Tribuna

La Cuaresma pasa por el Prado y termina en la calle

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Hoy te invito a adentrarte en el Museo del Prado de un modo diferente. Hoy te ofrezco un camino diferente, una mirada diferente. No entras solo a ver arte. Entras a dejarte mirar. Porque hay obras que no están pintadas para adornar la fe, sino para desenmascararla. Y, en Cuaresma, lo que se desenmascara siempre es lo mismo, si nos dejamos. La distancia entre lo que decimos creer y lo que hacemos cuando el pobre aparece, no como idea, sino como persona.



Jesús no romantiza la penitencia ni la convierte en teatro. “Cuando ayunéis, no pongáis cara triste” (Mt 6, 16). La Cuaresma no es tristeza programada, es preparación. Es limpiar el corazón de excusas para que la Pascua no sea una fecha, sino un giro de vida. Y cuando Jesús quiere poner un criterio definitivo, no habla de sensaciones religiosas, habla de pan, agua, techo, visita. “Tuve hambre y me disteis de comer… fui forastero y me hospedasteis” (Mt 25, 35). Y lo clava con una frase que no admite escapatorias elegantes. “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40).

Con esa brújula, te propongo cuatro paradas ante cuatro obras expuestas en el Prado. No para salir “impresionado”, sino comprometido. No para acumular cultura, sino para recuperar Evangelio.

‘Tríptico de la Redención’ y el juicio que empieza en el hambre

Es un tríptico flamenco del siglo XV, atribuido al Maestro de la Redención del Prado, fechado hacia 1450, pintado al óleo sobre tabla. El formato de tríptico no es un mero capricho litúrgico. Es una estructura mental. Te obliga a mirar en secuencia, a relacionar escenas, a no quedarte con un detalle bonito. Te empuja a leer la fe como un relato con consecuencias, no como una emoción suelta.

Hay un rasgo simbólico decisivo en este tipo de pintura devocional. El marco y la arquitectura pintada funcionan como un umbral. Como si te dijeran que estás delante de una puerta y que no todo da igual. La cruz, el juicio, las escenas laterales, todo parece gritar una idea. No hay salvación “abstracta”. Hay vida concreta. Hay un tribunal que no se compra con palabras.

Ahí Mateo 25 cae como una sentencia con nombres propios. “Tuve hambre y me disteis de comer” (Mt 25, 35). Observa la crudeza del Evangelio. No pregunta si te emocionaste en el templo. Pregunta qué hiciste con el hambre. Y lo más inquietante es la ceguera tranquila de los que fallan sin darse cuenta. “¿Cuándo te vimos…?” (Mt 25, 37-39). Esa frase es un espejo de nuestra época. La gran tentación no es odiar al pobre. Es acostumbrarse a él.

Museo de El Prado

La caridad, aquí, deja de ser un adorno moral. Se vuelve el lugar donde Cristo se juega el reconocimiento. “Conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). No “por mí”, no “en mi nombre”, sino “conmigo”. Si esto es verdad, la Cuaresma no puede consistir en pequeñas mejoras personales sin consecuencias sociales. Si el pobre no entra en tu agenda, tu Cuaresma se queda en estética.

Y hay un eco evangélico que vuelve con dureza cuando miras un Juicio Final. El rico y Lázaro. Un hombre banquetea y un mendigo queda en el portal, deseando migajas (Lc 16, 19-21). La escena no describe monstruosidad, describe normalidad. La normalidad de una vida cómoda sostenida sobre una ceguera estable. Eso es lo que el tríptico te impide hacer. Te fuerza a elegir si vas a seguir banqueteando con el pobre en la puerta.

No hay, por tanto, salida neutral. Este primer cuadro te hace una pregunta sin diplomacia. A quién no estoy viendo. En qué momento convertí el sufrimiento ajeno en paisaje. Y si hoy, en Cuaresma, voy a seguir diciendo “Señor, Señor” con los labios mientras dejo a Cristo fuera con su hambre (Mt 7, 21).

‘San Diego recibe limosna’ y la mano extendida que rompe el guion

Esta obra forma parte del ciclo de la Capilla Herrera, en Roma. Está realizada por Annibale Carracci con colaboración de Francesco Albani, fechada 1604-1605, y procede de un fresco trasladado a lienzo. Ese dato técnico no es frío. Dice mucho. Una imagen nacida para una pared de capilla, para un espacio de oración pública, termina en un museo, sí, pero sigue cumpliendo su función original. No deja que la fe se vuelva privada.

