Tribuna

La frontera que atraviesa nuestros ojos

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No voy a escribir sobre cuántas personas lograron entrar en Ceuta, cuántas fueron devueltas, cuántas regresaron a Marruecos ni cuántas consiguieron alcanzar una playa después de luchar durante horas contra el cansancio, la corriente y el miedo. No porque esas cuestiones sean irrelevantes, ni porque un Estado pueda renunciar a conocer lo sucedido, proteger sus límites, combatir a quienes trafican con la desesperación y ordenar con legalidad y responsabilidad una realidad tan compleja. Pero existe una pregunta anterior, más grave y mucho menos cómoda, que suele desaparecer en cuanto comienzan a hablar los portavoces, se distribuyen los argumentarios y cada partido ocupa apresuradamente la posición que le corresponde en el escenario.



La pregunta no es únicamente qué ocurrió en las aguas de Ceuta, sino qué ha ocurrido dentro de nosotros para que la muerte de decenas de seres humanos pueda ser desplazada casi de inmediato por la disputa política; qué clase de endurecimiento ha atravesado nuestra conciencia para que, antes de detenernos ante los cuerpos, necesitemos saber a quién beneficia la tragedia, contra quién puede emplearse y en qué relato conviene colocarla. Hemos adquirido una extraña habilidad para discutirlo todo sin mirar nada, para pronunciar palabras solemnes sobre la seguridad, la legalidad, la responsabilidad y los derechos humanos mientras evitamos la única evidencia que debería dejarnos durante unos instantes sin discurso: unas personas se arrojaron al mar porque consideraron preferible arriesgar la vida a permanecer donde estaban, y muchas de ellas no llegaron a ninguna parte.

No murieron dentro de una abstracción llamada presión migratoria. No se ahogaron en una categoría administrativa ni desaparecieron bajo una expresión jurídica. Murieron uno a uno, con el agua entrando en sus pulmones, con las fuerzas abandonando lentamente sus brazos y con la costa quizá todavía visible ante sus ojos. Algunos escucharían los gritos de quienes nadaban cerca; otros se hundirían en silencio, sin que nadie pudiera señalar el momento exacto en que dejaron de luchar. Habría quienes pensaran en una madre, en un hijo, en una esposa, en una promesa hecha antes de partir. Habría quien no pensara ya en nada, porque el cuerpo, llevado hasta su último límite, solo conoce entonces la necesidad elemental de respirar. Nosotros, en cambio, los contemplaremos desde la distancia segura de las cifras y los comunicados. Dentro de unos días, cuando la actualidad descubra otra urgencia y las cámaras abandonen Ceuta, la inmensa mayoría de aquellos muertos habrá quedado reducida a un número que podrá utilizarse, discutirse y finalmente archivarse.

Nadie conocerá sus nombres. Nadie sabrá qué habían dejado atrás, quién esperaba una llamada, qué oficio deseaban ejercer, qué miedo habían callado o qué modesta felicidad imaginaban al alcanzar la otra orilla. Nadie sabrá quién tocaba un instrumento, quién tenía una hija pequeña, quién cuidaba de un padre enfermo, quién soñaba con estudiar, quién había empeñado todos sus ahorros o quién había prometido volver convertido en alguien capaz de ayudar a los suyos. No conoceremos casi nada de ellos, y esa ignorancia terminará funcionando como una forma involuntaria de absolución. Es más fácil soportar una muerte sin rostro. Es más sencillo discutir sobre cuerpos anónimos que admitir que cada uno contenía un mundo irrepetible, una memoria, una red de afectos, una dignidad que no comenzó al pisar territorio español ni desapareció al hundirse en el mar.

