El Señor dijo a Caín: “¿Dónde está Abel, tu hermano?”.
Respondió Caín: “No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?”.
Gn 4,9
“¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra?”
Lc 15,4
Hay ovejas constitutivamente gregarias, cuyo medio natural es el rebaño. Moldean su sitio poco a poco y luego reposan cómodamente. No requieren mucho pasto para subsistir; solo necesitan estar en contacto y que conozcan su nombre. Andan como siempre lo han hecho.
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Luego están las ovejas rebeldes, que van por libre y cuya adhesión pastoral pende de un hilo; los estímulos del mundo son tentadores y numerosos y sus redes cautivan sin pedir rescate. Necesitan mucho pasto y si no lo encuentran salen a buscarlo por otros lares. Son conscientes de sus pasos y los adaptan para perfeccionarlos.
Todas salen a pacer, y al volver el pastor hace su recuento: le falta una. Al principio se inquieta, pero vuelve con su rebaño. No tiene importancia. Puede estar tranquilo porque pronto el cómputo se igualará con una nueva incorporación. “Solo es una, ya volverá”. Pero no vuelve. Se preguntan dónde está, pero nadie va a buscarla.
¿Dónde está el límite entre la inacción laxa y la señal que detona el deber?
¿No es acaso un pastor responsable de su rebaño? ¿Cuánta libertad hay que dejar, cuánto hay que soltar hasta que la cuerda se tense? ¿Dónde está el límite entre la inacción laxa y la señal que detona el deber? ¿Cuánto extravío permite la condescendencia?
No podemos dejar que el buen pastor se convierta en crióforo. La libertad sin deber es solo una ilusión, el aprendizaje sin maestro conduce a equívocos, caminar sin guía te lleva a cualquier lado. No estamos aquí para vagar en el desierto, porque tenemos el pastor, el guía y el maestro, y somos el prójimo que debe ser cuidado.
No se trata solo de una petición voluntariosa; el magisterio lo dicta -‘Presbyterorum ordinis’, 6; ‘Lumen gentium’, 28; ‘Christus dominus’, 30-, así como las Sagradas Escrituras -Lucas 15, 1-7; Mateo 18, 10-17.-. Tenemos que poder estar seguros de que las actitudes que creeríamos merecedoras de reprimenda pueden también ser acogidas con comprensión e indulgencia, y debemos conocer las razones por las que es preferible volver siempre a la grey que nos acogió.
Pero para ello necesitamos ser reincorporados, ser aproximados con genuino celo pastoral para darnos cuenta de que nuestra participación implica una responsabilidad recíproca para sostener los fundamentos de la comunidad. Que una oveja falte no debe tomarse siempre como una rebelión resuelta, sino como el efecto sintomático de un malestar callado que hay que abordar.
Claro está que el compromiso debe ser bidireccional -Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 209, 899-, que la oveja debe mostrar su adhesión y fidelidad a la Iglesia, pero ¿cómo sabrá que lo está haciendo bien? ¿Qué distancia es tolerable? ¿Qué grado de implicación es el adecuado? ¿Qué motivaciones son comprensibles y excusables y cuáles merecen un acompañamiento especial? Cuando no hay un baremo exacto, el sentimiento corre el riesgo de determinar el comportamiento, y es ahí cuando la intervención del ministro se hace necesaria.
