Tribuna

Muros y techos de cristal por romper dentro de la Iglesia

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De nuevo, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Otro aniversario, otro día para reunirse, debatir, hacer balance, manifestarse, pedir el reconocimiento de los derechos de las mujeres, como si se tratara de algo especial, ajeno a la condición humana y que necesitara una aprobación oficial. Sin embargo, los acontecimientos mundiales repiten una narrativa que es siempre la misma, que no cambia, a pesar de los avances científicos y la evolución –aterradora– de la inteligencia artificial, que nos está abriendo nuevos espacios, incluso en la brutal realidad de la violencia contra las mujeres, que ha visto nacer y propagarse sitios web con imágenes manipuladas de mujeres que desconocen haber sido sometidas a tal ultraje público.



¿Y qué decir de países como Afganistán, donde, hace solo unos días, las mujeres fueron excluidas de la educación y tratadas peor que sus animales domésticos? Sin embargo, ante estas tragedias humanas, no hay gritos ni protestas por parte de las autoridades públicas, porque donde no hay intereses económicos, tampoco existen los derechos de las personas y mucho menos los de las mujeres.

Lo más lamentable es el silencio de la Iglesia, que el pasado mes de noviembre condenó la violencia contra las mujeres haciendo un llamamiento genérico al respeto de la dignidad humana, pero nada más, cuando, en cambio, el papa Francisco manifestó constantemente su profunda preocupación y solidaridad con las mujeres de Afganistán, calificando su condición de “esclavitud” y exhortando al respeto de los derechos humanos fundamentales y de su dignidad.

La posición de la Iglesia hacia las mujeres siempre ha sido ambigua, o mejor dicho, demasiado clara y “paulina”: “Que las mujeres guarden silencio en las reuniones; no les está, pues, permitido hablar, sino que deben mostrarse recatadas, como manda la ley” (1 Cor 14, 34). Desgraciadamente, olvida la herencia del Concilio Vaticano II, que en ‘Gaudium et spes’ reconoce la “igualdad fundamental entre todos los hombres” y subraya que “toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino” (GS 29).

Problema de género

La Iglesia vive claramente, y desde hace siglos, un “problema de género”, arraigado en una interpretación “errónea” de la Sagrada Escritura. Esta, como nos enseña la Iglesia, es la Palabra de Dios, ese Dios que, “para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas” (CEC 101), cuya lectura e interpretación se ha dejado durante mucho tiempo en manos de exegetas hombres, de modo que –como afirma Anne Soupa– “cada vez es más frecuente que sean los comentaristas masculinos los que son machistas y no la Biblia en sí”. Parece claro que el primer muro que las mujeres deben derribar es el de la exégesis bíblica. En la Pontificia Comisión Bíblica –creada por León XIII para promover el estudio de las Sagradas Escrituras, pero, sobre todo, para “estudiar e iluminar las cuestiones debatidas y los problemas emergentes en el ámbito bíblico”–, las mujeres –por desgracia– son solo cuatro.

Vidrio Roto

La exégesis bíblica femenina comenzó a desarrollarse alrededor de los años 70 del siglo pasado, profundizando el enfoque crítico no solo para identificar las figuras femeninas en la Biblia, sino también para deconstruir las interpretaciones patriarcales y poner de relieve las dinámicas de poder en el texto. Estos estudios –que hoy en día llevan a cabo exegetas y teólogas como Elizabeth A. Johnson, Ivone Gebara, Marie Jeanne Bérère, Irmtraud Fischer, Corinne Lanoir y muchas otras– han permitido conocer las vicisitudes de las mujeres en la Biblia y su participación activa en la historia de la salvación, no como “figuras marginales”, sino importantes en el destino del pueblo elegido, más de lo que se podría pensar, reescribiendo y rescatando la memoria femenina.

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