Carracci y su entorno pintan cuerpos reales, gestos reconocibles, una escena donde la caridad no es una idea vaporosa, sino una acción concreta. El detalle simbólico aquí no necesita artificio. La limosna es gesto y es mirada. El cuadro te coloca en el punto incómodo del testigo responsable. No te deja refugiarte en el comentario cultural, porque lo que está en juego es la respuesta.

Isaías 58 se vuelve inevitable. “Este es el ayuno que yo quiero… partir tu pan con el hambriento… hospedar a los pobres sin techo” (Is 58, 6-7). Si el ayuno no desemboca en justicia, se convierte en coartada. Si tu Cuaresma no te vuelve más disponible para el pobre, quizá te vuelve más orgulloso, que es lo contrario de convertirse.

Y el Evangelio aprieta todavía más. El buen samaritano no siente pena desde lejos, se acerca, se mancha, se detiene, paga, vuelve (Lc 10, 33-35). Eso es caridad cristiana. No un impulso emocional, sino una decisión que acepta perder tiempo. El pobre, en la parábola, no es una metáfora. Es una interrupción. Y ahí se define quién es prójimo.

Jesús lo resume con una frase que debería sonar como un disparo contra la comodidad religiosa. “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9, 13). No dice “no sacrificios”, dice “no sacrificios sin misericordia”. No quiere un corazón que se aprieta a sí mismo y se desentiende del otro. Quiere un corazón que se ablanda en lo concreto.

Y todavía más. “Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos” (Lc 14, 13). No es filantropía, es subversión del cálculo. Es dinamitar la caridad que solo da cuando hay retorno. El Evangelio no negocia con la reciprocidad. Pide gratuidad, y la gratuidad siempre escuece porque te quita el control.

Esta obra te pregunta algo que no se responde con frases bonitas. Qué haces cuando la pobreza estropea tu plan. Qué haces cuando la necesidad no es elegante. Si tu caridad depende de que no te incomoden, no es caridad. Es distancia con buena conciencia.

‘La refacción milagrosa’ y el pan que acusa o salva

También de 1604-1605, también Carracci con Albani, también un fresco trasladado a lienzo del mismo ciclo. El tema puede parecer “milagroso”, pero en realidad es profundamente doméstico. La refacción es comida. Es mesa. Es hambre atendida. Y eso, en la Biblia, nunca es neutro. La mesa revela el Reino o delata la injusticia.

El detalle simbólico aquí es el pan como signo de prioridad. No como sobras. No como gesto mínimo. Como centro. En un tiempo en el que podemos hablar mucho de pobreza y, sin embargo, no tocar a nadie, esta pintura vuelve a lo básico. Hay gente que necesita comer. Y la santidad, aquí, no se mide por palabras elevadas, sino por pan compartido.

El Evangelio tiene un pulso muy parecido. Jesús “se compadeció” de la multitud, y esa compasión se tradujo en alimento real (Mc 6, 34-44). Antes de explicar teorías, da de comer. Y cuando los discípulos proponen una solución elegante, despedir a la gente, Jesús les devuelve una orden que debería atravesar cualquier Cuaresma. “Dadles vosotros de comer” (Mc 6, 37). Ahí se acaba la espiritualidad de espectador.

En Juan, el discurso del pan no es un juego místico para almas finas. Nace del hambre y del alimento. Jesús se presenta como “pan de vida” (Jn 6, 35), pero ese “pan” no puede usarse para excusar el hambre material. Al contrario. Si dices “creo” y tu mesa sigue blindada, tu fe está incompleta. La Eucaristía, si no se convierte en caridad, se vuelve un rito que no atraviesa la vida.

Por eso el desierto no se entiende si lo reducimos a “aguantar”. Jesús responde a la tentación con una frase fuerte. “No solo de pan vive el hombre” (Mt 4, 4). No es desprecio del pan. Es denuncia del pan convertido en ídolo y del yo convertido en dueño. Y esa denuncia, en Cuaresma, te obliga a mirar tu propia economía con crudeza. Qué pan guardo. Qué pan se desperdicia. Qué pan no llega.

