Tribuna

Los siete demonios de Magdalena

Síguenos en:

Si examinamos la pintura de Guido Cagnacci, ‘La Magdalena penitente’, también conocida como ‘La conversión de la Magdalena’, observamos un fuerte contraste entre lo sagrado y lo profano representado en el fondo del cuadro por la lucha del ángel bueno (la virtud) que expulsa al demonio (el vicio), y evocado en primer plano por el contraste entre el cuerpo desnudo y seductor de la Magdalena (sensualmente recostada y rodeada de un suntuoso vestido y ricas joyas de las que se ha despojado) y una modesta Marta que la exhorta a abandonar la vida pecaminosa.



Esta pintura, realizada alrededor de 1660 en plena Contrarreforma católica, concentra errores exegéticos y prejuicios arraigados y fomentados a lo largo de los siglos que aún hoy se perpetúan mediante una predicación engañosa.

Malentendido fatal

Magdalena es identificada erróneamente con María de Betania, hermana de Marta, y, sobre todo, con la prostituta anónima mencionada en el Evangelio de Lucas (7, 36-50). Estos errores de interpretación se remontan a Gregorio Magno, quien, tal vez debido a la necesidad de armonizar historias similares, generó un malentendido fatal al unificar en una sola persona a mujeres diferentes: la Magdalena, liberada de los siete demonios (Mc 16, 9; Lc 8, 2); la prostituta anónima que lava los pies de Jesús con lágrimas y los unge con perfume (Lc 7, 36-50); María de Betania que unge los pies del Nazareno con costosa esencia de nardo y los seca con su cabello (Jn 12, 1-8); y la mujer anónima que, en la casa de Simón el leproso, derrama “un perfume muy precioso” sobre la cabeza de Jesús (Mt 26, 6-13; Mc 14, 3-9).

Magdalena penitente

Guido Cagnacci, “Magdalena penitente”, 1660

Gregorio Magno fusiona todas estas figuras en la Magdalena y, con el peso de su autoridad, inicia ese proceso de construcción de identidad que en los siglos venideros concebirá a la mujer no ya como la apóstol, sino como la pecadora por excelencia. Al considerar a esos siete demonios como un signo de pecado, “una concentración de toda clase de vicios” y la expresión de “una vida llena de pecados” (Homilía 33), orienta la interpretación de la presencia de los demonios hacia el vicio de la lujuria, que bien caracterizará a la mujer, seductora y tentadora.

Este arquetipo cultural perdura a lo largo de los siglos hasta tal punto que, en la Edad Media, el monje Honorio de Autun no tuvo reparos en presentar a Magdalena como “la prostituta vulgar que, tras convertirse en un burdel de libertinaje, se convirtió con razón en santuario de demonios, pues siete demonios entraron en ella a la vez y la atormentaron continuamente con lujurias” (‘Speculum Ecclesiae. De sancta Maria Magdalena’, en PL 172, 979). Muchos creen a día de hoy que esos demonios representan el pecado de la lujuria de Magdalena.

Demonización de la sexualidad

Así, partiendo de la falsa identificación con la pecadora arrepentida, la figura de María Magdalena ha favorecido la demonización de la sexualidad y la sensualidad femeninas, que, para redimirse, requieren penitencia y mortificación. Los siete demonios de los que Jesús la liberó se han asociado con el vicio de la lujuria y se han identificado erróneamente con la lujuria que la llevó a la prostitución.

En los Evangelios, uno de los elementos distintivos de “María, llamada Magdalena”, es que fue “liberada de siete demonios” (Lucas 8, 2). Pero ¿qué son estos espíritus malignos? El siete, un número simbólico que indica totalidad y plenitud, evoca aquí una gravedad particular, pero no es fácil entender lo que representa.

Sin desviación moral

En la cultura judía contemporánea y en el Nuevo Testamento, los demonios son entidades a las que se responsabiliza del sufrimiento, la enfermedad o los trastornos mentales. No designan vicios, mucho menos una vida disoluta o una desviación moral. Más bien, expresan malestar y desequilibrio y están bien representados, por ejemplo, en otros episodios que hablan de la liberación de endemoniados (Mc 5, 1ss. y pasajes paralelos).

Los Evangelios no mencionan ninguna desviación moral ni indican que fuera prostituta. Jesús la sana y la hace volver a ser discípula y apóstol. Debemos suponer que fue sanada de una enfermedad profunda, de un grave sufrimiento o quizás de la marginación y que esta nueva liberación, surgida de su encuentro con Jesús, le permitió alcanzar un espacio de libertad que le posibilitó abandonar la seguridad de su familia y seguir al Maestro a través de nuevas formas de relación que implicaban compartir y participar en la vida del grupo.


*Artículo original publicado en el número de julio de 2026 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva

Lea más: