Este es el título de uno de los libros más conocidos del claretiano Luis Alberto Gonzalo Díez, cuyo fallecimiento llegó por sorpresa en la tarde del pasado 2 de enero. Tenía 61 años. El amanecer eterno en la casa del Padre se le presentó inesperadamente a este misionero y acompañante de la vida consagrada en España y América Latina. En la memoria de cuantos le conocieron quedan su amabilidad y sonrisa afable, su palabra valiente e inspirada, su asesoría prudente y su pensamiento abierto y propositivo.
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Gonzalo Díez era bien conocido por los lectores de ‘Vida Nueva’. Por un tiempo fue un colaborador asiduo en la revista con una página semanal que tenía por objeto tomar el pulso, eclesialmente hablando, al día a día de la vida consagrada.
Había nacido en Corniero (León) en septiembre de 1964. Unos días antes de cumplir la mayoría de edad, ingresó en la congregación claretiana, ordenándose sacerdote en 1990. Se formó en la Universidad Pontificia de Salamanca, por la que consiguió el título de Doctor en Teología de la Vida Religiosa. Entre 2008 y 2023 se le confío la dirección de la revista ‘Vida Religiosa’. Asumió dicha tarea en un momento complejo y apasionante; durante 15 años supo enriquecer cada página con la frescura de quien busca ideas en el taller de la escucha, siempre atento a los brotes de vida que se intuyen en el contacto directo con la realidad.
Tenía el convencimiento de que cada dificultad vivida por los consagrados escondía una oportunidad: una posibilidad de transformación y una puerta hacia un porvenir diferente. Quienes leyeron sus artículos y asistieron a sus clases coinciden en reconocer su gran pasión por la vida consagrada, así como su deseo de renovarla desde dentro, intensificando la amistad, la fraternidad, la labor conjunta y la misión compartida; tomando siempre en serio el diálogo con la realidad actual.
Acompañar a los consagrados
Su trayectoria personal se forjó al hilo de una rica experiencia humana y pastoral, en la que destacaron su capacidad de trabajo y su conciencia de la responsabilidad. Su recorrido vital se asemeja al de muchos consagrados de las últimas décadas. Inmediatamente después de la ordenación, puso toda su energía evangelizadora al servicio de niños y jóvenes en parroquias y colegios.
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