En estos días de una lectura menos apremiada, cuando es posible permanecer algo más en una página y dejar que una idea encuentre espacio antes de ser sustituida por la siguiente, conviene volver a ‘Magnifica humanitas’. La encíclica de León XIV pide tiempo porque no se limita a examinar el avance de la inteligencia artificial ni a establecer cautelas ante el poder tecnológico. Su verdadera preocupación es anterior y más honda: qué idea de persona está tomando forma en nuestro tiempo, quién decide el valor de una vida y qué ocurre cuando comenzamos a medir la humanidad con los instrumentos de la utilidad, la eficacia, la conducta o el rendimiento.
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Leída desde la Pastoral Penitenciaria, la encíclica adquiere una resonancia concreta. Sus preguntas atraviesan los muros y alcanzan a cada hombre y a cada mujer que vive un tiempo personal dentro de un centro penitenciario. Porque la pena tiene una duración establecida, pero nadie habita del mismo modo los días de una condena. El calendario judicial cuenta años, permisos, grados y fechas de cumplimiento; la conciencia sigue otra medida. Hay quien tarda en reconocer el daño causado, quien todavía se protege de su propia historia, quien convive con una culpa que le impide imaginar el futuro y quien empieza a comprender que asumir la responsabilidad no exige aceptar la demolición de sí mismo. Hay personas pendientes de una llamada que no llega, de unos hijos que han crecido en la distancia o de una libertad que, cuanto más próxima parece, mayor incertidumbre provoca.
La prisión reúne bajo unas mismas normas biografías que nunca son iguales. La institución necesita ordenar, clasificar, valorar riesgos y establecer procedimientos. La pastoral tiene otra obligación: impedir que la categoría termine sustituyendo al ser humano. Detrás de cada expediente permanece una historia que no ha concluido, una conciencia capaz de evolucionar, unas relaciones que pueden reconstruirse y una vida que no cabe por completo en el hecho que la condujo hasta allí.
En ese punto, ‘Magnifica humanitas’ formula una afirmación de enorme alcance: la dignidad no depende de las capacidades, de la posición social ni de las decisiones acertadas o equivocadas. León XIV distingue la dignidad moral, vinculada al modo de actuar; la dignidad social, relacionada con las condiciones de vida y el reconocimiento recibido; y la dignidad existencial, que afecta a la percepción que una persona tiene de su propio valor. Todas ellas pueden quedar heridas. Existe, sin embargo, una dignidad más profunda que pertenece a cada ser humano por haber sido querido, creado y amado por Dios. Ningún pecado, fracaso, desprecio o exclusión posee poder para anularla.
Dignidad humana
Esta convicción debería modificar algo más que nuestro discurso. Obliga a revisar la forma de mirar, de hablar, de acompañar y también de organizar la acción pastoral. La dignidad no puede convertirse en una palabra solemne que repetimos mientras nuestras prácticas continúan tratando a las personas como receptoras, expedientes o problemas. Su verdad se demuestra en la relación concreta: en la escucha que no prejuzga, en el respeto a los tiempos, en la posibilidad de participar, en el reconocimiento de capacidades y en la confianza que no ignora los riesgos, pero tampoco convierte la sospecha en una condena añadida.
La sentencia determina una responsabilidad penal. No recibe autoridad para definir la totalidad de una persona.
Esa diferencia sostiene buena parte del trabajo penitenciario. Una cosa es afirmar que alguien debe responder por el daño causado y otra convertir ese daño en su identidad definitiva. La primera exigencia puede conducir al reconocimiento, a la responsabilidad y, cuando sea posible, a la reparación. La segunda clausura el futuro. Cuando una sociedad deja de decir “cometiste un delito” y comienza a pensar “eres únicamente el delito que cometiste”, la pena abandona el terreno de la justicia y se prolonga como una forma de exclusión moral.
