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Tribuna

Hablar del corazón

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En la encíclica del papa FranciscoDilexit nos’ (24 de octubre de 2024) y en la rica enseñanza sobre la espiritualidad del Corazón de Jesús hay un punto de partida, de índole antropológica, que vale la pena focalizar, con demasiada brevedad aquí, pues el asunto merecería mucha mayor consideración.



Sobre el valor de hacer nacer las preguntas existenciales decisivas, como quién soy yo, qué sentido quiero para mi vida (8), la necesidad perentoria de encontrar un centro unificador en el desarrollo del propio yo. Este es el último punto de arranque desde el que se desarrolla toda la enseñanza de la encíclica. Es tal la importancia de ese centro unificador en la existencia, que la misma persona puede ser vista como un centro unificador que lleva en sí y marca, se marca, la dirección de todo lo que vive (3). Y con esta convicción basilar, la constatación sociológica de que el hombre contemporáneo se encuentra casi privado de un principio interior que genere unidad y armonía en su ser y en su obrar (9).

Ese centro unificador para Francisco es el corazón, donde se juega todo, donde somos nosotros mismos (6), hasta que por ese papel directivo se pueda decir “yo soy mi corazón” porque eso es lo que me distingue, lo que configura mi identidad espiritual y además me pone en comunicación con otras personas (14). Por tal importancia, la encíclica, dedicada al Corazón de Jesús, hablará de lo que es el corazón humano.

Corazon_ilustracion

El corazón no es un órgano separado, es el centro íntimo unificador y expresión de la totalidad de la persona (55). Para Francisco, la tradición filosófica, que atendió mucho al ámbito de la inteligencia o la voluntad, se ocupó poco del corazón, poco desarrolló la idea de un centro personal en el que es el amor lo que puede unificarlo todo (10). Y esta es la posición definitiva del plano antropológico de la encíclica: el corazón es el órgano del amor, su cabal expresión, y el amor la verdadera fuerza rectora en la persona humana. El amor es aquello de lo que es capaz el corazón (16). No obstante el déficit en la filosofía, a lo largo de la historia y en tantos lugares, el corazón se ha convertido en el símbolo de la intimidad más personal, de los afectos, las emociones, de la capacidad de amar, alcanzando una fuerza simbólica que no es meramente convencional (53).

Sede del amor

En los Ejercicios de San Ignacio, también lo discursivo se construye sobre un querer fundamental, con toda la fuerza del corazón que permite reorganizar la vida (24). Todo se unifica en el corazón que puede ser la sede del amor en la totalidad de sus distintos componentes (espirituales, psíquicos, físicos) (21) y el amor, fuerza del alma que como un peso natural la conduce a su lugar o a su fin (Guillermo de Saint Thierry) (105). Pero no existe en esto automatismo alguno, todas las acciones deben ser puestas bajo el gobierno del corazón (13). Si el corazón es capaz del amor, ambos no van necesariamente unidos porque en un corazón humano pueden reinar el odio o el egoísmo (59). Es el corazón amoroso lo que hace posible todo vínculo interpersonal auténtico y una relación que no se construya con el corazón no supera la fragmentación del individualismo (17).

(…)

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