Crisis de la mirada

La gran crisis de nuestro tiempo no es solamente política, económica o migratoria. Es una crisis de la mirada. Hemos dejado de contemplar personas para contemplar categorías; hemos sustituido el rostro por el relato, el nombre por la estadística y la dignidad por el argumentario. El lenguaje, que debería acercarnos a lo real, se ha convertido con demasiada frecuencia en una manera refinada de mantenerlo a distancia. Decimos flujo, presión, avalancha, contingente, irregularidad o amenaza, y cada una de esas palabras va borrando silenciosamente la singularidad de quienes tenemos delante. No negamos de manera expresa su humanidad, porque todavía nos avergonzaría hacerlo, pero construimos un vocabulario en el que esa humanidad puede desaparecer sin que apenas se note. La persona queda disuelta en el problema y, una vez transformada en problema, ya puede ser manejada sin demasiadas incomodidades morales.

No se trata de negar que existan problemas reales. Sería infantil presentar la inmigración como una realidad sin tensiones, riesgos, límites ni responsabilidades. Pero otra cosa muy distinta es permitir que la complejidad nos sirva de excusa para no mirar. El pensamiento adulto sabe sostener al mismo tiempo dos verdades que el fanatismo necesita separar: que un Estado debe ordenar sus fronteras y que ninguna frontera convierte a una persona en menos humana; que las leyes deben cumplirse y que la legalidad no puede ser utilizada como coartada para la indiferencia; que existen decisiones difíciles y que ninguna dificultad autoriza a olvidar al que tiembla, al que llega exhausto o al que ha perdido a alguien en el agua. La civilización comienza precisamente cuando la complejidad no destruye la compasión.

Sin embargo, vivimos en una época en la que los argumentarios están sustituyendo al pensamiento libre. Cada vez son más quienes no se preguntan qué es verdadero, qué es justo o qué exige la dignidad humana, sino qué deben repetir para seguir siendo reconocidos por los suyos. Se espera a que el líder del momento o la lideresa del instante establezcan el tono, señalen al culpable, distribuyan las palabras autorizadas y determinen incluso la cantidad exacta de indignación que corresponde exhibir. Después comienza la procesión de obediencias. Unos repiten el lema en una tribuna, otros lo reproducen en una tertulia, otros lo convierten en mensaje de red social y muchos terminan creyendo que han pensado porque han aprendido a recitar con convicción lo que alguien pensó por ellos.

Los mismos enemigos

Hay algo especialmente triste en esas personas que han renunciado a la libertad interior para obtener el pequeño privilegio de sentirse parte de una tribu. Hablan con una seguridad inversamente proporcional al tiempo que han dedicado a comprender. Utilizan las mismas expresiones, colocan las mismas indignaciones, señalan a los mismos enemigos y hasta administran los silencios de idéntica manera. No están buscando la verdad, sino la aprobación del grupo. No se acercan a una tragedia para saber qué ocurrió, sino para comprobar si puede reforzar aquello que ya habían decidido creer. La muerte de un ser humano solo les interesa cuando confirma su relato; si lo contradice, la matizan, la silencian o la entregan a una explicación que les permita continuar sin preguntas.

Estos repetidores profesionales suelen presentarse como personas comprometidas, cuando en realidad han delegado el compromiso en la obediencia. Confunden la lealtad con la renuncia al juicio, la disciplina con el sometimiento intelectual y la coherencia con la imposibilidad de rectificar. Nada les perturba demasiado porque todo llega previamente interpretado. No necesitan mirar el mar, escuchar a los supervivientes ni preguntarse quiénes eran los muertos. Les basta con recibir la frase del día. La pronuncian, la publican, la defienden y esperan la siguiente. Han convertido la conciencia en una oficina de comunicación.

La tragedia alcanza una forma todavía más grotesca cuando el sufrimiento humano se transforma en material para el ascenso personal. Estamos asistiendo a la aparición de nuevos emergentes, aspirantes a dirigentes y supuestos líderes que han descubierto que para subir algunos escalones ya no necesitan una idea propia, una biografía de servicio ni una conciencia trabajada. Les basta con una imagen cuidada, una sucesión de consignas y una máquina capaz de fabricarles discursos. Ponen en manos casi exclusivas de la inteligencia artificial la construcción de su pensamiento público, como si gobernar consistiera en encadenar palabras de apariencia solemne y no en responder moralmente de personas concretas. Encargan textos sobre la dignidad, la justicia o el futuro, pero rara vez hablan de mirar al hermano, de detenerse ante él, de acogerlo o de compartir su intemperie. Aspiran a dirigir comunidades humanas sin haberse preguntado siquiera qué significa estar ante otro ser humano.