La Pastoral Penitenciaria ocupa precisamente ese espacio difícil. No está llamada a suavizar la verdad ni a ofrecer una interpretación complaciente de las biografías. Debe ayudar a mirar lo sucedido sin que la persona quede sepultada bajo el peso de lo sucedido. Acompañar implica sostener una conversación seria con la responsabilidad, la culpa, el daño y las consecuencias. Pero implica también impedir que el pasado se convierta en propietario absoluto del porvenir.
Esperanza cristiana
La esperanza cristiana pierde profundidad cuando se reduce a una invitación genérica a pensar que todo terminará bien. Dentro de una prisión, semejante lenguaje resulta insuficiente. Hay heridas que permanecen, relaciones que no se recuperan, daños que ninguna palabra puede deshacer y oportunidades que llegan demasiado tarde. La esperanza no consiste en negar esa realidad, sino en discutirle su pretensión de ser definitiva. No promete una salida fácil; afirma que ninguna vida queda completamente explicada por lo que fue.
Por eso tiene tanta fuerza una de las intuiciones más certeras de la encíclica: para un algoritmo, el error constituye una anomalía que debe corregirse; para una persona, puede convertirse en el comienzo de una transformación. León XIV añade que el futuro humano no es calculable porque depende de la libertad, de la gracia y de las relaciones que cada uno sea capaz de cultivar.
Pocas afirmaciones podrían iluminar mejor la realidad penitenciaria. Los informes son necesarios. También las valoraciones, los diagnósticos, los programas y los pronósticos. Pero ningún instrumento puede anticipar por completo lo que hará una persona con una palabra recibida a tiempo, con una relación mantenida durante años, con una oportunidad inesperada o con el descubrimiento de que alguien continúa confiando en ella. El pasado ofrece datos imprescindibles; no dispone de todos los derechos sobre el futuro.
Respeto y acompañamiento
La Pastoral Penitenciaria debería preservar ese margen que ningún cálculo alcanza. No para actuar desde la ingenuidad, sino para defender la libertad humana de cualquier determinismo. Una persona puede reincidir, abandonar un proceso o volver a equivocarse. También puede reconocer el daño, modificar su conducta, recuperar vínculos y aprender una manera distinta de situarse ante los demás. La posibilidad de cambio no constituye una garantía; constituye una condición inseparable de la dignidad.
Esta mirada exige respetar los tiempos. En prisión se aprende pronto que las transformaciones profundas rara vez obedecen al calendario de las actividades. Hay palabras que parecen no producir efecto y reaparecen años después. Hay silencios que contienen más movimiento interior que algunos discursos. Hay avances discretos y retrocesos que obligan a recomenzar. Una pastoral obsesionada con mostrar resultados corre el riesgo de confundir lo visible con lo verdadero.
Acompañar requiere otra medida. La fidelidad importa más que la novedad permanente; la relación, más que la acumulación de actos; la continuidad, más que el impacto ocasional. En ocasiones, el trabajo pastoral consiste simplemente en que alguien conserve un vínculo cuando casi todos los demás se han roto. No es poco. Para quien ha vivido el abandono como una repetición, una presencia que permanece puede alterar la comprensión entera de su propia historia.
De Babel a Jerusalén
La encíclica propone dos imágenes para interpretar el tiempo presente: Babel y la reconstrucción de Jerusalén. Babel concentra poder, impone un lenguaje único y convierte la uniformidad en condición de pertenencia. Jerusalén renace desde otro lugar. Nehemías contempla las ruinas, escucha, convoca y confía a cada familia un tramo de muralla. La ciudad no es reconstruida por una figura providencial, sino mediante la responsabilidad compartida de quienes dejan de ser espectadores y asumen una parte de la tarea. Antes que las piedras, comienzan a repararse los vínculos.
La imagen resulta especialmente fértil para la Pastoral Penitenciaria. Dentro de los centros existen murallas que no aparecen en ningún plano: relaciones familiares quebradas, estudios abandonados, dependencias que ocuparon demasiado espacio, heridas antiguas, oportunidades que nunca llegaron, afectos dañados y responsabilidades aplazadas. También existen capacidades dormidas, deseos de reparación, inteligencia, creatividad, fe, preguntas y una voluntad de cambio que no siempre encuentra cauces para expresarse.
