Tribuna

El Evangelio no pide permiso

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Hay palabras que no buscan imponerse, pero terminan incomodando. No porque sean estridentes, sino porque obligan a mirar donde otros prefieren no mirar. Eso ha ocurrido con monseñor César García Magán, obispo Auxiliar de Toledo y secretario general de la Conferencia Episcopal Española, en medio de unas semanas marcadas por la tensión política, la simplificación interesada y el intento de arrastrar a la Iglesia al terreno estrecho de la consigna.



Su palabra ha molestado porque no ha nacido del cálculo. Ha molestado porque no se ha dejado encerrar en la lógica de los bloques. Ha molestado porque, frente a quienes quisieran una Iglesia ornamental, útil para adornar discursos de identidad pero callada ante las heridas reales de la historia, García Magán ha recordado algo tan antiguo como revolucionario: el Evangelio no se negocia con el miedo.

Y conviene decirlo con claridad. Apoyar hoy a monseñor García Magán no es situarse en una batalla partidista. No es levantar una bandera contra nadie. Es defender que la Iglesia no puede renunciar a su palabra propia, precisamente cuando esa palabra resulta incómoda. La Iglesia no existe para confirmar los prejuicios de un sector político ni para prestar solemnidad religiosa a los instintos de época. Existe para anunciar a Jesucristo. Y anunciar a Jesucristo exige, también en la vida pública, afirmar la dignidad de cada persona, especialmente cuando esa dignidad se vuelve discutida, sospechosa o administrada según criterios de utilidad.

Ahí se encuentra la verdadera cuestión. No estamos ante un matiz técnico ni ante una disputa más dentro del ruido político. Estamos ante una pregunta mucho más honda: qué lugar ocupa el ser humano cuando la política descubre que el miedo moviliza, que la sospecha da votos y que el extranjero, el pobre o el vulnerable pueden convertirse en una figura cómoda sobre la que descargar frustraciones colectivas.

Frente a esa tentación, el Evangelio tiene una fuerza que ningún poder termina de soportar del todo. Porque el Evangelio descoloca. Rompe el reparto tranquilo entre los nuestros y los otros. No permite bendecir la indiferencia. No deja convertir al prójimo en amenaza abstracta. No admite que la misericordia sea presentada como debilidad ni que la caridad sea reducida a ingenuidad. El Evangelio no pregunta primero si el herido pertenece a mi grupo, si vota como yo, si habla mi lengua o si encaja en mi relato. Lo ve caído al borde del camino y ordena acercarse.

Evitar la mirada evangélica

Eso es lo que se quiere evitar muchas veces. No el debate político, que es necesario. No la gestión responsable, que toda sociedad debe afrontar. Lo que se quiere evitar es la mirada evangélica, porque esa mirada impide deshumanizar al otro con comodidad. Se puede discutir de políticas públicas, de fronteras, de recursos, de convivencia, de legalidad, de seguridad y de responsabilidades institucionales. Se debe discutir de todo ello con seriedad. Pero lo que no puede hacerse, desde una conciencia cristiana, es construir esa discusión sobre la desfiguración moral del otro.

García Magán no ha entrado en una guerra de eslóganes. Ha hecho algo más difícil y mucho más necesario: ha devuelto el debate a su raíz humana y cristiana. Ha recordado que la Iglesia no puede situarse donde se rebaja, se descarta o se etiqueta al vulnerable. Ha recordado que la dignidad no se concede desde la comodidad de los despachos ni se retira desde la agitación de una tribuna. Ha recordado que el bien común no puede edificarse contra los últimos, porque cuando una sociedad empieza a defenderse de los últimos acaba siendo prisionera de sus propios miedos.

Por eso resultan tan graves algunas acusaciones vertidas contra la Iglesia. Sugerir que su compromiso con las personas migrantes responde a intereses, negocios o cálculos ocultos no es una crítica política. Es una deformación injusta de una realidad que miles de personas conocen de primera mano. Quien ha visto trabajar a Cáritas, a tantas parroquias, comunidades religiosas, voluntarios y entidades sociales, sabe que ahí no hay una maquinaria de beneficio. Hay cansancio, escucha, acompañamiento, horas invisibles, recursos insuficientes y una fidelidad humilde a personas concretas que llegan rotas, solas, endeudadas, explotadas o simplemente sin nadie.

Y no solo migrantes. En esas colas y en esos despachos están también familias, trabajadores pobres, mayores abandonados, mujeres solas, jóvenes sin horizonte, personas que no llegan a final de mes y vidas que se han quedado sin suelo. La caridad cristiana no pregunta primero por la procedencia. Pregunta por la herida. No reparte dignidades por nacionalidades. No convierte la ayuda en una aduana. No abre una ventanilla para unos y otra para los demás. La caridad mira, se acerca y sostiene. A veces resuelve. Otras veces apenas puede acompañar. Pero incluso entonces salva algo decisivo: que nadie quede convertido en residuo.

Esa es la fuerza del Evangelio. No una fuerza sentimental, blanda o decorativa. Al contrario. Es una fuerza que pone en crisis nuestras coartadas. Una fuerza que nos arranca de la comodidad moral. Una fuerza que obliga a revisar las palabras con las que hablamos de los demás. Una fuerza que no permite usar a Dios como argumento de identidad y, al mismo tiempo, cerrar el corazón al hombre concreto que llama a la puerta.

