Tribuna

Sinodalidad sin confeti: cuando caminar juntos empieza por notar quién falta

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En Roma hay salas donde la Iglesia piensa en voz alta. Salas grandes, con buena acústica y traducción simultánea. Allí se debate el Sínodo, se discute la sinodalidad, se cita lo que el papa León XIV llama “una nueva recepción del Vaticano II”. Los documentos pesan. Literalmente: llegan en carpetas, con anexos, con notas a pie de página que remiten a otras notas. Hay cardenales que hablan de circularidad, teólogos que matizan la circularidad, y comisiones encargadas de redactar lo que ambos quisieron decir.



No lo digo con desprecio. Ese trabajo es necesario, y quien lo haya intentado sabe que redactar un párrafo aceptable para ciento veinte obispos de cinco continentes es una forma menor del martirio. Pero es un mundo. Un mundo con su lenguaje, sus tiempos, sus pasillos. Un mundo donde la palabra “escucha” aparece en todos los textos y donde a veces cuesta oír algo que no sea el propio eco institucional.

Una iglesia pequeña en un barrio de Estambul. Tarde de invierno. La calefacción no ha terminado de arrancar y los cristales están empañados por dentro. La reunión acaba de terminar cuando una mujer entra con una bandeja de vasos pequeños de té, de esos de cintura fina que tiemblan un poco al caminar. No dice nada importante. Antes de dejar la bandeja mira hacia la puerta, como si esperara que se abriera una vez más. Luego mira las sillas. Hay una vacía. Pregunta en voz baja: “¿Él no ha venido?”. Alguien responde que hoy no podía salir de casa. Ella asiente, empuja el azucarero hacia el centro de la mesa para que quede al alcance de todos, y añade en turco: “Olsun”. Que así sea. La próxima vez.

Aquí nadie lee los grandes documentos sobre la sinodalidad. Pero todos caminan en sínodo.

La palabra, al fin y al cabo, dice eso: syn-hodos, camino compartido. En Roma se discute cómo debería organizarse ese caminar. En Kurtuluş, en Harbiye, en Bakırköy, simplemente se camina. Con pasos cortos. Con horarios incómodos. Con una bandeja de té.

Cuando no hay poder que repartir

Buena parte del debate sinodal gira, en el fondo, en torno al poder. Quién decide, quién consulta, quién vota, quién tiene la última palabra. Es una discusión legítima en Iglesias que todavía administran universidades, hospitales, presupuestos, influencia pública. Donde hay poder, la pregunta por su distribución es inevitable. Y sana.

Pero hay Iglesias donde esa pregunta no se puede plantear. No por virtud. Por aritmética.

Una comunidad cristiana de Estambul no tiene poder político que compartir, ni relevancia numérica que negociar, ni peso cultural que redistribuir. No organiza el imaginario de la ciudad. No define su lenguaje común. Si un párroco quisiera acaparar poder, descubriría pronto que el poder disponible consiste en decidir quién guarda la llave del armario de las sillas.

¿Qué significa entonces la sinodalidad ahí, donde la reforma estructural no tiene estructura que reformar?

He llegado a pensar que significa otra cosa. No una arquitectura, sino una modalidad de presencia. Una manera de estar juntos que no se sostiene en organigramas, porque no hay organigrama, sino en la finura de los gestos. La densidad eclesial de esa tarde de invierno no se medía en estadísticas. Se medía en la temperatura del té. En el ojo que registró la silla vacía. En ese “olsun” que no era resignación, sino una forma de mantener abierto el sitio del ausente.

Eso es caminar juntos: notar quién falta.

Sínodo de la Sinodalidad 2024

Sínodo de la Sinodalidad 2024

Los documentos hablan de “conversación en el Espíritu”. Aquí la conversación en el Espíritu tiene acento, interrupciones, y a veces se hace en dos idiomas a la vez porque no todos dominan el mismo. Los documentos hablan de “procesos de discernimiento”. Aquí el discernimiento consiste, muchas tardes, en decidir si se llama por teléfono al que lleva tres semanas sin venir o si se le da una semana más de silencio, porque también el silencio puede ser respeto. Nadie llamaría a eso metodología. Y sin embargo hay ahí más escucha real que en muchos cuestionarios.

No idealizo. Las comunidades pequeñas conocen el cansancio, los roces, la tentación del encierro, esa fatiga particular de ser siempre los mismos haciendo lo mismo. La sinodalidad de la periferia no es más pura. Es más desnuda. Al no poder apoyarse en el poder, se ve obligada a apoyarse en lo único que le queda: la fidelidad de unos a otros. Una fidelidad contra el desgaste, cultivada como una costumbre, repetida hasta que deja de parecer heroica y empieza a parecer normal.

No conviene mirarlas como reliquia, ni como postal edificante para ilustrar discursos. Conviene mirarlas como advertencia: tal vez muchas Iglesias europeas, todavía sentadas en salas grandes con buena acústica, terminarán aprendiendo tarde lo que estas comunidades ya viven por necesidad.

Una fidelidad sin confeti

El Sínodo seguirá su curso. Habrá más sesiones, más documentos, más recepciones de recepciones. Está bien. Las instituciones necesitan textos como los cuerpos necesitan esqueleto.

Pero el esqueleto no camina solo.

Lo que hace caminar a la Iglesia se parece menos a un acta y más a una bandeja. Se juega en fidelidades domésticas, calladas, arraigadas en la repetición: alguien que prepara el té sin que se lo pidan, alguien que cuenta las sillas, alguien que pregunta por el que no vino y no convierte la pregunta en reproche. Nada de eso figura en los mapas institucionales. Nada de eso se cita en las notas a pie de página.

Aquella tarde, en Estambul, el sínodo pasó junto a una bandeja de té y una ventana empañada, y nadie se dio cuenta.

Tampoco hacía falta.