La pastoral puede colaborar en esa reconstrucción, pero no debería apropiarse de ella. Durante demasiado tiempo hemos organizado muchas iniciativas desde la lógica del “para”: actividades para las personas privadas de libertad, talleres para ellas, celebraciones pensadas fuera y trasladadas después al interior. Buena parte de ese trabajo ha sido y sigue siendo valioso. Sin embargo, ‘Magnifica humanitas’ obliga a avanzar hacia una corresponsabilidad más exigente.
Examen de conciencia
Las personas privadas de libertad no son solo destinatarias de la acción pastoral. Son parte de la Iglesia. Poseen una experiencia que debe ser escuchada, capacidades que pueden ponerse al servicio de otros y una lectura del Evangelio nacida en condiciones que cuestionan muchas de nuestras seguridades. Pueden evaluar los proyectos, proponer caminos, asumir responsabilidades y contribuir a construir la pastoral que comparten. Su participación no debería presentarse como una concesión generosa, sino como consecuencia de su dignidad bautismal y de su pertenencia eclesial.
Esto exige revisar métodos. Sentarse alguna vez sin una sesión cerrada. Preguntar qué necesitan, qué esperan, qué no comprenden, qué les ayuda y qué les deja indiferentes. Escuchar qué imagen de Dios recibieron, cómo interpretan el perdón, qué relación mantienen con la culpa, qué esperan de la Iglesia y qué podrían aportar a la comunidad. También aceptar respuestas incómodas. Una pastoral que sólo formula preguntas cuando conoce la respuesta termina convirtiendo la escucha en una representación.
León XIV recuerda que la Doctrina Social de la Iglesia no es únicamente una palabra dirigida hacia fuera. Es también un examen de conciencia para la propia comunidad cristiana. La encíclica vincula ese examen con la participación real, la corresponsabilidad, la transparencia y la superación de cualquier paternalismo que reduzca la libertad de las personas.
Las fragilidades
La Pastoral Penitenciaria necesita someterse a esa revisión con honestidad. No basta con contabilizar actividades, celebraciones o participantes. Conviene preguntarse qué humanidad produce nuestra forma de estar. Si generamos vínculos o llenamos calendarios. Si acompañamos procesos o repetimos programas. Si reconocemos capacidades o mantenemos a las personas en el papel permanente de beneficiarias. Si evaluamos nuestra tarea junto a quienes participan en ella. Si nuestra presencia continúa cuando desaparece la novedad, cuando no hay un acto especial o cuando el proceso se vuelve lento, contradictorio y difícil.
La prisión, además, concentra muchas fragilidades anteriores al delito. Historias de pobreza, abandono, violencia, fracaso educativo, precariedad, adicciones, enfermedad, soledad o ausencia de redes aparecen con frecuencia en trayectorias que terminaron encontrándose con el sistema penal. Reconocer esa realidad no elimina la libertad ni distribuye la responsabilidad hasta hacerla desaparecer. Comprender no equivale a justificar. Pero una sociedad que sólo pregunta qué hizo una persona y nunca examina qué ocurrió antes acepta una visión demasiado cómoda de sí misma.
¿Cuántas puertas se cerraron antes de cerrarse la celda? ¿Cuántas ausencias precedieron al delito? ¿Cuántas instituciones llegaron tarde? ¿Cuántas vidas acumularon expulsiones hasta encontrar una forma equivocada, violenta o destructiva de responder?
Estas preguntas no pretenden desplazar la responsabilidad individual hacia una culpabilidad social indeterminada. Pretenden ampliar la conciencia. Las decisiones personales tienen consecuencias, pero ninguna biografía se construye en el vacío. También las políticas públicas, la educación, el acceso al trabajo, la vivienda, la salud y la calidad de los vínculos intervienen en las posibilidades reales de una vida.