La inteligencia artificial

La inteligencia artificial puede redactarles un discurso conmovedor sobre la pobreza, prepararles una intervención sobre los derechos humanos, adornarles una consigna con citas oportunas y fabricar en segundos una apariencia de profundidad. Puede producir miles de razonamientos semejantes, opiniones casi idénticas y fórmulas calculadas para provocar adhesión. Puede incluso imitar la compasión con una eficacia inquietante. Pero no puede tener conciencia. No puede sentirse responsable ante un cadáver. No puede experimentar vergüenza por haber mirado hacia otro lado. No puede decidir libremente que una persona importa incluso cuando no proporciona votos, reconocimiento ni ventaja.

La inteligencia artificial jamás podrá sustituir la conciencia moral de una persona libre. Podrá ayudarla a ordenar información, contrastar datos o mejorar la expresión de una idea, pero no podrá realizar el acto decisivo de la libertad, que consiste en responder ante el bien y el mal sin esconderse detrás de una instrucción, una mayoría o un algoritmo. El verdadero peligro no es que las máquinas lleguen a parecer humanas, sino que algunos seres humanos acepten vivir como máquinas: repitiendo patrones, procesando categorías, ajustando sus respuestas a la conveniencia del momento y eliminando de su interior toda resistencia moral.

Resulta especialmente revelador contemplar a esos nuevos dirigentes que hablan de innovación, liderazgo y futuro mientras entregan a una herramienta automática la elaboración completa de aquello que dicen pensar. La cuestión no es que utilicen tecnología, sino que pretendan sustituir con ella la experiencia, el estudio, la escucha y la responsabilidad personal. Un texto puede ser impecable y estar moralmente vacío. Una intervención puede contener todas las palabras correctas y no haber nacido de una sola noche de desvelo por nadie. Un líder puede pronunciar hermano sin haber acogido jamás a uno, repetir dignidad sin haber protegido a una persona vulnerable y hablar de humanidad sin haberse detenido ante el dolor concreto de otro. La impostura no comienza cuando una máquina escribe, sino cuando una persona firma como propio aquello que nunca ha atravesado su conciencia.

La dignidad humana

Frente a esta degradación conviene recordar que existen verdades que ningún partido y ningún gobierno pueden modificar, ningún algoritmo fabricar y ningún líder apropiarse. La primera de ellas es la dignidad inviolable de toda persona humana. No se concede mediante un documento, no depende de la nacionalidad, no aumenta con la riqueza, no disminuye con la pobreza y no desaparece cuando alguien vulnera una norma. Tampoco es un premio reservado a quienes cumplen determinados requisitos. La dignidad pertenece al ser humano antes de que la Administración lo identifique, antes de que un juez determine su situación y antes de que la opinión pública decida si merece simpatía.

Sobre esta convicción descansa todo el edificio de la Doctrina Social de la Iglesia. Su punto de partida no es una estrategia partidista ni un modelo económico, sino la persona concreta, creada a imagen de Dios, irreductible a instrumento y llamada a vivir en relación con los demás. Por eso el bien común no puede confundirse con la simple suma de los intereses de la mayoría. Una sociedad no alcanza el bien común cuando protege eficazmente el bienestar de quienes ya están dentro y deja fuera de toda consideración a quienes llegan heridos, hambrientos o asustados. El bien común exige unas condiciones sociales en las que cada persona pueda vivir conforme a su dignidad, y ese cada persona introduce una exigencia que ninguna aritmética electoral puede borrar.