Luego vuelve Lucas con una imagen que duele porque sigue vigente. Lázaro deseaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico (Lc 16, 21). Ese texto no acusa al rico de violencia, lo acusa de indiferencia. La violencia más común contra el pobre es hacer vida normal como si no existiera.

Esta obra te exige una decisión muy concreta. Tu Cuaresma va a producir pan real en la vida de alguien, o solo va a producir una satisfacción íntima por haber cumplido un sacrificio que no salvó a nadie. El Evangelio no premia la austeridad que no comparte. La caridad no es lo que te sobra. Es lo que te reorganiza.

‘El Lavatorio’ y la fe que se escribe a ras de suelo

Jacopo Tintoretto pinta ‘El Lavatorio’ hacia 1548-1549. Estamos en Venecia, en un momento donde la pintura se vuelve escena, tensión, movimiento, teatro moral. Tintoretto no “narra” de manera plana. Te mete en un espacio que obliga a mirar con el cuerpo. No puedes quedarte en la idea. Tienes que colocarte, seguir diagonales, aceptar que la verdad del cuadro no se ve desde cualquier sitio.

Hay un detalle simbólico que atraviesa la composición como una línea de sentido. La mesa y el mantel, el agua, la postura de Cristo. Todo une la Cena con el servicio. Como si te dijera lo que muchos preferimos separar. No hay culto verdadero sin caridad. No hay mesa sagrada si no hay rodillas dobladas ante el hermano. No hay Pascua sin lavatorio.

Juan lo cuenta sin sentimentalismo. “Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 14). Y lo convierte en mandato práctico. “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13, 15). El cristianismo aquí deja de ser teoría. Se vuelve método. El método de Dios es bajar.

Y ese bajar tiene un destinatario claro. Los que nadie quiere tocar. Los que estorban. Los que no pueden devolver el favor. Por eso Jesús define la grandeza con un giro brutal para cualquier lógica de poder. “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor” (Mt 20, 26). La caridad cristiana no es un gesto amable. Es un estilo de vida que desautoriza el ego.

La Cuaresma, entonces, se vuelve incómoda de verdad. Porque servir implica perder el control. Implica ensuciarse. Implica constancia. Y el Evangelio, cuando habla de amor, no habla de emociones, habla de obras. “En esto conocerán todos que sois discípulos míos, si os amáis unos a otros” (Jn 13, 35). No es mercadotecnia religiosa. Es prueba.

Y cuando el servicio se vuelve serio, llega la frase que nadie quiere escuchar porque elimina los aplazamientos. “Tuve hambre… tuve sed… fui forastero… fui preso…” (cf. Mt 25, 35). No son categorías. Son personas. El lavatorio te pregunta si tu fe se ha quedado en palabras o si ya tiene manos.

Esta obra no te deja salir del Prado en paz. Te persigue con una pregunta precisa. A quién estás lavando los pies en lo concreto. A quién estás cuidando con tiempo y presencia. A quién has dejado de lado porque no te compensa. Si no hay nadie, la Cuaresma se te ha quedado en costumbre.

Sal del Prado y decide a quién vas a amar de verdad

Ahora la pregunta no es qué te ha parecido el recorrido. La pregunta es qué va a cambiar. Porque la Cuaresma no se mide por lo que dejas, sino por a quién levantas. No se mide por la cara, sino por las manos. No se mide por lo que publicas, sino por la puerta que abres.

No te pido una emoción, te pido una decisión. Pon un nombre donde antes había un concepto. Elige una pobreza concreta que vas a acompañar, no solo a “tener presente”. Dale un hueco estable en tu agenda a alguien que hoy no cuenta para nadie. Reordena tu mesa, tu tiempo y tu dinero de modo que alguien coma, alguien sea visitado, alguien deje de estar solo. Eso es Cuaresma evangélica.

Vuelve cada mañana a la brújula que Jesús puso en medio. “Conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Y si hoy te cuesta, mejor. La caridad verdadera siempre cuesta un poco, porque te saca del centro. Pero también libera, porque te devuelve a Cristo donde Él ha querido estar. En los pequeños. En los que no brillan. En los que nadie aplaude.

Si esta Cuaresma te encuentra más humano, más disponible y menos indiferente, entonces la Pascua no será un rito. Será un nacimiento. Y ese nacimiento empieza cuando dejas de pasar de largo. Hoy. No mañana. Hoy.