Exclusión y pobreza
Por eso, la Pastoral Penitenciaria no puede limitar su presencia al interior de los centros. Su conocimiento de la realidad le concede una responsabilidad pública. Puede contribuir al debate sobre la exclusión, la pobreza, la salud mental, las dependencias, el deterioro de los vínculos familiares y las dificultades que acompañan a la reinserción. Debe colaborar con las instituciones sin pretender sustituirlas, pero también conservar la libertad necesaria para señalar carencias, proponer respuestas y recordar que la seguridad no agota el significado de la justicia.
La caridad pierde parte de su verdad cuando sólo atiende las consecuencias y evita preguntar por las causas.
Hay otro territorio que la reflexión penitenciaria no puede bordear: las víctimas. ‘Magnifica humanitas’ reclama abandonar el análisis distante, mirar los rostros, escuchar las historias y reconocer las heridas. La encíclica insiste en que dar espacio a la voz de quienes han sufrido permite comprender la profundidad del daño y devolverles la dignidad de ser reconocidos y escuchados.
La Pastoral Penitenciaria debe asumir esa llamada sin reservas. Defender la dignidad de quien cometió un delito nunca puede construirse sobre el olvido de quien padeció sus consecuencias. El lenguaje de la misericordia se vuelve injusto cuando silencia el dolor, minimiza el daño o presenta el perdón como una obligación que las víctimas deben cumplir para cerrar cuanto antes una historia incómoda.
El perdón
El perdón no se administra. No puede exigirse, programarse ni utilizarse para tranquilizar la conciencia de los demás. Pertenece a la libertad más íntima de quien ha sufrido y posee tiempos que nadie tiene derecho a imponer. La reconciliación, cuando resulta posible, necesita verdad, reconocimiento, responsabilidad y condiciones que protejan a las personas. Sin ellas, puede convertirse en una nueva forma de violencia.
La Pastoral Penitenciaria debe aprender a sostener dos convicciones sin enfrentar una con otra: quien causó el daño conserva una dignidad que ningún delito destruye; quien lo sufrió tiene derecho a la justicia, a la memoria, a la reparación y a que su voz no quede relegada. No existen dos dignidades rivales. Existe una realidad herida que exige ser mirada por completo.
En este ámbito queda trabajo por hacer. Se necesita mayor formación en justicia restaurativa, espacios de escucha que no fuercen encuentros, procesos capaces de favorecer una responsabilidad verdadera y una mayor incorporación de la perspectiva de las víctimas en la formación de agentes y voluntarios. También hace falta evitar que el Evangelio sea utilizado como un atajo verbal sobre heridas que requieren tiempo, conocimiento y respeto.
La misericordia no reduce la verdad. La impide convertirse en una forma de destrucción.
El trabajo
Otro de los grandes ejes de ‘Magnifica humanitas’ es el trabajo. La encíclica lo entiende como algo más que una fuente de ingresos: constituye una forma de participación, desarrollo personal, relación y aportación al bien común. Desde la realidad penitenciaria, esta reflexión conduce directamente a la reinserción.
Pedir a una persona que reconstruya su vida mientras encuentra cerradas las puertas del empleo, de la vivienda y de la comunidad es trasladarle una responsabilidad sin ofrecerle las condiciones mínimas para ejercerla. La libertad jurídica puede convivir con una profunda intemperie social. Fuera reaparecen las deudas, los vínculos dañados, la dificultad de acceder a un trabajo, la sospecha y, con frecuencia, la tentación de regresar a los entornos que resultan conocidos aunque hayan sido destructivos.
La reinserción necesita algo más que voluntad. Requiere oportunidades verificables: formación, empleo, vivienda, acompañamiento, atención sanitaria, reconstrucción familiar y comunidades dispuestas a sostener los primeros pasos. La esperanza, cuando carece de condiciones materiales, puede terminar pareciéndose demasiado a una recomendación hecha desde la comodidad.
Aquí las comunidades cristianas tienen una responsabilidad que todavía no ha alcanzado todo su desarrollo. Podemos acompañar a una persona durante años dentro de prisión y perder el contacto cuando recupera la libertad. Podemos celebrar la misericordia y mantener cerrados nuestros espacios a quien necesita comenzar de nuevo. Podemos defender la reinserción mientras permanece en el terreno de los principios y sentir temor cuando adquiere un nombre, un rostro y una historia concreta.
