A Su Santidad León XIV,
a la Iglesia Católica, a sus comunidades, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos.
Santo Padre:
Hemos leído con profunda emoción su mensaje para la 112.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, cuyo lema, “Incluso uno solo de estos pequeños”, ha resonado de una manera muy especial en nuestro corazón. Somos Hugo Parada y María Elena Rivas, venezolanos, esposos, padres de dos hijos y profesores de Informática. Nuestra historia familiar es también una historia de migración, búsqueda de protección, incertidumbre, perseverancia, fe y, finalmente, acogida. Somos padres de Soeh Salomé, de 8 años, y Saúl Alejandro, de 14 años. Por eso, cuando leemos su mensaje sobre los niños migrantes, no podemos hacerlo solamente desde la reflexión. Lo hacemos desde nuestra propia experiencia como padres que, en diferentes momentos de nuestra vida, hemos tenido que tomar decisiones difíciles pensando, ante todo, en la seguridad, el bienestar y el futuro de nuestros hijos.
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Nuestra historia comenzó con la necesidad de abandonar Venezuela debido a una situación de persecución política que hizo necesario buscar protección y seguridad fuera de nuestra tierra. No fue una decisión sencilla. Cuando una familia abandona su país no deja solamente una vivienda o un empleo; deja familiares, amigos, costumbres, lugares queridos y una parte importante de su identidad. Pero llega un momento en que el miedo y la incertidumbre hacen inevitable una pregunta: “¿Qué debemos hacer para proteger a nuestra familia?”. Nuestra respuesta fue comenzar un camino migratorio que jamás imaginamos que sería tan largo.
Nuestro primer destino fue República Dominicana, donde vivimos aproximadamente ocho años. Durante ese tiempo trabajamos, nos desarrollamos profesionalmente, construimos nuestra familia y tratamos de encontrar estabilidad. Somos profesores de Informática y nuestra vocación profesional siempre ha estado vinculada al conocimiento, la educación y la formación de otras personas. Intentamos aportar nuestro trabajo y nuestras capacidades a la sociedad que nos había recibido.
Historia compleja
Pero nuestra historia familiar se hizo más compleja cuando nació nuestra hija Soeh en República Dominicana. Ella nació allí, allí vivió sus primeros años y allí comenzó a construir parte de su identidad. Sin embargo, durante aproximadamente seis años luchamos para conseguir que pudiera regularizar su situación de residencia. A pesar de haber nacido en aquel país, las normas migratorias aplicables a los hijos de padres extranjeros hicieron que su situación fuera extremadamente complicada. En diferentes momentos se nos planteó una solución que para nosotros era prácticamente imposible: regresar a Venezuela para solicitar una visa que permitiera regularizar la situación de nuestra propia hija. Pero nosotros no podíamos regresar a Venezuela. Habíamos salido de nuestro país precisamente por una situación de persecución política y por razones de seguridad.
Durante aquellos años sentimos que estábamos atrapados entre sistemas administrativos que no parecían contemplar nuestra realidad humana. Para una administración, nuestra situación podía ser un expediente; para nosotros era nuestra hija. Y fue entonces cuando comprendimos, de una manera profundamente personal, el significado de aquellas palabras: “Incluso uno solo de estos pequeños”. Para nosotros, Soeh no era una estadística, un número ni un expediente migratorio. Era una niña, una persona, una vida.
Normas migratorias
Santo Padre, no queremos utilizar esta carta para juzgar a ningún país ni para cuestionar la necesidad de que los Estados tengan normas migratorias. Comprendemos que los países tienen derecho a organizar sus procesos migratorios. Pero también creemos que las normas deben conservar algo esencial: el sentido humano. Las leyes pueden hablar de nacionalidades, permisos, visados y procedimientos, pero detrás de cada procedimiento hay personas, y detrás de cada niño hay una familia. Cuando una norma obliga a una familia a plantearse regresar a un país del que tuvo que huir para poder regularizar a una niña nacida en otro territorio, creemos que esa realidad humana merece ser escuchada.
