Esta mañana el Bósforo estaba casi quieto. El ferry se acercó al muelle con ese ruido de metal cansado que en Estambul suena como una vieja plegaria. Me senté un momento con el teléfono en la mano —no para mirar noticias, sino para volver, por enésima vez, a la misma imagen: una sonrisa amplia, una silla de ruedas al lado, y un gesto que no parece “heroico”, sino familiar. La sonrisa de monseñor Enrique Figaredo, “Kike”, en Battambang.
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No escribo desde Camboya. Escribo desde Estambul, con la distancia y también con la responsabilidad de no convertir la periferia en un símbolo bonito. Y sin embargo, la pregunta vuelve: ¿por qué el testimonio de un jesuita español en la periferia camboyana logra interpelar con tanta fuerza a una familia y a una Iglesia pequeña en Turquía, acostumbradas a servir sin hacerse notar?
En la misión de Kike no predominan las estadísticas, sino los rostros. La silla de ruedas —con frecuencia signo de límite— se convierte allí en instrumento de dignidad y participación. Se le ve acompañando, escuchando, a veces incluso bailando con quienes han sufrido. Y eso dice algo esencial: la autoridad cristiana no se impone; se acerca.
Un puente entre dos orillas de servicio
Desde lejos, Battambang y Estambul parecen no tener nada en común. Sin embargo, la lógica del servicio tiende puentes donde el mapa no los dibuja. En Estambul, la diaconía suele adoptar formas poco visibles: horarios irregulares, trayectos largos, conversaciones de calle, el cansancio acumulado de quienes intentan sostener a otros sin convertirlo en “historia”. La crisis no es abstracta; tiene nombres y rostros.

Kike Figaredo, SJ
Una escena pequeña lo recuerda mejor que cualquier análisis. Mi hija Melissa, con siete años, caminaba seria —demasiado seria para su edad— llevando vales de comida. No entendía la geopolítica, ni necesitaba entenderla. Entendía el gesto: alguien come hoy porque otro no se apartó. Ese tipo de servicio sencillo —directo, sin dramatismo— ayuda a comprender por qué la misión de Kike resulta tan clara: antes que proyectos, hay presencia; antes que explicaciones, un cuerpo que acompaña.
No hay distancia esencial entre esa diaconía urbana y el trabajo por la movilidad en Battambang. Cambian los paisajes, cambian los idiomas, cambian las heridas. Pero la lógica es la misma: una Iglesia que sale al encuentro de las llagas del mundo sin teatralizarlas.
Un discernimiento compartido en familia
Este discernimiento no se vive en solitario. En casa, la vocación se conversa como se conversan las cosas importantes: sin prisa, con preguntas, evitando idealizaciones. Mi esposa, psicóloga y enfermera, aporta una mirada práctica que me obliga a aterrizar. “No conviertas la periferia en un símbolo; son personas”, me recuerda. Y esa advertencia —tan simple— es una forma de verdad.
El testimonio de Kike atrae precisamente porque no se sostiene en un relato brillante. Se sostiene en la perseverancia de estar. Mientras él devuelve movilidad física —o la hace posible— se abren también caminos para sanar traumas invisibles: el miedo que se queda dentro, la vergüenza que aísla, la memoria que no se ordena. En ese cruce entre cuerpo y alma, el servicio cristiano se vuelve verificable.
Por eso conviene hablar de misión sin romanticismo. La misión no requiere grandes gestos, sino una cercanía que no huye ante el dolor cotidiano. A veces el aprendizaje es aceptar que no se llega como quien “soluciona”, sino como quien acompaña; no como quien enseña, sino como quien aprende a mirar.
El norte está en el sur
No sabemos si algún día pisaremos Camboya o si nuestra vida seguirá anclada en Estambul. Lo cierto es que el testimonio de Kike remueve comodidades espirituales y devuelve una pregunta básica: ¿dónde se verifica hoy el Evangelio?
Se habla —con razón— de sinodalidad, de reforma, de escucha y de caminos compartidos. Pero hay un centro que no debería moverse: el Evangelio se verifica especialmente en las periferias, allí donde las palabras ceden paso al acompañamiento concreto —con ruedas, prótesis, paciencia, escucha— y donde la dignidad del otro deja de ser un tema para convertirse en responsabilidad.
Si algún día cruzamos ese puente hacia el Mekong, ojalá sea con la urgencia de aprender. Y si nos quedamos, que no sea para conservar tranquilidad, sino para vivir aquí con la mirada transformada.
¿Será el Mekong nuestro destino, o basta con no apagar esta inquietud y dejar que nos convierta?
*Ersun Augustinus Kayra es escritor e investigador independiente con base en Estambul. Publica sobre convivencia religiosa, vida pública, ética y ecología, con especial atención a las “micro-escenas” urbanas del día a día. Ha colaborado en medios internacionales como National Catholic Reporter (EarthBeat), Plough, Stimmen der Zeit, Le Verbe y Le Devoir.