Acogida
La pregunta merece entrar en las parroquias: ¿estamos preparados para acoger a quien sale de prisión?
No basta con responder mediante una campaña ocasional. Hacen falta comunidades de referencia, redes de acompañamiento, colaboración estable con entidades sociales, apoyo en la búsqueda de empleo y espacios donde una persona pueda integrarse sin ocultar su historia, pero también sin quedar obligada a explicarla continuamente. La salida de prisión no debería significar la interrupción del acompañamiento. En muchos casos, comienza entonces la etapa más frágil.
La Pastoral Penitenciaria puede convertirse en puente entre el dentro y el fuera. También puede ayudar a que la realidad de la prisión forme parte de la vida ordinaria de la Iglesia. No como un asunto reservado a un grupo especializado ni como una periferia visitada en determinadas fechas. Las personas privadas de libertad pertenecen a la comunidad cristiana. Su ausencia debería sentirse. Su palabra debería escucharse. Su regreso debería encontrar un lugar.
La encíclica concluye en la Encarnación. El Verbo se hace carne y habita la vulnerabilidad humana. Dios no contempla la historia desde una distancia protegida ni salva mediante una idea. Se acerca, comparte el peso de la existencia y entra en la fragilidad. León XIV afirma que no existe una condición humana indigna de Dios y presenta la cercanía como el movimiento capaz de transformar las relaciones desde dentro.
Esa afirmación ofrece a la Pastoral Penitenciaria su orientación más profunda. La Iglesia no entra en prisión para llevar a Dios a un lugar donde estaba ausente. Entra para reconocerlo. Puede encontrarlo en quien intenta reconstruir la relación con sus hijos, en quien busca una forma de perdonarse sin negar el daño, en quien todavía no consigue hablar de lo ocurrido, en quien perdió la fe, en quien comienza a descubrirla y en quien necesita ser escuchado sin que cada conversación se convierta en un interrogatorio.
La presencia cristiana nace de esa cercanía. Escuchar sin invadir. Acompañar sin apropiarse de los procesos. Proponer sin convertir la fe en imposición. Mantener la relación sin exigir resultados. Defender la dignidad sin ocultar la responsabilidad. Reconocer a las víctimas sin abandonar a quien causó el daño. Colaborar con las instituciones sin renunciar a una palabra propia.
Encíclica ‘Magnifica humanitas’. Foto: Vatican Media
Una mirada
En estos días de lectura más reposada, ‘Magnifica humanitas’ ofrece a la Pastoral Penitenciaria una oportunidad de revisión y de trabajo. Invita a situar a cada persona en el centro, respetar la singularidad de sus tiempos, fortalecer la participación, formar mejor a quienes acompañan, incorporar la mirada de las víctimas, construir redes para la reinserción y comprometer a las comunidades cristianas más allá de los muros.
Pero su interpelación más radical comienza antes de cualquier proyecto: en la mirada.
Existe una mirada que solo encuentra delitos, expedientes, riesgos y reincidencias. Esos elementos forman parte de la realidad y no deben ocultarse. El problema aparece cuando ocupan toda la realidad y dejan fuera cuanto no puede medirse: la conciencia, la libertad, la posibilidad de reparación, la capacidad de aprender y el futuro todavía abierto.
La mirada cristiana no necesita negar el mal para defender a la persona. Conoce el daño, exige responsabilidad y escucha a quienes han sufrido. Precisamente por eso se resiste a convertir el delito en una identidad eterna. Sabe que la verdad sobre una vida no termina en la peor decisión que esa vida haya tomado.
La dignidad no comienza cuando se recupera la libertad. No depende de una buena conducta. No queda suspendida durante el cumplimiento de una pena. Tampoco es una recompensa que la sociedad concede a quienes considera recuperados.
Y mientras permanezcan la libertad, la gracia, la relación y una comunidad dispuesta a compartir la reconstrucción, nadie podrá ser encerrado por completo dentro de su pasado.
Porque nadie cabe entero en su condena.
