Tribuna

Los ingredientes para vivir plenamente

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Existen muchas búsquedas del ser humano, cuando buscamos en la espiritualidad la respuesta, está contenida en el mismo evangelio de san Juan: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). Es un pilar que ofrece consuelo, propósito y salvación, posicionando a Jesús no solo como guía, sino como el destino mismo.



Creo que el problema no es tanto buscar la felicidad y la paz, sino como nosotros vemos la misma vida, porque la vida no se agota o está terminada en sí misma, es dinámica, es fuente de felicidad y de paz. Todos los días nacemos, todos los días aprendemos algo nuevo, no estamos realizados, porque tenemos un profundo deseo de seguir avanzando en la vida. Jesús es vida y es el autor de la vida. (Hech 3, 15).

¿Qué buscamos en la vida?

Claro, el único camino es Jesús, no tenemos otro, si la felicidad se agotara en esta tierra, seríamos los más infelices, si la felicidad dependiera de las cosas materiales o de las personas o de un trabajo y un sueldo exitoso, seríamos los más desdichados. Al igual que la paz, si dependiera de los acuerdos humanos, de los acuerdos políticos e incluso de las instituciones, no sería la verdadera paz. La paz verdadera está en Jesús resucitado: “Jesús envió o impartió el Espíritu Santo a sus discípulos la misma noche de su resurrección. Se presentó ante ellos, les dio la paz, los envió a misionar y “sopló sobre ellos” diciendo: “Recibid el Espíritu Santo””(Jn 20, 21-23). Lo que simboliza la nueva creación y la vida de la Iglesia.

Recordemos que esta paz de Jesús, no es un saludo porque los extrañara o porque se estén saludando, tampoco es un piadoso deseo o incluso un auguro de paz. “Consiste en un acto de entrega por un don” (Fidel Oñoro). Eso es lo más importante, descubrir el don del Espíritu Santo en la comunidad de discípulos reunidos, como testigos del resucitado. Jesús es la victoria, es el triunfo sobre todo mal, es el saludo de una paz que perdura. Esto es, una vida verdadera, plena, prospera y digna, en la persona de Jesús, que se profundiza en la vida de Jesús que nos da la confianza que hemos vencido el mundo, porque Jesús venció el mundo con su resurrección, ese es verdadero sentido de la paz como lo comprenden los israelitas, el shalom hebreo como don de Dios.

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Tenemos ciudades individualistas

En un artículo sobre lo frágil de la felicidad, nos dice Edgar Morin: “Yo viví en mi juventud una época en que los vecinos no sólo hablaban entre ellos, sino que se ayudaban. Charlabas con el dependiente de la tienda… Hoy asistimos a la destrucción de la convivencia. Algo queda, con los amigos, con la familia…las obligaciones cronometradas son cada vez más estrictas en el trabajo. Todo esto conduce a una degradación de la civilización” (Edgar Morin). ¿Será que nos hace falta ser más solidarios? ¿Por qué estamos tan concentrados en las obligaciones y no en los seres humanos? ¿Por qué no somos felices y dependemos de los demás para ser felices?

Desarmarnos de la “violencia” para alcanzar la paz

En estos días el papa León XIV, ha proclamado la manera de construir la paz, primero desarmarnos de la violencia, recordemos la clásica definición de San Agustín, nos dice la Paz es la tranquilidad en el orden (San Agustín, Ciudad de Dios, XIX, 13: CC 48, 679). Basándose en ellas, a tomás dice que en el hombre existen tres tipos de orden: Consigo mismo, con Dios y con el prójimo. Y existen, en consecuencia, tres formas de paz: la Paz interior. Con la que el hombre está en paz consigo mismo. La Paz por la que el hombre lo está con Dios. Sometiéndose plenamente a sus disposiciones. Y La Paz relativa al prójimo por la que se vive en paz con todos.

En este artículo se ha podido evidenciar entonces que el Espíritu Santo fue el gran protagonista de la vida de Jesús, quien estuvo en la vida y obra del Señor Jesucristo para guiarlo y para escuchar en su corazón el propósito o el plan de Dios. Jesús dependió totalmente del Espíritu en su nacimiento, crecimiento, tentación y pruebas, ministerio público, pasión, muerte, resurrección y glorificación. Y ahora en la Iglesia, la guía para llevarnos por el camino de  la felicidad y de la paz verdadera.

Pensemos un momento en nuestra vida, en nuestras búsquedas profundas, la felicidad y la paz, son ¿Cuánto más necesitamos del Espíritu Santo para ser felices y plenos nosotros hoy? ¿Somos constructores e instrumentos de paz? ¿Nuestras palabras son de paz o son armas que utilizamos para matar la vida y honra de los hermanos? ¿Qué debemos hacer para desarmarnos de la violencia y ser constructores de paz?


Por Wilson Javier Sossa López. Sacerdote eudista del Minuto de Dios