Tribuna

Matar a un ruiseñor

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La congoja me atenaza. No solo el pecho, también la razón. Y, hasta ahora, la voluntad.



Y esto me ocurre desde las seis de la tarde de aquel fatídico jueves de finales de marzo en que Noelia Castillo falleció y no por causa natural.

Le pido a la congoja que, al menos un rato, aligere su tenaza sobre mi voluntad para escribir estas líneas. También que me ayude a pensar. (Hay congojas que instan a la razón. ¡Ojalá sea esta una de ellas!).

La congoja es resultado del desfigurado rostro del mal, el horror. Y el mal no debe ser huido sino combatido. También con la razón.

Mi razón se agita y surgen multitud de respuestas.

Nos autodenominamos personas. Y al decir esto indicamos que a todos se nos da que somos únicos y que nuestra vida tiene un valor absoluto del que nada ni nadie puede disponer. Lo reconocemos hasta de aquellos que por circunstancias de desarrollo o enfermedad, ya física o mental, no son capaces de tal constatación. Es a esto a lo que llamamos dignidad, no a otras cosas. Solo la vida personal es digna.

No hay quien niegue que puedo usar mi libertad para darme muerte, pero ¿es ese su propósito? Una libertad que se usa en contra de su condición de posibilidad, la vida personal, ¿está siendo bien usada? Creo que la respuesta resulta obvia.

El sufrimiento de Noelia

Invocar la compasión para justificar el adelanto de la propia muerte nos acerca al asunto que lo emborrona todo: el sufrimiento.

Que sufrir es un mal resulta innegable. Mas para sufrir hay que vivir. Solo sufre quien vive. Lo que hay que combatir es el sufrimiento, no la vida personal. Y el dolor resulta más fácil de batallar que el sufrir. No hay analgésicos para el sufrimiento. De ahí que el que sufre alargue la mano pidiendo compasión.

Compadecer a alguien no es un sentimiento de lástima, de pena sino padecer-con. Acompañar al otro en su padecimiento implicándose en su cuidado y buscando su cura. Asunto complejo y difícil pero en el que no cabe la claudicación, aunque muchas veces el que acompaña se sienta tentado a desear la muerte del otro, acompañando en ese deseo al que sufre (no todo el que sufre desea morir, sí librarse del sufrimiento). Acompañar al que sufre contagia, agota, desgasta y, a veces, nubla la razón. No es fácil. A pesar de ello, el que acompaña es quien debe mantener en alto la bandera que no claudica, la del bien de la vida personal aunque esté traspasada por el sufrimiento. Ese estandarte es el que debe dar un sentido pedagógico al inevitable sufrir cuando no se logra eliminar: aprender a sufrir a pesar de no entender el sentido de este e intentar darle la vuelta en favor de la vida propia o de la de otros. Enseñar a mirar al otro quizás sea una de las claves de la pedagogía del sufrir.

Cuando uno sufre no ve nada. Si el sufrimiento es inmenso solo quiere huir, no afrontarlo. Pero hay que hacerlo. El que acompaña lo sabe y no debe ceder nunca ante la ceguera del sufriente a pesar de que este le haga la guerra psicológica. Todos lo sabemos aunque no sea fácil mantener el pulso.

Justificar la eutanasia

Mi razón sigue borboteando pero, ¿y si lo hasta aquí escrito no sirviera para arrojar luz? ¿Qué pasa si tengo dudas? Si la perorata insistente del que sufre se adueña de mí y casi me lleva a ceder y a romper el sello de inviolabilidad de su vida, ¿qué hacer?

Mi razón acuciada por la congoja me responde que como ser humano debo hacer el bien y evitar el mal. Evidente. Pero, ¿en qué me ayuda esto si no sé qué es bueno y qué malo?

Mi razón me explica que en caso de duda nunca debo actuar. Y, perdónenme mis lectores, por mucho intento de justificación de un caso de eutanasia siempre hay un resquicio de duda, de amargor. El que acompaña lo ve y lo sabe. Y es él el que no debe ceder ni justificar una acción motivada por la duda ya que podría ocasionarse el mal que debe ser evitado.

noelia castillo

Quizás todas estas razones, fruto de la congoja que azuza mi razón, y tantas otras que no pueden comparecer ahora no tengan más valor que lo que se puede apuntar en una servilleta de papel, como en estos días escribía Diego S. Garrocho.

Si así fuera, utilizaré esa servilleta para secar mis lágrimas de congoja por la muerte de Noelia esperando que, a través de ellas,  lo escrito  permee mi piel y se tatúe en mi cara.

Y les diré a mis hijos, con tatuaje de lágrimas y congoja por la injusta muerte de Noelia, lo que Atticus Finch me enseñó: ‘Matar a un ruiseñor es pecado’.