Tribuna

La nueva evangelización de la nueva evangelización

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Durante décadas hemos intentado medir la salud religiosa de España contando bautizos, primeras comuniones, matrimonios canónicos y personas sentadas en los bancos de nuestras iglesias. Era comprensible que la práctica sacramental ofreciera una fotografía razonablemente fiel de la fe del país cuando catolicismo, cultura y pertenencia social coincidían. Hoy aquellos indicadores continúan siendo importantes, pero ya no bastan, porque nos dicen cuántos llegan, pero no qué buscan; cuántos participan, pero no en qué creen; cuántos conservan una identidad católica, pero no en qué punto el Evangelio estructura realmente su existencia.



Casi ninguna institución en España dispone de indicadores oficiales sobre la madurez en la fe (hay alguna pequeña excepción en instituciones religiosas de misión educativa). No es un dato sencillo de conseguir, ya que la fe madura no puede reducirse a la asistencia dominical, pero tampoco prescindir de práctica, comunidad, formación o compromiso. Creer cristianamente no consiste solo en aceptar unas doctrinas o experimentar una emoción espiritual, aunque ambas sean necesarias. Es permitir que el encuentro con Jesucristo aúne nuestra inteligencia, relaciones y afectos, decisiones, y esperanza última.

Las cifras disponibles describen, en cualquier caso, una transformación. La nota de Funcas 2025 sobre identidad y práctica católica en España constata que aproximadamente el 55% de los adultos continúa identificándose como católico, lejos del 90% que se registraba a finales de los años setenta; además, quienes no se identifican con ninguna religión han pasado del 22% en 2002 al 42% en 2024, mientras solo un 17% mantiene una práctica religiosa regular. Podemos afirmar que no estamos ante la desaparición de la religión, sino ante el final de su antigua forma. Sin embargo, cuando empezábamos a redactar solemnemente la esquela del catolicismo español, el informe ‘Jóvenes españoles 2026’ de la Fundación SM señala que quienes se identifican como católicos han pasado del 31,6% en 2020 al 45% en 2025. Además, el 38,4% considera la religión algo bastante o muy importante. El propio estudio añade que las creencias influyen en los momentos de alegría y felicidad para un 45,7% y en la elaboración del proyecto vital para un 41,2%. Sería torpe despreciar estos datos, pero igualmente imprudente interpretarlos como una reconquista católica de nuestra sociedad.

La última encuesta del CIS sobre la visita de León XIV a España, difundida por Vida Nueva, complica todavía más la fotografía. El 91,9% de los españoles considera al Papa un referente ético y moral; un 54,8% para toda la sociedad y otro 37,1% específicamente para los católicos. Además, al 76,2% le gusta su discurso sobre la inmigración y el 85,2% comparte sus reflexiones entorno a la polarización política. El 76,8% valora positivamente o muy positivamente la visita, y el 70,4%, cree que mejoró la imagen de España.

Autoridad moral

Ante estas cifras, resulta difícil sostener que la sociedad española haya abandonado la Iglesia. Más bien ha dejado de concederle una obediencia automática, mientras conserva —o mejor, recupera— la disposición a escucharla si alguna vez reconoce en ella una autoridad moral veraz y creíble. La institución pierde pertenencia, pero el Evangelio sigue generando reconocimiento, y tal vez la secularización no elimina el catolicismo, sino que modifica las condiciones bajo las cuales se es católico.

De todas formas, conviene matizar la ambigüedad de los datos porque estar de acuerdo con el Papa en una encuesta no equivale, directamente, a reconocer al Cristo en Jesús, y todo lo que conlleva. Entre la adhesión y la conversión existe la misma distancia que separa la admiración del ser discípulo. No basta con preguntar quién se considera católico, sino en observar qué sucede cuando el Evangelio contradice los prejuicios, intereses o fidelidades del creyente. La madurez en la fe comienza donde dejamos de utilizar la fe para confirmar lo que ya pensábamos y permitimos que sea la Palabra la que juzgue nuestras posiciones. Ese es el miedo que nos surge ante los jóvenes neocatólicos, cuando se declaran católicos, pero han construido su universo espiritual recogiendo fragmentos de las redes sociales, la autoayuda, el orientalismo de consumo o la religiosidad terapéutica. Donde la Iglesia no ha ofrecido una gramática inteligible de la fe, el mercado ha proporcionado un catálogo de experiencias sin Cristo.

