Tribuna

El don de santa Clara

Compartir

Después del examen final de la escuela secundaria, pasé unos días en el monasterio de Santa Maria Maddalena en Sant’Agata Feltria, una pequeña ciudad en las colinas del interior de Rimini. Allí me acompañó un amigo muy querido, un joven fraile franciscano al que había conocido unos años antes y con quien tuve una preciosa correspondencia durante mucho tiempo que comenzaba con: Mi querida hermanita.



Era el verano de 1990. Pasé tres días como invitada de las Clarisas. Dormía en una habitación de la casa de huéspedes y allí comía solo lo que me daban. Una vez al día hablaba detrás de la reja del salón con una de ellas, y en la distancia también participé en sus oraciones. De vez en cuando desde la ventana de mi habitación me asomaba al claustro, donde algunas de ellas sentadas a la sombra y en medio del canto de las cigarras, hacían labores de costura.

A veces salía, daba un paseo por ese encantador pueblo medieval, me inclinaba sobre el valle hacia el mar, hacia Rimini, donde mis amigas me habían invitado a ir, y me imaginaba lo que estarían haciendo: playa, helados, discotecas y paseos interminables para mirar y ser miradas por los chicos.

Habitación desnuda

¿Qué buscaba en tanta soledad? No tenía vocación por la vida de clausura, pero frecuentar a los franciscanos me había puesto en contacto con una idea de pobreza, sencillez e igualdad entre hombres y mujeres que me liberaba de muchos pensamientos de adolescencia. En esa habitación desnuda encontré una esencialidad a la que todavía vuelvo de vez en cuando.

Conocí a la orden franciscana a la misma edad que cuando Santa Clara dejó su hogar paterno y se unió a San Francisco que se alojaba en una choza al pie de Asís. Cuentan que fray Rufino, actuó como intermediario entre los dos. Ya en 1209 Clara mandaba a comprar carne para los frailes que estaban restaurando la Porciúncula.

Siempre me ha conmovido la preocupación de Clara por la salud física de Francisco, así como el hecho de que le dejara cortarle el pelo: es un gesto de gran intimidad, de abandono. En su relación, como con sus hermanos y hermanas, la atención al cuerpo y el cuidado están muy presentes.

Un destino claro

Puedo imaginarme muy bien a la joven de dieciocho años que creció devotamente y llegó a la edad de casarse, rebelándose contra un destino socialmente marcado y no elegido y hacer un gesto de ruptura. A esa edad, las personas no suelen ceder, sino que se sienten atraídas por cosas extremas porque les confieren identidad cuando todavía no tienen un lugar en el mundo, quizás solo una habitación en la que refugiarse.

El escape de Clara de la protección y las limitaciones de su familia aristocrática (su padre era el conde Favarone di Offreduccio degli Scifi y su madre, Ortolana Fiumi, noble) no era un acto de rebelión juvenil. Clara sabía bien a lo que se enfrentaba: “Cuando supo que san Francisco había elegido el camino de la pobreza, propuso en su corazón hacer lo mismo”, dijo el familiar Giovanni di Vettuta en su canonización de la santa.

Siempre será fiel a la pobreza. Requerirá del Papa Inocencio III en 1216 un privilegio singular cuando la forma de vida de ese grupo de mujeres, que se habían asentado con ella en San Damián, parecía irracional y demasiado fuera de lugar de los esquemas de las jerarquías eclesiásticas, que hubieran preferido que se adecuasen a las normas benedictinas de conventos femeninos dotados de propiedad e ingresos.

Pero Clara se mantuvo firme en la elección de no poseer nada. Enamorada y convencida de ese proyecto de fratres minoreset sorores minores, del que el obispo Giacomo di Vitry, de paso por Asís, quedó tan impresionado que habló de ello en una larga carta.

Francisco atraía cada vez a más seguidores y Clara con sus primeras hermanas probablemente vivía de una manera similar a la de los frailes: cuidando a los enfermos, ayudando a los necesitados, en la pobreza absoluta y desafiando las convenciones de lo que se consentía a una mujer. Incluso el milagro de la multiplicación del pan para sus hermanas hambrientas nos dice cuánto se sentía Clara igual a cualquier otro hombre en la imitación de Cristo.

Clara y Francisco pertenecían a los privilegiados en una sociedad donde las diferencias eran extremas. Tan aristocráticos o ricos fueron sus primeros seguidores, frailes y hermanas sensibles a la injusticia y convencidos de que aplicando el Evangelio remediarían las desigualdades que mantenían a los mendigos, leprosos y enfermos alejados de los palacios en los que ellos mismos habían vivido y de las calles respetables de la ciudad.

Pobreza puesta en práctica

Se tuvo que hablar mucho en Asís del momento en que, frente al obispo Guido, Francisco devolvió dinero y ropa a su padre, un comerciante muy rico que deseaba que su hijo se convirtiera en caballero. En ese momento, Clara era una niña. Durante los siguientes cinco años, maduró la decisión de seguir el ejemplo de ese joven que, habiendo sido derrochador y buscador de placeres, había demostrado que uno podía ganarse la vida con el trabajo y la limosna, sin acumular dinero y bienes.

Tratemos de imaginarlo: dejar una casa protegida y caliente, con comida abundante en la despensa, ropa hermosa, joyas, adornos y sirvientes para vivir en la incertidumbre, al servicio de los demás. Esto era pobreza puesta en práctica.

Me he preguntado por qué para ellos era tan importante. La pobreza es revolucionaria, cuestiona el poder entre los hombres y las injusticias de la sociedad. Vivir descalzo, es muy difícil. Pero cuánta liberación en volver a ser criatura, no persona históricamente determinada y limitada. Como quitarse la ropa en un prado o zambullirse desnudo en el agua. Pero no siempre es verano o primavera, y tuvieron que lidiar con la dureza, la enfermedad y la derrota.

El vínculo entre los fratres y las sorores minores se debilitó por la acción de las jerarquías y sus reglas tuvieron que plegarse a obligaciones que no hubieran querido. Clara, dispuesta a partir hacia Marruecos para ayudar a los frailes martirizados, ¿deseaba una vida de estricta clausura? No lo parece. Había religiosas que servían fuera del monasterio y estaban exentas del ayuno, de caminar descalzas y de la obligación del silencio.

El claustro fue una imposición papal, así como la regla de 1223, que rompió el vínculo con las sorores y provocó que perdiera importancia la pobreza, el cuidado de los leprosos o la predicación pacífica a los infieles, puntales fundamentales para el santo. Sus ideales absolutos se redujeron en gran medida.

Intercambio espiritual

Pero mantuvieron la alegría. Ya ciego, Francisco pasó un largo período en San Damián, y allí, cerca de Clara, terminó de componer el Cántico de las criaturas, una alabanza llena de amor a la Creación. En los veintisiete años que le sobrevivió, Clara no perdió la luz de su fe y de su forma de vida. Escribió y logró que se aprobara su regla, algo excepcional para una mujer.

En su vida, Clara tuvo visiones. Lo relató la hermana Filippa en el proceso de canonización: Francisco amamanta a Clara y esa leche se vuelve oro en sus manos. “Les parecía que era un oro tan claro y brillante que uno podía verse en él como si estuviera casi en un espejo”.

Es una imagen muy gráfica de su intercambio espiritual que pasa una vez más por un acto físico, una corporeidad en la que hombre y mujer se vuelcan. Es una señal poderosa de su idea de igualdad y fraternidad.

*Artículo original publicado en el número de septiembre de 2021 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva

Lea más: