Es bello y hermoso que el papa León XIV empieza el año contemplando el rostro alegre de la Virgen María, como estrella de la paz y del rostro de Dios en todo el mundo, ese mensaje del rostro de Dios que María ha contemplado desde toda su vida y que ahora lo anuncia en su vida, en su corazón y en su vientre, eso mismo que nos dejó que legado el papa Francisco, cuando le dio el título de Madre de la Esperanza para todos los pueblos.
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“Este es el rostro de Dios que María dejó que se formara y creciera en su seno, cambiándole completamente la vida. Es el rostro que anunció a través de la luz gozosa y frágil de sus ojos de madre que espera; el rostro cuya belleza contempló día tras día, mientras Jesús crecía, niño, muchacho y joven, en su casa; y que luego siguió, con su corazón de discípula humilde, mientras recorría los senderos de su misión, hasta la cruz y la resurrección.” (Papa León XIV, solemnidad de Santa María Madre de Dios, jueves 1 de enero de 2026.)
En una de las homilías, el Santo Padre contempló el misterio de la Divina Maternidad de María, aquella que con su “sí” permitió que la misericordia de Dios tuviera un rostro humano. Es un acto de fe que trasciende toda la historia de la humanidad, haciéndola una historia de salvación por el misterio de la encarnación, porque es un completo abandono a la voluntad de Dios que cambió su misma historia; así, se convirtierte en la esperanza para todos los creyentes.
El encuentro del Ángel Gabriel se da en la Alegría
La frase del saludó del Ángel Gabriel a la Virgen María durante la Anunciación en el Evangelio de San Lucas, significando que Dios la había elegido y que estaría con ella en la concepción y el nacimiento de Jesús, siendo un mensaje de gozo y presencia divina que se repite en la oración que hacemos todos los cristianos católicos en el mundo contemplando el Ave María: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). “¡Alégrate!” es un llamado a la alegría porque Dios está con ella, indicando la cercanía y el favor de Dios en un momento crucial para la historia de la salvación.
El papa León XIV y la riqueza espiritual de san Agustín y san Juan Eudes
Están muy unidos en su doctrina y la riqueza espiritual de un gran santo en la Iglesia como fue san Agustín, san Juan Eudes y ahora el papa León XIV, porque todos ellos aman a María con todo su corazón, esta gran riqueza es la que permite hoy en día, estar seguros que en medio de las dificultades que tengamos seremos recibidos por el abrazo maternal de María, seremos levantados, abrazados y seguir adelante en medio de sufrimientos y alegrías de la vida.
Contemplar el misterio de la encarnación
Es el misterio de la encarnación, que describe san Juan Eudes: “Ella lo ha concebido primero en su corazón, antes que en su vientre; lo ha llevado por espacio de nueve meses en su seno, pero lo ha llevado y llevará eternamente en su corazón, de manera que el Salvador es más fruto de su corazón que de su vientre” (San Juan Eudes, OC VIII, 125).
María acogió está Buena Noticia, porque Dios la escogió, la preparó y la amo desde el principio. Ya María lo había concebido en el corazón como un acto de fe y amor, antes que en el vientre. Esto nos enseña a pensar más en lo espiritual y no tanto en lo material, siempre Dios acontece en el corazón de todos los hombres, lo material es complementario, lo fundamental es la confianza en el Señor, allí donde ponemos el corazón, allí está el fundamento de la vida espiritual.
Aceptar el plan de Dios: “Hágase tu voluntad”
Recordamos al papa Francisco, mencionándonos esas palabras de discípula y madre: “se convierte en discípula y madre de su Hijo en el momento en que acoge las palabras del Ángel y dice: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Este ““hágase” no es sólo aceptación, sino también apertura confiada al futuro. ¡Este “hágase” es esperanza!” (Papa Francisco, 21 de noviembre de 2013). Por ende, se comprende que María anunció la esperanza para todos los hombres que Vivian en la incertidumbre, en la oscuridad, porque ella es la Madre de la Esperanza, como se le ha titulado en su momento por el papa Francisco.
Pienso que decir que este título, nos ayuda a comprender que en medio de tanta violencia, conflictos, guerras… María se levanta con esa voz de esperanza, donde nos invita a nunca perder nuestra esperanza, porque nuestra mirada no está puesta en las armas, ni en el poder, ni en el discurso elocuente de los jefes de estado, sino en la humildad de la sierva que dijo Sí al Señor y que confió plenamente en su gracia y poder.
Los ojos revelan lo esencial de la espiritualidad
“A través de los ojos de Jesús —niño, joven y hombre— el amor del Padre nos alcanza y nos transforma”, afirmó el papa León XIV. El Papa describió a María como mujer que “bajó la guardia”, renunciando a seguridades y expectativas, para consagrar sin reservas su vida al Hijo recibido como don y devuelto al mundo.
Desarmar las seguridades humanas y confiar en las seguridades espirituales.
En ella —dijo— se encuentran dos realidades profundamente desarmadas: la de Dios que renuncia a todo privilegio y la de la libertad humana que se entrega plenamente por amor. Por eso nosotros debemos desarmarnos de nuestras seguridades materiales, confiar en Dios, en su plan para todos nosotros y seguirlo a Él.
Es la gran esperanza se nuestra Madre de la esperanza, nos mira con ternura, con amor, sabe nuestros problemas, está atenta a levantarnos y animarnos en tiempos de crisis, cuando queremos dejar todo o renunciar a todo, ella nos dice: “hágase tu voluntad”, no la nuestra, no es con nuestros propósitos humanos y limitados, sino con la voluntad de Dios.
Pensemos un momento en tantas madres que han perdido a sus hijos por la violencia, por situaciones de distancias no solo física, sino espiritual y que llevan en su corazón las angustias y la soledad, María es fiel a las madres que como ella sufren y llevan en su corazón las angustias, pero sus ojos levantados en la esperanza de la paz y el rostro de Dios que alumbra los corazones y sana las heridas del corazón.
Por Wilson Javier Sossa López. Sacerdote eudista del Minuto de Dios
