Tribuna

Lo que no me gusta de las religiones

Compartir

Crecí en una familia creyente, y sigo siéndolo, a pesar de todo. La fe no ha sido para mí un punto de llegada, sino un camino: uno que, con los años, me ha llevado a descubrir al verdadero Dios. Un Dios invisible a los ojos, pero profundamente tangible en el corazón humano.



  • Con el paso del tiempo, fui comprendiendo —no sin asombro— cómo el cristianismo, entre otras religiones, se ha ido alejando del mensaje original de Jesús de Nazaret. Como una cebolla, ha acumulado capas sucesivas que terminan por ocultar lo esencial. En ese proceso, las normas y los ritos han adquirido un peso desmedido, a veces incluso en abierta contradicción con aquello que el propio Jesús enseñó.
  • Guardo un recuerdo nítido de mis años de bachillerato. Nuestro profesor de religión, Raúl Echeverri, un joven hermano marista, nos dijo una frase que, con el tiempo, cobraría un profundo significado en mi vida:
    “Las religiones están hechas por los hombres… y si están hechas por los hombres, tienen un mundo de errores”.
    Hoy, desde la madurez, no solo comprendo sus palabras, sino que las comparto plenamente.
  • A lo largo de mi vida he identificado múltiples ejemplos que, a mi juicio, evidencian esas distorsiones entre el mensaje evangélico y su interpretación institucional. El primero es el bautismo. En tiempos de Jesús, los niños eran llevados al templo para ser presentados a Dios y recibir la bendición del sacerdote. Sin embargo, el bautismo constituía una decisión personal, tomada en la adultez, cuando el individuo tenía la libertad de aceptarlo o rechazarlo. Hoy, en cambio, se ha convertido en un acto impuesto desde la infancia, desprovisto de esa dimensión consciente y libre.
  • Otro caso es el de la Eucaristía. Durante años me enseñaron que la comunión era un premio reservado a quienes, tras confesarse, se encontraban en estado de pureza. Con el tiempo, llegué a entenderla de otra manera: como un don, un alimento espiritual que fortalece al creyente en su fragilidad, del mismo modo que el alimento corporal sostiene el cuerpo. Esta convicción nace del propio Evangelio. En la última cena, Jesús no excluyó a Judas, aun sabiendo que lo traicionaría. Le ofreció el pan y el vino (la Eucaristía) como a los demás. Si la comunión fuera un premio, Judas no habría sido invitado sino excluido.
  • También me he preguntado, en más de una ocasión, por el origen del sacramento de la confesión. Al consultar a ciertos teólogos, suelen remitirse al pasaje en que Jesús entrega a Pedro las llaves del Reino: “Todo lo que atéis en la Tierra quedará atado en el cielo” (Mateo 16, 19). Sin embargo, esa afirmación admite otras interpretaciones: puede entenderse como una llamada a la responsabilidad moral de todos los creyentes. Resulta, cuando menos, forzado sostener que de allí surge la confesión como práctica sacramental. En contraste, Jesús es claro al señalar el camino del perdón: “Si tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ante el altar y ve primero a reconciliarte con él” (Mateo 5, 23-24). Para mí, la verdadera confesión ocurre en ese acto sincero de reconciliación con el otro, y solo después con Dios.
  • No puedo ocultar la tristeza —y, en ocasiones, la indignación— que me produce observar cómo muchos cristianos otorgan mayor relevancia a los santos o a la Virgen María que al propio Jesús. Esta desviación, lejos de ser casual, parece alimentarse desde las estructuras mismas de la Iglesia, a través de prácticas como la veneración de imágenes, las procesiones o la proliferación de objetos devocionales. En no pocos casos, además, estas expresiones están ligadas a intereses económicos. Soy mariano y reconozco y admiro la misión de la Virgen en el plan de la Salvación. Su papel de intercesora -de gran intercesora- no puede confundirse con el del Salvador, y, por tanto, no pude estar por encima de Cristo, el Dios hecho hombre. Recuerdo, por ejemplo, las veces que he visto a cientos de feligreses, que van a la ermita de Santa Rita, cuando se está celebrando la Eucaristía. Ellos entran como Pedro por su casa, directamente a tocar la imagen de la santa, sin importarles que en ese momento se está celebrando la consagración.
  • Jesús —no lo olvidemos— fue esencialmente un hombre ‘anti-rito’. Desafió abiertamente las normas de su tiempo: permitió a sus discípulos comer en sábado y realizó curaciones en ese día, contraviniendo las prescripciones religiosas. En ese gesto se encierra una de sus enseñanzas más profundas: “El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Marcos 2, 27). Sin embargo, con frecuencia, esta idea ha sido relegada en favor de una religiosidad rígida y normativa.
