Recientes críticas a la ciencia climática, tanto por parte de algunos divulgadores con poco rigor científico, a menudo en plataformas como YouTube bajo la bandera de la libertad, como en publicaciones con barniz académico, como el artículo ‘Detection, attribution, and modeling of climate change: Key open issues. Gondwana Research’, de N. Scafetta (2025), parecen responder a sesgos ideológicos que persisten en negar la evidencia y permean la sociedad y la política, con consecuencias nefastas.
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Dichas críticas sostienen que las incertidumbres inherentes a la modelización de la variabilidad natural y a la multiescala invalidan la comprensión actual del cambio climático de origen humano. Sin embargo, esta interpretación, intencional o no, comete el error de confundir la baja predictibilidad de los modelos climáticos a escala regional con un fallo de los principios físicos fundamentales que rigen el sistema climático a escala planetaria. Las discrepancias regionales en los modelos climáticos no socavan ni por ventura la base física del calentamiento antropogénico.
Enfoque estándar
El éxito del denominado enfoque estándar de la ciencia climática se basa en leyes físicas fundamentales (termodinámica, radiación de cuerpo negro y mecánica de fluidos) aplicadas a la atmósfera y el océano. Este paradigma ha permitido, desde la década de 1970, realizar predicciones fuera de la muestra que hoy se observan como realidades, incluyendo la tendencia de calentamiento superficial global, el enfriamiento estratosférico, la amplificación térmica del Ártico y el mayor calentamiento de las masas terrestres frente a las oceánicas.
Estas señales se derivan del equilibrio radiativo-convectivo y son consistentes con el aumento del forzamiento por CO2 (dióxido de carbono) emitido por la combustión de materia fósil, independientemente de la complejidad de los modelos empleados de circulación general de la atmósfera.
A esta robustez se suma la evidencia directa del espacio. Las observaciones satelitales confirman que el balance de radiación en el tope de la atmósfera (la energía solar que entra y la terrestre que sale) está cambiando de forma consistente con un exceso de energía a favor del sistema climático e incluso, en algunos casos, con una magnitud mayor que la proyectada por los modelos. Si el calentamiento fuera un simple ciclo natural, los satélites no registrarían este desequilibrio energético neto que coincide con la firma espectroscópica de los gases de efecto invernadero.
Evidencia en las profundidades
Este desequilibrio, medido desde el espacio, tiene su contraparte en las profundidades: el océano actúa como el verdadero calorímetro del sistema. El éxito del enfoque estándar para predecir el contraste térmico entre la tierra y el océano es solo la punta del iceberg. Se estima que los océanos han acumulado más del 90% del exceso de energía del sistema climático. Si el calentamiento fuera producto de la variabilidad natural, como cambios en la irradiancia solar o ciclos internos del sistema climático, ¿cómo explicaríamos la inyección masiva y constante de energía en las capas oceánicas sin un forzamiento radiactivo adicional?
La atribución de estos cambios al CO2 es sólida y estas señales se predijeron antes de ser observadas. Sin el forzamiento de origen humano, el balance energético global violaría leyes básicas de la termodinámica: el calor no puede aparecer ni acumularse espontáneamente en el océano sin una fuente de energía que lo explique.
Las anomalías de predictibilidad que se acumulan en la actualidad, a menudo señaladas como una crisis por estudios de referencia, como el artículo ‘The other climate crisis’, publicado en Nature por de T.A. Shaw y B. Stevens (2025), se manifiestan principalmente a escala regional (con un rango que oscila entre 10 km y 1.000 km). Esta problemática persiste desde hace décadas y es bien conocida por los expertos en clima.
Determinismo a gran escala
Surge de las limitaciones de asumir el determinismo a gran escala, en el que los procesos de pequeña escala (como la convección y las nubes) pueden parametrizarse como funciones simples de las escalas mayores. El hecho de que señales regionales (como la circulación de Walker o la corriente en chorro del Atlántico Norte) presenten discrepancias con las proyecciones indica un problema de acoplamiento entre escalas y componentes, no una refutación del vector térmico global.
Es fundamental reconocer que la predictibilidad climática a escala planetaria está determinada por las condiciones de contorno (por ejemplo, la concentración de CO2), mientras que, a escala regional, a menudo se encuentra en un abismo aleatorio (caos determinístico), donde la variabilidad interna y el ruido dificultan la precisión actual. No obstante, la incertidumbre no debe confundirse con la ignorancia. La necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero es una conclusión sólida, respaldada por una convergencia de evidencia empírica que abarca décadas de predicciones exitosas y de atribución física directa.
Las deficiencias en la representación multiescala regional constituyen, ciertamente, una frontera para la maduración de la disciplina, pero no comprometen el núcleo físico del cambio climático de origen humano. Minimizar la influencia humana basándose en los sesgos de los modelos regionales constituye un error epistemológico que ignora la jerarquía de la evidencia acumulada en la ciencia climática estándar. Es como si el médico me dijera: “Como el termómetro falla, usted no tiene fiebre”, y me mandase a casa sin más.
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Eduardo Agosta Scarel, O Carm, es director del Departamento de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal Española (CEE) y experto en variabilidad climática.