La solidaridad tampoco es una emoción de temporada ni una concesión generosa de quienes se encuentran a salvo. Es la aceptación de que la vida del otro guarda una relación real con la mía, aunque no comparta mi pasaporte, mi lengua ni mi historia. Nos recuerda que la humanidad no está formada por individuos aislados que se toleran mientras no se estorben, sino por personas vinculadas por una responsabilidad mutua. La subsidiariedad, a su vez, reclama que las instituciones protejan y fortalezcan a las personas y a las comunidades, sin abandonarlas a su impotencia ni sustituirlas hasta anular su responsabilidad. Y el destino universal de los bienes introduce una pregunta incómoda en el corazón de nuestras seguridades: cómo podemos considerar plenamente nuestro aquello que otros necesitan para sobrevivir.

Brújula moral

Estos principios no proporcionan una solución administrativa automática. La Iglesia no posee una fórmula técnica para fijar los procedimientos fronterizos, distribuir recursos o establecer cupos de acogida. Pero ofrece una brújula moral sin la cual cualquier procedimiento puede terminar siendo impecable sobre el papel y cruel en la realidad. La política necesita ordenar, prever, limitar y decidir; la dignidad le recuerda que aquello que administra no son objetos. La compasión no sustituye a la política, pero la salva de convertirse en mera técnica de control. La ley es indispensable, pero no puede utilizarse como una muralla detrás de la cual la conciencia se declare inocente.

En el fondo de esta tragedia aparece una enfermedad moral que nuestra sociedad denuncia con cierta comodidad y practica con sorprendente naturalidad: la aporofobia. No es simplemente el rechazo declarado al pobre. Es algo más profundo y peligroso, porque puede convivir con discursos impecables sobre la igualdad. La aporofobia comienza cuando el pobre deja de interrumpirnos, cuando su presencia nos parece una molestia que debe ser gestionada y cuando su sufrimiento pierde la capacidad de alterar nuestros planes. Comienza cuando dejamos de detenernos ante él, cuando ya no nos pregunta nada y cuando aceptamos que determinadas vidas puedan ser resumidas en una cifra sin sentir que algo esencial ha sido mutilado.

No solemos rechazar al extranjero rico. No nos inquieta demasiado su idioma cuando reserva una habitación costosa, compra una vivienda, invierte capital o llega rodeado de prestigio. La nacionalidad deja entonces de parecernos un problema. Lo que incomoda es la pobreza que llega sin invitación, la necesidad que no puede ofrecernos nada y la vulnerabilidad que exige una respuesta. El pobre comparece ante nosotros sin otro título que su humanidad, y eso pone a prueba la sinceridad de todas nuestras declaraciones. Nos obliga a decidir cuánto vale realmente una persona cuando no posee influencia, utilidad, recursos ni capacidad de devolvernos el favor.

La aporofobia

La aporofobia alcanza su triunfo cuando ya no necesita gritar. Le basta con acostumbrarnos. Consigue que unos muertos nos parezcan tragedia y otros simple consecuencia; que unas lágrimas merezcan un nombre y otras se pierdan en una información de treinta segundos; que unas familias reciban nuestro abrazo y otras apenas nuestra sospecha. Nos enseña a jerarquizar el dolor según la procedencia de quien lo padece. Y cuando esa clasificación se instala en la conciencia, la civilización puede conservar sus leyes, sus parlamentos y sus discursos solemnes, pero ha comenzado a perder su alma.

En esta ocasión no han sido las concertinas las protagonistas inmediatas. Ha sido el mar. Ese mar que durante siglos comunicó pueblos, transportó culturas y abrió caminos se ha convertido también en frontera y sepultura. No existe sobre el agua una línea visible que anuncie el final de un país y el comienzo de otro, pero quienes se lanzaron a nadar sabían que en algún punto impreciso de aquella extensión comenzaba España. La frontera estaba allí, invisible y absoluta, mientras el cuerpo se fatigaba, la corriente arrastraba y la orilla prometida parecía alejarse. El mar fue al mismo tiempo camino y tumba, esperanza y sentencia, horizonte y fosa.