Después de ocho años, a las dificultades relacionadas con nuestra situación migratoria se sumó también la inseguridad que experimentábamos en República Dominicana. Volvimos a hacernos la pregunta: “¿Dónde podemos ofrecer a nuestros hijos una vida más segura?”. Y nuevamente tuvimos que abandonar un lugar que ya formaba parte de nuestra historia. Nuestro siguiente destino fue Portugal. Llegamos con esperanza, pensando que finalmente habíamos encontrado el lugar donde podríamos establecer nuestra vida familiar. Sin embargo, las dificultades derivadas de las normas migratorias hicieron que nuestras posibilidades fueran nuevamente muy limitadas. Una vez más sentimos que las puertas se cerraban.
Incertidumbre profunda
Portugal fue también uno de los momentos más difíciles espiritualmente para nuestra familia. La incertidumbre llegó a ser tan profunda que incluso nos daba temor salir de nuestra propia casa. No sabíamos qué podía ocurrir, cómo se resolvería nuestra situación ni cuál sería nuestro siguiente paso. Y cuando las respuestas humanas parecían agotarse, nos quedó algo que nunca habíamos perdido: la oración. Orábamos por nuestros hijos, por nuestra familia y para encontrar un camino. Pedíamos que apareciera una puerta cuando todas parecían cerradas. En aquellos momentos aprendimos que la fe no significa que los problemas desaparezcan inmediatamente; significa que, incluso en medio del miedo, podemos sentir que no estamos solos.
En medio de aquella incertidumbre apareció una persona que tuvo un papel fundamental en nuestra historia: un sacerdote. Una llamada suya nos llevó algo que necesitábamos profundamente: calma y tranquilidad. Aquella llamada fue mucho más que una conversación. Para nosotros fue un puente entre nuestros miedos y una nueva posibilidad. Aquel sacerdote convirtió su vocación en servicio y su servicio en acompañamiento. No llegó con grandes discursos; llegó con una llamada, con una palabra y con la disposición de ayudar. Y algunas veces Dios utiliza precisamente esos pequeños gestos para cambiar el rumbo de una vida.
Aquel sacerdote que un día nos llamó cuando estábamos llenos de miedo hoy forma parte de nuestra familia. Lo sentimos como un hermano, un amigo y una persona fundamental en nuestra vida familiar. Nos ha acompañado, nos ha escuchado y ha compartido nuestras alegrías y nuestras preocupaciones. Su presencia nos ha demostrado que el sacerdocio puede trascender el espacio del templo y convertirse en una presencia concreta en la vida de las personas. Para nosotros, un sacerdote puede ser compañero de camino, constructor de puentes y rostro humano de la misericordia de Dios. Y quizá una de las formas más profundas de vivir una vocación sea precisamente estar presente cuando alguien tiene miedo, escuchar cuando alguien no encuentra palabras y acompañar cuando no sabe hacia dónde caminar.
Aquella llamada desde Portugal fue, para nosotros, una respuesta a tantas oraciones. Nos condujo hacia Badajoz, una ciudad que terminaría adquiriendo un significado muy especial en nuestra historia familiar.
La acogida en Badajoz
Badajoz es una ciudad de murallas. Durante siglos, esas murallas fueron construidas para proteger a quienes vivían dentro de ellas. Cuando nosotros llegamos, en uno de los momentos más difíciles de nuestra historia, aquellas murallas adquirieron para nosotros un significado diferente. No solamente nos dieron seguridad; nos dieron esperanza. Llegamos con miedo y poco a poco comenzamos a encontrar tranquilidad. Llegamos sin saber qué sería de nuestra familia y comenzamos a encontrar oportunidades. Llegamos buscando un lugar seguro para nuestros hijos y encontramos un hogar.
Las murallas de Badajoz se convirtieron así en un símbolo de algo mucho más grande: la protección que nace cuando una comunidad decide acoger. Badajoz nos enseñó que proteger no siempre significa levantar barreras. A veces, proteger significa abrir las puertas y ofrecer refugio.
