Tribuna

La innovadora gracia

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“El pecado es recurrente y repetitivo, mientras que la gracia es innovadora”. Con esta sencilla frase sorprendí hace poco a un amigo sacerdote, en el contexto de una confesión personal. Le pareció especialmente hermosa y me confesó que nunca la había escuchado. Me animó entonces a escribir una reflexión sobre ella. La verdad es que no recuerdo dónde la escuché por primera vez (¿inspirada en Bernanos, tal vez?). Pero sí creo comprender algo de su significado.



Nuestra vida, cuando se desarrolla al margen del influjo transformador del Espíritu, corre el riesgo de convertirse en una eterna repetición de lo mismo. No exactamente en el sentido del eterno retorno nietzscheano, sino en esa experiencia tan humana de volver una y otra vez sobre nuestros propios errores, debilidades y contradicciones. Repetimos comportamientos, reincidimos en nuestras faltas y tropezamos con las mismas piedras. En ocasiones, parece que nuestra existencia estuviera sometida a una especie de ‘fatum’, un destino del que difícilmente podemos escapar.

Frente a esta experiencia, la gracia introduce una novedad radical. Es creativa, sorprendente y transformadora. Nos permite trascender nuestras inercias, descubrir caminos que antes parecían cerrados y crecer más allá de nuestras propias fuerzas. Allí donde el pecado nos devuelve constantemente al punto de partida, la gracia nos abre horizontes insospechados, nos hace subir de nivel.

En el fondo, esta sencilla afirmación contiene buena parte de la teología cristiana de la gracia. Desde san Agustín hasta las grandes controversias de la Escolástica, pasando por los debates suscitados tras la Reforma y la célebre controversia ‘De auxiliis’, los teólogos han tratado de esclarecer el misterio de la relación entre la libertad humana y la acción divina. Pero, más allá de las distintas escuelas y formulaciones, permanece una convicción fundamental: la vida cristiana no es una empresa de autosuperación individual, sino una existencia humana sostenida y transformada por Dios, divinizada, “cristificada” en Él, con nuestra colaboración.

La renovación de la Iglesia

Tal vez esta intuición pueda iluminar también algunos de los grandes problemas de nuestra cultura occidental y, de paso, la necesidad de renovación de nuestra propia Iglesia.

Resulta llamativo hasta qué punto la teología cristiana contradice determinadas aspiraciones de la Modernidad. Vivimos en una cultura que confía extraordinariamente en las capacidades humanas, en la voluntad individual y en las posibilidades de la técnica. Parecemos convencidos de que podemos perfeccionarnos indefinidamente por nosotros mismos y de que, cuando nuestra naturaleza resulta insuficiente, basta con sustituir sus limitaciones mediante nuevas herramientas. Algunas expresiones del transhumanismo representan, quizá, el extremo contemporáneo de esta aspiración.

Sin embargo, esta colisión entre el pensamiento cristiano (que necesita de la gracia) y el deseo humano de autoperfección no constituye una novedad histórica. El cristianismo primitivo se encontró con una filosofía griega que ya había elaborado importantes ideales de perfeccionamiento moral, con Aristóteles y el Estoicismo, por ejemplo. No debemos minusvalorar, creo yo, la riqueza de aquellas tradiciones, de las que el propio cristianismo tanto aprendió. Pero la novedad evangélica consistió en mostrar que la plenitud de la existencia humana no puede comprenderse únicamente como resultado de nuestras capacidades naturales.

La revolución de la humildad

Entre nosotros, los cristianos, no es así. Nuestra vida está, verdaderamente, “a la buena de Dios”, como decía aquel famoso cómic.

Vivimos sostenidos por una gracia que nos precede, nos acompaña y nos transforma. Dios nos sostiene y hace crecer como personas. La propia Escolástica llegó a formular una intuición todavía más radical: no solamente nuestra vida espiritual depende de Dios, sino que nuestro mismo existir necesita ser conservado continuamente por Él. Podemos recuperar, en este sentido, la antigua resonancia de la palabra castellana Criador: aquel que no solamente crea, sino que cuida de lo creado.

Esta convicción constituye una auténtica revolución de la humildad. No se trata de despreciar nuestras capacidades, renunciar al pensamiento o abandonar la responsabilidad personal. Se trata, más bien, de reconocer que nuestras fuerzas no son el fundamento último de nuestra existencia y que la gracia no destruye nuestra libertad, sino que la sana, la eleva y la hace verdaderamente fecunda. Incluso nuestra colaboración con ella es ya fruto de ella misma.

Simbólica religiosa.

Los santos son, precisamente, aquellos que han encarnado de manera extraordinaria este misterio. Su grandeza no procede de una voluntad sobrehumana ni de una personalidad excepcionalmente poderosa, sino de haberse dejado transformar por Dios. Su camino es el de la desapropiación, la confianza y el abandono amoroso. Un camino que sigue recorriéndose silenciosamente en tantos lugares de nuestra Iglesia y que, sin embargo, necesitamos redescubrir una y otra vez.

“Sin mí no podéis hacer nada”, nos recuerda Jesús en el Evangelio de Juan (15,5). El papa Francisco recuperó precisamente esta afirmación en un libro dedicado a la misión de la Iglesia, Sin Él no podemos hacer nada. Tal vez deberíamos meditarla más detenidamente, porque contiene una enseñanza fundamental que atraviesa la vida de Cristo y que san Pablo no se cansó de transmitir a las primeras comunidades cristianas.

También nosotros, los filósofos cristianos, podríamos intentar vivir más profundamente esta verdad. En general, todos los creyentes.

Nuestra pasión por transformar el mundo, nuestra preocupación por la cultura, nuestro deseo de evangelizar, nuestro ímpetu por convertirnos en testigos y misioneros, e incluso nuestra angustia ante la decadencia de Occidente o la descristianización de nuestras sociedades, corren el riesgo de convertirse en nuevas formas de voluntarismo espiritual.

Contemplar y fiarnos

Nos quebramos la cabeza intentando encontrar soluciones, diseñar estrategias, recuperar espacios e impulsar reformas. Y aunque muchas de estas preocupaciones son legítimas y necesarias, quizá olvidamos con demasiada frecuencia que no somos nosotros quienes salvamos el mundo.

Tal vez debamos aprender nuevamente a callar y orar. A contemplar y fiarnos. A dejar a Dios que sea Dios y hacernos nosotros sus instrumentos.

El pecado es repetitivo. La gracia es innovadora. Y quizá nuestra tarea más importante consista, sencillamente, en aprender a acoger esa perenne y antigua novedad.