Y al otro lado estaba Ceuta, la España africana, más aún, la Europa africana. No una nota al pie del mapa, no una anomalía geográfica ni una periferia que pueda contemplarse desde la cómoda lejanía peninsular, sino el lugar donde Europa se asoma físicamente a África y descubre que sus discursos, tan ordenados en los despachos, se vuelven inseguros al tocar la realidad. Ceuta descentra porque impide pensar España únicamente desde el norte, desde el centro o desde la protección de la distancia. Desarma porque sitúa en un mismo espacio la soberanía y la acogida, la legalidad y el sufrimiento, la frontera y el rostro. Descoloca porque obliga a Europa a reconocerse no solo como territorio que debe ser protegido, sino como promesa observada desde la otra orilla por quienes todavía creen que en ella encontrarán una vida posible. En Ceuta, Europa no puede hablar como si África estuviera lejos. África está delante, al lado, entrelazada con su historia, golpeando sus aguas y obligándola a decidir qué significado concede realmente a palabras que repite con frecuencia, como dignidad, fraternidad, derechos humanos y civilización.

Proteger sin deshumanizar

Ceuta incomoda porque rompe la geometría tranquila de los argumentarios. Allí no basta con proclamar que una frontera debe defenderse, ni con repetir que toda persona debe ser acogida, como si ambas afirmaciones pudieran pronunciarse sin tensión, sin inteligencia y sin responsabilidad. La España africana exige sostenerlas simultáneamente. Obliga a proteger sin deshumanizar, a ordenar sin abandonar, a distinguir situaciones jurídicas sin establecer categorías de dignidad. Es precisamente esa Europa africana, tan cercana y expuesta, la que deja al descubierto la pobreza de nuestros lemas y la impostura de quienes pretenden resolver con una frase aquello que solo puede afrontarse mediante la prudencia política, la presencia concreta y una mirada capaz de reconocer al hermano antes de convertirlo en problema.

Hace años, el papa Francisco sostuvo entre sus manos un fragmento de concertina. El gesto poseía una fuerza que ninguna explicación podía mejorar. En las manos de un anciano vestido de blanco, aquel alambre diseñado para herir se convirtió en el símbolo de una civilización capaz de proteger sus límites desgarrando la carne de los más vulnerables. Francisco no estaba negando la existencia de las fronteras ni la responsabilidad de los Estados. Estaba obligándonos a contemplar el precio moral de ciertos mecanismos de protección. Aquel metal preguntaba qué clase de seguridad construimos cuando necesitamos acostumbrarnos a que alguien sangre al otro lado.

Un trozo de concertina cabe en dos manos, pero puede contener toda una época. Contiene el miedo de quien la instala y la desesperación de quien intenta atravesarla; la sofisticación tecnológica de una sociedad y su incapacidad para imaginar una respuesta distinta; la obsesión por proteger el espacio propio y la indiferencia ante el cuerpo ajeno. No era una teoría sobre inmigración. Era una acusación dirigida a nuestra conciencia. ¿Qué progreso es ese que perfecciona los instrumentos para impedir el paso, pero no logra reducir las razones que empujan a una persona a jugarse la vida? ¿Qué hemos defendido cuando, al terminar, queda intacta la frontera y herida nuestra humanidad?

Con la cruz a cuestas

Quizá hoy la corona de espinas de Cristo tendría el perfil acerado de una concertina o la inmensidad silenciosa de un mar que devuelve cadáveres mientras nosotros discutimos sobre estadísticas. No porque cualquier frontera sea en sí misma injusta, ni porque toda medida de control pueda equipararse a una agresión, sino porque Cristo continúa apareciendo allí donde un cuerpo es herido, una persona es humillada o una vida es considerada prescindible. La imagen debe pronunciarse con delicadeza, porque el sufrimiento no admite adornos fáciles. Pero el cristianismo obliga a reconocer que el Crucificado no pertenece solo a los templos. Su rostro se refleja en toda humanidad abandonada.