Después de todo nuestro recorrido llegamos a España y encontramos en Badajoz algo que durante mucho tiempo habíamos estado buscando: un hogar seguro. Un lugar donde nuestros hijos pudieran crecer, donde pudiéramos trabajar, ejercer nuestra profesión y aportar nuestros conocimientos, y donde pudiéramos comenzar nuevamente a sentir que pertenecíamos a una comunidad. Después de años de incertidumbre migratoria, conseguimos alcanzar nuestra regularización y residencia legal en España. Para nosotros, obtener la residencia española no fue simplemente recibir un documento. Fue poder decir, después de tantos años: “Aquí podemos construir nuestro futuro”.
Nuestros hijos han sido protagonistas involuntarios de este camino. Soeh tiene ahora 8 años. Nació en República Dominicana y ha crecido en medio de una historia familiar marcada por la migración. Saúl tiene 14 años y también ha vivido los cambios de país, de escuela, de amigos, de cultura y de entorno que implica migrar. Ellos no eligieron abandonar Venezuela. No eligieron vivir en República Dominicana, trasladarse a Portugal ni llegar a España. Fuimos sus padres quienes tomamos esas decisiones intentando protegerlos y ofrecerles oportunidades.
Reponsabilidad con los menores
Por eso comprendemos todavía más profundamente su preocupación por los menores migrantes. Los niños muchas veces no tienen capacidad para decidir sobre las circunstancias que determinan sus vidas. Por eso los adultos tenemos la obligación de protegerlos. Soeh no es solamente una niña venezolana ni solamente una niña nacida en República Dominicana. Es una niña con sueños, capacidades, emociones y un futuro por construir. Saúl no es solamente un adolescente migrante. Es un joven que tiene derecho a desarrollar sus talentos, construir su proyecto de vida y sentirse parte de la sociedad donde vive. Para nosotros, la verdadera integración comienza cuando una familia puede decir: “Somos parte de aquí”.
Somos profesores de Informática y nuestra vida profesional está vinculada a la educación, la tecnología, la investigación y la formación. No queremos que nuestra historia migratoria se reduzca a una historia de necesidades. Queremos que también sea una historia de aportación. Queremos poner nuestros conocimientos al servicio de la sociedad que nos ha recibido, ayudar a otros y acompañar a quienes llegan después de nosotros. Queremos utilizar la educación y la tecnología para crear oportunidades y queremos que nuestros hijos crezcan comprendiendo que migrar no significa perder nuestra identidad, sino aprender a construir puentes entre diferentes culturas.
Santo Padre, su mensaje nos invita a imaginar una Iglesia que no solamente recibe al migrante, sino que camina con él. Nosotros hemos experimentado el significado de esa Iglesia. La encontramos en una llamada, en una palabra de esperanza y en una persona que decidió acompañarnos cuando nosotros solamente veíamos incertidumbre. Por eso creemos profundamente que una parroquia puede convertirse en una casa para quien acaba de llegar; que un sacerdote puede convertirse en alguien que escucha cuando una persona siente que nadie la comprende; que una comunidad puede convertirse en una familia; y que un pequeño gesto puede cambiar la vida de una persona.
Nuestra historia nos ha enseñado que migrar puede producir dolor, pero también puede producir encuentro. Nos ha permitido conocer personas de diferentes culturas, valorar la solidaridad y comprender el significado de la palabra hogar. Nos ha enseñado que una persona puede sentirse extranjera en un lugar y, sin embargo, encontrar en otro ser humano una familia. Por eso no queremos transmitir únicamente el dolor de nuestra historia. Queremos transmitir también esperanza. Después de Venezuela, República Dominicana y Portugal, encontramos en España una nueva oportunidad. Y hoy podemos decir que nuestra familia tiene un hogar.
