca fue un asunto exclusivamente individual. Dios formó un pueblo.

Nosotros

La historia de la salvación está atravesada por ese pronombre: nosotros. “Nosotros haremos cuanto ha dicho el Señor”, responde Israel al recibir la alianza. Los salmos enseñan a rezar en plural. Los profetas hablan a una comunidad llamada a volver a Dios y a cuidar especialmente al huérfano, a la viuda, al extranjero y al pobre. El camino de la fe comienza con una llamada personal, pero nunca termina en el aislamiento. Dios llama por el nombre para incorporar a una historia compartida.

Jesús recoge y lleva a plenitud esa tradición. No reúne discípulos para que cada uno emprenda su propio proyecto, sino para formar una comunidad alrededor de Él. Los envía de dos en dos, les enseña a decir ‘Padre nuestro’ y se hace presente cuando dos o tres se reúnen en su nombre. En Emaús, Cristo resucitado se aproxima a dos discípulos que abandonan Jerusalén, adapta su paso al de ellos y pregunta de qué vienen hablando. Los escucha, ilumina las Escrituras y se sienta a la mesa para partir el pan. El acompañamiento cambia la dirección del camino: quienes huían regresan a la comunidad.

La primera Iglesia continuó aprendiendo esta forma de caminar. La incorporación de los gentiles planteó preguntas nuevas y llevó a los apóstoles y a la comunidad a reunirse en Jerusalén. Hubo testimonios, palabra compartida, oración y discernimiento. De aquel proceso nació una de las expresiones más audaces de los Hechos de los Apóstoles: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros” (Hch 15, 28). El ‘nosotros’ no borró las diferencias ni anuló la responsabilidad de los apóstoles. Permitió reconocer juntos cuanto Dios ya estaba haciendo.

Francisco y León XIV

Francisco devolvió esta conciencia al centro de la Iglesia cuando afirmó que “una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha”. Pueblo, pastores y Obispo de Roma están llamados a escucharse y, todos juntos, a atender lo que el Espíritu dice a las Iglesias. León XIV ha continuado este camino al definir la sinodalidad como “un proceso de escucha en profundidad” y recordar que Dios habla también a través de la comunidad. El proceso universal avanza hacia las asambleas de evaluación y la Asamblea Eclesial de 2028, mientras Toledo desarrolla su propio itinerario en comunión con toda la Iglesia.

La coincidencia permite que lo universal se haga concreto. En Toledo, la sinodalidad tiene los nombres de sus pueblos, el ritmo de las parroquias rurales, la diversidad de la ciudad, la oración de los monasterios, la entrega de los presbíteros, el trabajo de las comisiones, el servicio de las cofradías y la experiencia de los fieles laicos. No existe un ‘nosotros’ eclesial verdadero si alguna de esas voces es considerada prescindible. Caminar juntos no consiste en marchar todos de la misma manera, sino en reconocer que pertenecemos al mismo pueblo y compartimos una misión.

Toledo posee además una larga memoria de reunión eclesial. Los antiguos concilios toledanos y los sínodos diocesanos pertenecen a épocas y marcos diferentes, pero muestran una Iglesia que se reúne para responder a las necesidades de cada tiempo. El tercer Concilio de Toledo, celebrado en el año 589, dejó una huella decisiva en la historia religiosa de Hispania. Muchos siglos después, el cardenal Marcelo González Martín convocó el XXV Sínodo Diocesano, cuyas constituciones fueron promulgadas en 1991. El Sínodo actual recibe esa memoria y la vuelve presente. Toledo no repite su historia; es constante.

El lugar de los pobres

En ese ‘nosotros’ deben ocupar un lugar preferente los pobres. La opción preferencial por ellos no puede aparecer únicamente en un apartado final dedicado a la acción caritativa. Pertenece a la manera cristiana de mirar. Jesús contempla la realidad desde los pequeños, los enfermos, los pecadores, quienes tienen hambre, los extranjeros y cuantos permanecen fuera de los lugares de reconocimiento. Por eso el Sínodo necesita contar con los pobres y, especialmente, con su mirada.