Ahora bien, no existe una única juventud ni una España uniforme. El aparente despertar espiritual no se distribuye de manera homogénea entre territorios, clases sociales, ambientes familiares o niveles culturales. No se cree igual desde una gran ciudad universitaria que desde una población rural, ni se aproxima del mismo modo a la Iglesia quien ha nacido en una familia creyente o una completamente secularizada, o quien ha crecido en un barrio marcado por la precariedad y la diversidad religiosa. En algunos lugares sobrevive un catolicismo cultural que conserva símbolos, fiestas y afectos, pero ha perdido buena parte de su contenido. En otros, pequeños grupos crecemos en la fe como una opción libre, consciente, minoritaria y exigente. Y en casi todos los ambientes la Iglesia ha dejado de ser una interlocutora reconocible.

Anunciar el Evangelio a todos

Esta desigualdad debería inquietarnos más que las grandes estadísticas nacionales. Se habla mucho de llegar a las periferias, pero seguimos empleando cauces pastorales pensados para un destinatario casi universal que ya no existe. Ofrecemos los mismos lenguajes, horarios, itinerarios y respuestas a personas que habitan mundos simbólicos completamente distintos. Después nos sorprende que la propuesta solo alcance a determinados estratos sociales, sensibilidades ideológicas o niveles de formación. Una Iglesia que evangeliza únicamente a quienes conocen de antemano sus códigos, o a quienes se acercan a ella a consecuencia de obsesiones y traumas que deberían ser tratados por un psiquiatra, no está cumpliendo el mandato de anunciar el Evangelio a toda criatura.

No se trata de convertir la evangelización en una estrategia comercial, ya que el Evangelio no es un producto adaptable al gusto del consumidor. Pero la Encarnación obliga a tomarse en serio la lengua, las heridas, las preguntas y la capacidad de comprensión de cada uno. Pentecostés no hizo que todos hablaran un único idioma eclesiástico, sino que cada uno escuchara las maravillas de Dios en su propia lengua. La unidad del anuncio nunca ha significado la uniformidad de los caminos; como proclamaba san Agustín, “unidad en lo esencial; libertad en lo dudoso; y caridad en todo”.

Vigilia de oración de León XIV con los jóvenes en Madrid

Vigilia de oración de León XIV con los jóvenes en Madrid. Foto: Jesús G. Feria/ Vida Nueva

Tal vez nos encontramos ante la necesidad de pensar e investigar para hacer una teología pastoral con las raíces bien ancladas y con la mirada muy abierta y larga. Solo así podremos llegar a construir lo que se podría denominar la nueva evangelización de la nueva evangelización. La primera quiso volver a anunciar el Evangelio en sociedades de tradición cristiana que comenzaban a secularizarse. La que aquí planteamos tiene que anunciar la Buena Noticia en una sociedad post-cristiana, espiritualmente inquieta, culturalmente fragmentada y religiosamente híbrida.

Para la nueva evangelización de la nueva evangelización no basta con abrir de nuevo las puertas, hay que descubrir caminos que todavía no hemos trazado. La importante no es si España vuelve a ser religiosa, sino si la Iglesia sabe reconocer qué búsquedas, ideas y experiencias se esconden bajo esta religiosidad emergente. Y la gran pregunta que debemos hacernos, aunque sea incomoda y sabiendo que generalizar tiene límites, es si los 15.000 sacerdotes en activo que tiene nuestro país son las personas intelectualmente preparadas, psicológicamente sanas, teológicamente inteligentes, socialmente actualizadas, moralmente adecuadas y religiosamente santas que necesitamos para acompañar en el proceso de kerigma, kénosis y koinonia que exige la nueva evangelización de la nueva evangelización para llevar a la madurez en la fe a todos, todos.