Continuar la vida
Queremos expresar públicamente nuestra gratitud a España y especialmente a Badajoz. Después de tantos años de incertidumbre, aquí hemos podido encontrar seguridad y estabilidad. Aquí hemos podido regularizar nuestra situación. Aquí hemos obtenido nuestra residencia. Aquí nuestros hijos pueden crecer y aquí queremos continuar nuestra vida. Seguimos siendo profundamente venezolanos. Nuestra tierra forma parte de nosotros y siempre formará parte de nuestra historia. Pero también podemos decir, con gratitud: “España forma ya parte de nuestra familia”. Y Badajoz forma parte de la historia de nuestros hijos.
Santo Padre, después de vivir esta experiencia comprendemos que quizá el verdadero desafío no consiste en preguntarnos cuántos migrantes podemos atender. La pregunta puede ser mucho más sencilla: “¿Qué estamos haciendo por ese uno solo?”. Por ese niño, por esa niña, por esa familia, por ese padre, por esa madre, por esa persona que acaba de llegar.
Nosotros sabemos lo que significa esperar. Sabemos lo que significa no saber qué ocurrirá mañana. Sabemos lo que significa enfrentarse a procedimientos que parecen no tener en cuenta nuestra historia. Sabemos lo que significa mirar a nuestros hijos y preguntarnos si hemos tomado la decisión correcta. Pero también sabemos lo que significa encontrar finalmente un lugar donde poder respirar tranquilos. Y sabemos que, algunas veces, una sola llamada puede cambiar una historia, una sola persona puede construir un puente, una sola comunidad puede convertirse en hogar, una sola ciudad puede convertirse en refugio y una sola oración puede sostener a una familia.
Una oportunidad para todos
Por eso queremos responder a su mensaje desde nuestra propia vida: sí, Santo Padre, incluso uno solo importa. Importa Soeh. Importa Saúl. Importa cada niño migrante. Importa cada familia. Importa cada persona que cruza una frontera buscando seguridad. Importa cada ser humano que necesita una oportunidad.
Queremos que nuestra experiencia migratoria tenga un propósito. Queremos que el camino que hemos recorrido pueda servir para iluminar el camino de otros. Queremos aportar desde nuestra profesión como profesores de Informática, desde nuestra experiencia educativa y tecnológica, desde nuestra condición de padres y desde nuestra fe. Queremos trabajar por una sociedad donde ningún niño tenga que sentirse menos por haber nacido en otro país. Queremos que nuestros hijos crezcan entendiendo que las diferencias culturales no son una amenaza, sino una oportunidad para aprender a convivir.
Comprender el camino
Y queremos que algún día puedan mirar hacia atrás y comprender que aquel largo camino —Venezuela, República Dominicana, Portugal y España— no fue solamente una sucesión de dificultades. Fue también el camino que nos enseñó a valorar profundamente la familia, la seguridad, la libertad, la dignidad, la solidaridad, la fe y el verdadero significado de tener un hogar.
A la Iglesia católica queremos decirle: no tengan miedo de abrir las puertas. Porque detrás de esas puertas puede estar una familia que necesita esperanza, un niño que necesita sentirse seguro, un adolescente que necesita encontrar amigos, un profesional que necesita una oportunidad o simplemente una persona que necesita escuchar: “No estás solo”.
Y quizás, al abrir esa puerta, la Iglesia descubra que no solamente está acogiendo a un migrante. Está acogiendo a Cristo. Como nos recuerda el Evangelio: “El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí”.
Por eso hacemos nuestra la invitación de Su Santidad: incluso uno solo. Uno solo merece nuestra atención. Uno solo merece nuestra solidaridad. Uno solo merece nuestra defensa. Uno solo merece nuestra esperanza. Y uno solo puede ser suficiente para recordarnos que la humanidad todavía puede elegir el camino del amor.
Con profundo respeto, filial afecto y esperanza cristiana,
Hugo Parada
María Elena Rivas
Soeh, 8 años
Saúl, 14 años
Familia venezolana migrante y residente en España.