  • A lo largo de la historia, los seres humanos han atribuido a Dios innumerables mandatos que, en realidad, parecen responder más a construcciones culturales que a una verdadera inspiración divina. Algunas creencias prohíben las transfusiones de sangre; otras, el consumo de ciertos alimentos o bebidas, incluso cuando el propio Jesús participó del vino en momentos significativos. En contextos más extremos, se imponen normas sobre el cuerpo y la vestimenta, especialmente a las mujeres. Y, como si todo esto no bastara, la historia —tanto pasada como presente— está marcada por guerras, persecuciones y atrocidades cometidas en nombre de Dios. Resulta difícil concebir una contradicción más profunda.
  • Frente a todo esto, he buscado un lugar de sentido, un refugio espiritual que no dependa de estructuras ni de interpretaciones humanas. Lo he encontrado en una sencilla pero poderosa descripción de Jesús, recogida en los Hechos de los Apóstoles. Allí, Pedro lo define como aquel que, “ungido por el Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal” (Hechos 10, 38). En esa imagen encuentro la esencia de mi fe: un Dios de amor y de paz, que no impone cargas innecesarias, sino que invita a vivir en el bien, no solo evitando hacer el mal —como muchos creen—, sino comprometidos en hacer el bien siempre que podamos. Esa es, finalmente, mi verdadera religión.
  • Me pregunto con preocupación —como miles de católicos— por qué nuestras iglesias están cada vez más vacías, mientras que las de los hermanos separados, e incluso los espacios de las sectas, crecen día a día. No hace falta ser expertos en eclesiología para intuir que algo grave está ocurriendo dentro de nuestra Iglesia.
  • Las razones pueden ser muchas. Quizá influya la frialdad humana de nuestras celebraciones; la incoherencia entre lo que se predica y lo que se vive; la falta de sacerdotes, que convierte las misas en actos apresurados, centrados únicamente en el cumplimiento del rito. También pesa el clericalismo vigente, que desconoce o minimiza el papel de los seglares; el interés de algunos pastores por el dinero y el poder; o la ausencia de estrategias que acerquen a los jóvenes, hoy prácticamente desaparecidos de nuestros templos.
  • A esto se suman los escándalos de corrupción que han involucrado a sacerdotes y religiosos, así como la forma en que, incomprensiblemente, muchos de estos casos han sido ocultados por la jerarquía. Todo ello ha ido erosionando la confianza de los fieles. Además, el factor “cantidad” parece haber prevalecido sobre el de “calidad”. Se sigue promoviendo, en muchos casos, una religiosidad de carácter puramente social, descuidando lo espiritual. Ahí están las primeras comuniones —que con frecuencia terminan siendo las últimas—, las bodas y hasta los entierros, convertidos en ritos mayoritariamente sociales.
  • Una vez escuché a un sacerdote amigo decir que “los seminarios se asemejan a las fábricas de pan: cuando la fábrica es deficiente y carece de buenos ingredientes, el resultado solo puede ser uno de dos: o el pan sale indigesto y nadie lo desea, o la fábrica acaba por cerrar sus puertas”. La metáfora no podría ser más elocuente para describir la realidad actual de los seminarios: por un lado, las vocaciones se han ido desvaneciendo hasta rozar la extinción; por otro, la formación de quienes permanecen parece diluirse en una preocupante mediocridad.
  • A lo largo de mi vida he tenido el privilegio de conocer a sacerdotes verdaderamente santos: el tío Simón Peña, Luis María Fernández ‘Pafer’, Diego Uribe y Salvatore Mura, todos, curiosamente, pertenecientes a lo que podría llamarse “la vieja guardia”. Estoy convencido de que existen cuatro motivaciones principales que llevan a un joven a ingresar al seminario. La primera —y la más noble— es la vocación genuina de servir a los demás, como la que abunda en tantos sacerdotes, misioneros y religiosos. La segunda responde a quienes cargan con complejos o dificultades psicológicas y ven en el seminario un refugio. La tercera corresponde a aquellos que, por limitaciones económicas, encuentran allí una oportunidad de formación y educación.

misa con sacerdote en iglesia vacía por coronavirus

Renovación tras el proceso sinodal

Y, por último —aunque por desgracia no en menor número— están quienes ven en el sacerdocio una vía para dar rienda suelta a sus perversiones, especialmente en lo relacionado con la pedofilia y la pederastia.

El resultado de esta mezcla no puede ser más desalentador, y bien podría resumirse en una frase del Evangelio: “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos” (Mateo 22, 14).

  • Como seglar católico, me defino como un “escéptico con esperanza”. Escéptico, porque no percibo en nuestra Iglesia una preocupación proporcional a la crisis que atraviesa; por el contrario, resulta evidente un proceso involutivo que ha ido ‘in crescendo’ desde el Concilio Vaticano II. Aun así, conservo la esperanza de que el legado de Francisco comience a dar frutos de renovación a través del proceso sinodal, cuyo horizonte se sitúa en 2028.