Hay quien quisiera una Iglesia más manejable. Una Iglesia de patrimonio, incienso, tradición, procesión, solemnidad y fotografía. Una Iglesia que custodie símbolos, pero que no pregunte por las víctimas. Una Iglesia útil para afirmar una identidad cultural, pero incómoda cuando esa identidad exige hacerse carne en la compasión. Una Iglesia bella mientras permanece en los templos, pero sospechosa cuando sale a la calle y recuerda que Cristo sigue presente en el pobre, en el enfermo, en el preso, en el extranjero y en cualquiera que haya sido arrojado a los márgenes.

Cesar García Magán

Cesar García Magán. Foto: EFE

Pastor, no adversario

Pero una Iglesia así, domesticada y muda, no sería la Iglesia del Evangelio. Sería una decoración religiosa de la conciencia colectiva. Sería un museo con lenguaje sagrado. Sería una reserva estética de lo cristiano sin la inquietante presencia de Cristo. Porque Cristo no fue neutral ante el sufrimiento. No fue equidistante ante el desprecio. No fue ambiguo ante quienes cargaban pesos insoportables sobre los hombros de los demás. Su palabra no se adaptó al clima dominante. Lo atravesó.

De ahí la importancia de que un obispo hable como obispo. No como comentarista político. No como portavoz de una sensibilidad ideológica. No como adversario de nadie. Como pastor. Y un pastor, cuando la dignidad humana es discutida, no puede refugiarse en una prudencia entendida como silencio. La verdadera prudencia cristiana no consiste en no molestar nunca. Consiste en hablar con verdad, con caridad y con libertad interior. García Magán lo ha hecho así. Sin gritar. Sin insultar. Sin convertir la fe en un instrumento de combate. Pero también sin esconder la exigencia del Evangelio detrás de un lenguaje calculado para no incomodar a nadie.

Hay que agradecer esa claridad. En tiempos en los que casi todo se traduce a bandos, él ha recordado que la Iglesia no pertenece a ningún bando porque pertenece a Cristo. Y pertenecer a Cristo no significa flotar por encima de la realidad, como si el sufrimiento humano fuera un asunto menor. Significa entrar en la realidad con una mirada distinta. Una mirada que no reduce a nadie a problema. Una mirada que sabe que las sociedades se degradan no solo cuando fallan sus instituciones, sino cuando se acostumbra su corazón a ver al otro como amenaza antes que como persona.

La política tiene derecho a debatir. Tiene obligación de gobernar. Tiene que buscar soluciones reales y no refugiarse en ingenuidades. Pero la Iglesia tiene también el deber de recordar el límite moral que ninguna política debería cruzar: la persona no puede ser convertida en material inflamable para encender campañas. El dolor no puede ser explotado como combustible electoral. La vulnerabilidad no puede ser administrada según la rentabilidad del aplauso. Cuando eso ocurre, la palabra cristiana debe levantarse. No para ocupar el lugar de la política, sino para impedir que la política olvide el rostro humano de aquello que discute.

Por eso este apoyo a César García Magán es también una defensa de la libertad de la Iglesia. Libertad para no ser reducida a una pieza cultural. Libertad para no dejarse utilizar. Libertad para recordar que el cristianismo no es una estética de civilización, sino una forma radical de mirar, tocar y servir la vida. Libertad para decir que el Evangelio no tiene fronteras interiores cuando habla de misericordia. Libertad para afirmar que ninguna patria se engrandece despreciando la fragilidad de quienes llaman a su puerta.

España necesita altura. Necesita menos cálculo y más verdad. Necesita una conversación pública que no se alimente de caricaturas. Necesita hablar de migraciones, convivencia, empleo, vivienda, seguridad y cohesión social con rigor, sin sentimentalismos fáciles y sin brutalidades disfrazadas de sentido común. Pero también necesita voces que recuerden que una nación no se mide solo por su capacidad de protegerse, sino por la calidad moral con la que mira al débil.

Ahí la Iglesia tiene algo que decir. Y lo tiene que decir aunque moleste. Sobre todo cuando molesta. Porque si el Evangelio no incomoda nunca, quizá ya no sea Evangelio, sino costumbre domesticada. Si la caridad no cuestiona nuestras fronteras interiores, quizá ya no sea caridad, sino filantropía administrada. Si el prójimo solo nos parece aceptable cuando coincide con nosotros, quizá ya no estamos hablando de prójimo, sino de espejo.

Monseñor César García Magán, Obispo Auxiliar de Toledo y secretario general de la Conferencia Episcopal Española, ha hecho lo que debía hacer: custodiar una palabra que no le pertenece como propiedad personal, sino como misión recibida. Ha recordado que el Evangelio no puede ser recortado para que quepa en una pancarta. Ha recordado que la Iglesia no puede callar cuando se estrecha la mirada sobre el ser humano. Ha recordado que la fidelidad cristiana no consiste en agradar al poder, sino en servir a la verdad con caridad.

Y quizá por eso ha desconcertado tanto. Porque no ha respondido con táctica, sino con Evangelio. No ha levantado una consigna, sino una exigencia moral. No ha querido ganar una pelea, sino recordar una verdad. Y esa verdad, cuando se pronuncia sin miedo, todavía tiene capacidad de atravesar el ruido.

Porque, al defender al prójimo, no ha hecho otra cosa García Magán que hablar de Evangelio, y eso es lo más desconcertante: que ha hablado de Evangelio sin concertinas, que ha hablado de Evangelio en su autenticidad, que ha hablado de Evangelio en su radicalidad, que ha hablado como el propio Evangelio, como Jesucristo, nos pide que hablemos.