No basta con hablar sobre ellos ni con decidir qué podemos ofrecerles. Es necesario preguntarles qué ven, qué esperan y qué heridas descubren en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia. La pobreza permite percibir grietas que pasan inadvertidas desde posiciones más protegidas. Quien teme perder su vivienda, quien encadena trabajos precarios, quien vive solo, quien depende de otros para las tareas más elementales o quien ha tenido que abandonar su país conoce dimensiones de la realidad que ningún informe puede sustituir. Una Iglesia que escucha a los pobres no realiza únicamente una obra de justicia; recibe una parte esencial del Evangelio.

El ámbito penitenciario ofrece un ejemplo muy concreto. En el Centro Penitenciario Ocaña I, las preguntas sinodales se encuentran con vidas en las que libertad, responsabilidad, perdón y futuro dejan de ser conceptos abstractos. La persona privada de libertad conserva su dignidad, su fe, su conciencia y su capacidad para contribuir a la comunidad cristiana. Los internos no son solo destinatarios de una acción pastoral. También tienen una palabra que ofrecer a la Iglesia sobre la caída, la reparación, la soledad y la posibilidad de comenzar de nuevo.

“Estuve en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25, 36) sitúa esta presencia en el centro del Evangelio. La Iglesia entra en prisión para acompañar, pero también sale acompañada; lleva la Palabra y regresa después de haberla escuchado de otro modo. La mirada de quienes viven entre muros ayuda a comprender que ninguna persona puede ser reducida a su peor decisión y que la misericordia cristiana siempre abre un futuro sin negar la responsabilidad.

Vista de la catedral de Toledo en una escena del documental

El segundo año del Sínodo permitirá abordar la transmisión de la fe desde todo lo aprendido. La diócesis podrá preguntarse cómo acompañar mejor a los niños, los jóvenes y las familias; cómo estar presente en el trabajo, la cultura, la educación y la vida pública; cómo recibir a quienes se acercan con dudas o biografías complejas, y cómo hablar de Jesucristo con palabras capaces de entrar en conversación con la sociedad actual. Transmitir la fe consiste en compartir una vida recibida y mostrar por qué el encuentro con Cristo sigue ofreciendo sentido, libertad y esperanza.

El tercer año conducirá hacia las orientaciones y los compromisos. Los documentos tendrán valor si fortalecen la colaboración entre parroquias, la participación efectiva de los consejos pastorales, la corresponsabilidad de los laicos, la comunión entre sacerdotes y comunidades, la aportación de las mujeres, el acompañamiento a los jóvenes y la presencia junto a quienes viven situaciones de pobreza. Entonces cada parte del proceso habrá cumplido su servicio: el grupo habrá hablado, la comisión habrá ordenado, la Asamblea habrá discernido y el Arzobispo podrá orientar a la diócesis desde una experiencia verdaderamente compartida.

El camino permanece abierto. Debe seguir contando con quienes ya han participado y con quienes se incorporarán en las próximas etapas; con quienes viven su fe en el centro de las comunidades y con quienes la buscan desde lugares más discretos; con las personas que conocen bien el lenguaje eclesial y con aquellas que apenas se aproximan. El ‘nosotros’ no se construye seleccionando a quienes resultan más fáciles de integrar. Crece cada vez que se añade una silla y alguien descubre que también estaba siendo esperado.

Cuando llegue 2028, se celebrará la última Asamblea, se cerrarán las carpetas y quedará aprobado un documento. Pero conviene imaginar otra escena. La misma vela que al comienzo permanecía encendida junto a la Biblia sale ahora de la sala y pasa de mano en mano. La recibe un sacerdote de un pequeño pueblo, una religiosa, un joven, una madre, un cofrade, un trabajador precario, una persona migrante y un interno de Ocaña I. Nadie se queda con la llama porque la luz solo cumple su misión cuando se comparte.

Si esa vela continúa avanzando, el Sínodo no habrá terminado. Habrá entrado en las parroquias, en las casas, en los lugares de trabajo, en las cofradías, en los hospitales, en las prisiones y en las calles. Toledo habrá añadido a su memoria algo que no se conserva entre vitrinas: una Iglesia capaz de acompañar porque ha aprendido a sentirse acompañada. Entonces el Sínodo habrá encontrado su verbo y su pronombre: caminar, nosotros.