La cruz no simplifica la política, pero impide al cristiano convertir la complejidad en excusa. No establece cupos ni redacta reglamentos, pero introduce una pregunta que ninguna administración puede cerrar: qué hemos hecho con el ser humano que estaba delante. En Cristo, Dios no contempla el dolor desde una posición segura. Entra en él, lo atraviesa y asume hasta el extremo la suerte de quienes han sido despojados de voz, de nombre y de lugar. Por eso no podemos venerar una corona de espinas en el interior de una iglesia y permanecer indiferentes ante las nuevas formas de espina que desgarran la dignidad humana fuera de ella.

El Evangelio no habla de privilegios. No reserva la mirada de Cristo para quienes cumplen las condiciones adecuadas, poseen la procedencia conveniente o pueden acreditar una vida sin fracturas. Tampoco organiza a la humanidad en categorías de proximidad moral para determinar quién merece ser atendido primero. Jesús no comienza preguntando quién tiene derecho a ser amado. Comienza acercándose. Ante el leproso, no se limita a pronunciar una palabra desde la distancia, sino que extiende la mano y toca a quien todos consideraban intocable. Aquel gesto no curaba únicamente una enfermedad. Devolvía a un hombre expulsado la experiencia elemental de pertenecer de nuevo a la comunidad humana.

La revolución cristiana

Cuando una mujer enferma se abrió paso entre la multitud y tocó furtivamente su manto, Cristo se detuvo. Podría haber seguido caminando, protegido por la urgencia de una misión aparentemente más importante, pero quiso buscarla entre la gente y devolverle un rostro. La llamó hija. Esa palabra restituía algo que la enfermedad, la pobreza y el aislamiento habían ido destruyendo. Cuando Bartimeo gritó desde el borde del camino y los demás trataron de hacerlo callar, Jesús escuchó precisamente la voz que la multitud consideraba molesta. Se detuvo ante quien todos habían aprendido a rodear.

Cuando Zaqueo permanecía oculto entre las ramas, reducido por todos a la condición de pecador y colaborador despreciable, Cristo levantó la mirada, pronunció su nombre y entró en su casa. Cuando habló con la mujer samaritana, atravesó fronteras religiosas, sociales y morales que parecían hacer imposible el encuentro, y la convirtió de nuevo en interlocutora de su propia vida. Cuando una mujer acusada fue colocada en medio para ser juzgada, Jesús se negó a aceptar que la persona quedara agotada por su culpa. No negó la responsabilidad, pero impidió que el pecado se convirtiera en una sentencia definitiva sobre todo su ser.

Cristo se detiene, toca, escucha, llama por el nombre, comparte la mesa y devuelve a cada persona la posibilidad de comenzar. Esa es la revolución cristiana: aprender a mirar como mira Cristo. No consiste en una sensibilidad blanda, ni en negar el mal, abolir las responsabilidades o convertir la misericordia en ingenuidad. Consiste en impedir que la pobreza, la procedencia, el delito, el fracaso o la irregularidad agoten la definición de una persona. El cristiano no ha recibido el encargo de administrar privilegios espirituales ni de clasificar seres humanos entre quienes merecen cercanía y quienes deben permanecer fuera de ella. Ha recibido el mandato de reconocer en cada persona una dignidad que debe ser respetada, protegida, acogida y amada.

Proteger las fronteras

Esta afirmación afecta también al modo en que entendemos la responsabilidad del Estado. Un Estado tiene el derecho y el deber de proteger sus fronteras, gestionar la inmigración con legalidad, preservar la seguridad, perseguir a las organizaciones criminales y evitar que la improvisación convierta la solidaridad en caos. Pero ese mismo Estado no puede olvidar que también tiene el deber de acoger. Acoger no significa abrir indiscriminadamente cualquier límite ni renunciar a la ley. Significa rescatar al que se ahoga, atender al que llega herido, ofrecer abrigo al que tiembla, escuchar al que ha perdido a un familiar, proteger al menor y garantizar que ninguna persona sea tratada como un residuo humano.

La protección de una frontera, de esa supuesta línea que unas veces atraviesa la tierra y otras se pierde en el agua, no puede impedir el abrazo, la presencia y el cuidado. Un Estado digno de ese nombre no solo sabe decir hasta dónde alcanza su territorio. Sabe también lo que debe hacer cuando alguien llega exhausto a su orilla. No basta con custodiar. Hay que estar. No basta con registrar. Hay que atender. No basta con determinar una situación jurídica. Hay que reconocer que antes del expediente existe una persona. La legalidad establece procedimientos, pero la humanidad determina el modo en que esos procedimientos deben aplicarse.

Acoger no es un sentimentalismo añadido a la política. Es una de sus obligaciones más serias. La frontera puede marcar el espacio de una soberanía, pero no el límite de la compasión. Puede ordenar el acceso a un territorio, pero no suspender el deber de socorrer. Puede distinguir situaciones legales, pero nunca categorías de dignidad. Ninguna política, ninguna estrategia y ningún cálculo de seguridad pueden justificar el abandono de quien está en peligro. Un país no pierde su identidad por abrazar al que llega; comienza a perderla cuando necesita deshumanizarlo para poder rechazarlo sin remordimiento.

Caos en la frontera en Ceuta

Caos en la frontera en Ceuta. Foto: EFE

Ceuta nos obliga a contemplar aquello que preferiríamos mantener lejos. Hombres, mujeres y jóvenes entraron en el agua. Algunos alcanzaron tierra. Otros encontraron en el mar la muerte. Serán contados, clasificados y archivados. De la mayoría no sabremos nada más. Pero el hecho de que ignoremos sus nombres no significa que carecieran de ellos; que desconozcamos sus historias no significa que no fueran únicas; que sus cuerpos aparezcan bajo una misma palabra no significa que sus vidas fueran intercambiables.

La cuestión no es únicamente qué sucedió en la frontera de Ceuta, sino qué sucede dentro de nosotros cuando una tragedia semejante se convierte de inmediato en munición política. ¿Cuánto tarda un muerto en dejar de ser persona y convertirse en argumento? ¿En qué momento la fidelidad al partido exige no mirar demasiado? ¿Qué clase de dirigente necesita una máquina para fabricar discursos sobre la humanidad porque ya no encuentra dentro de sí palabras nacidas de la experiencia, la compasión o la conciencia? ¿Qué queda de una sociedad cuando dispone de más medios que nunca para comunicarse, pero ha perdido la capacidad de detenerse ante un rostro?

Tal vez algún día sepamos con exactitud cuántas personas murieron en aquellas aguas, aunque probablemente nunca lleguemos a saber quiénes fueron realmente. La historia registrará la crisis, los partidos discutirán sus responsabilidades y la Administración cerrará sus expedientes. Quedará, sin embargo, una pregunta que ningún informe podrá responder: si fuimos capaces de contemplar aquellas muertes sin convertirlas inmediatamente en una razón para odiarnos, obedecer una consigna o ascender un escalón.

Porque la frontera decisiva de nuestro tiempo no separa Marruecos de Ceuta, África de Europa ni la legalidad de la irregularidad. No está levantada con piedra, acero o concertinas, ni puede localizarse sobre un mapa. Esa frontera atraviesa silenciosamente nuestros ojos. Separa la mirada que reconoce de la mirada que clasifica, la conciencia que se detiene de la que repite, la sociedad que acoge de la que se protege hasta de su propia humanidad. Y acaso el juicio más severo sobre nuestro tiempo no dependa de cuántas fronteras fuimos capaces de defender, sino de cuántos seres humanos dejamos de ver mientras las defendíamos.