Cuando algo impacta en esa zona muchas veces poco explorada (lo más hondo de nuestra identidad y, en el caso de los ministros ordenados, la comprensión misma del ministerio recibido), no estamos ante un problema menor. Estamos ante un lugar teológico. Lo que incomoda puede convertirse en revelación, si sabemos escucharlo.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
La escucha, el diálogo, la oración compartida no son estrategias; son camino. Eso es la sinodalidad: aceptar que no hemos llegado todavía y que la meta no es otra que el Amor incondicional que siempre ha sostenido nuestro caminar y que un día experimentaremos plenamente. Ese Amor tiene rostro. Es el corazón grande de Cristo, que en la mesa compartida de aquel primer Jueves Santo nos dejó una misión: hacer de la propia vida diaconía.
La cuestión decisiva
En mi artículo anterior, Cuando no nos nombran, dejé abiertas algunas preguntas que no quiero eludir. La primera podría formularse así: identidad o visibilidad. Que el diaconado sea explícitamente nombrado, puede vivirse como reconocimiento. Y lo es. Nadie debería banalizarlo. Pero la cuestión decisiva no es esa. La cuestión es otra: ¿de qué depende nuestra identidad? ¿De que nos nombren… o de Aquel que nos llamó?
Si el ministerio necesita visibilidad para sostenerse, quizá todavía no hemos descendido lo suficiente. Aquí aparece una herida que no siempre sabemos nombrar. El diaconado permanente sigue siendo percibido en algunos contextos como un ministerio incompleto, casi una antesala. Y, sin embargo, la Iglesia ya se ha pronunciado con claridad. El Concilio Vaticano II restauró el diaconado como grado propio y permanente del sacramento del Orden (cf. ‘Lumen Gentium’, 29). No es un presbiterado inacabado ni un ministerio de transición. Es configuración sacramental específica con Cristo Siervo. El ‘Catecismo de la Iglesia católica’ (1554; 1570) recuerda que los tres grados participan “cada uno a su modo” del único sacerdocio de Cristo. A su modo significa con plenitud propia, no por delegación ni por defecto.
Al diaconado no le falta nada. Lo que a veces falta es recepción eclesial serena de lo que la Iglesia ya ha definido. De esa herida brotan dos tentaciones: la reivindicación permanente o la resignación silenciosa. La primera puede volverse amarga; la segunda, estéril. Existe un tercer camino, más estrecho y menos brillante: asumir la minoridad como lugar evangélico. No como carencia, sino como participación en el descenso de Cristo.
La reciprocidad es esencial
Aquí conviene clarificar otra tensión: el ministerio diaconal en una Iglesia toda ella diaconal. No es un “o”, es un “y”. El diácono no compite con la dimensión servidora de todo bautizado; la significa sacramentalmente. Cuando se absolutiza el ministerio, aparece el corporativismo. Cuando se diluye en la dimensión diaconal de toda la Iglesia, el diaconado se vuelve irrelevante y acaba evaporándose. La reciprocidad es esencial: la diaconía constitutiva de la Iglesia cristaliza en el diaconado como ministerio ordenado, y el ministerio diaconal recuerda permanentemente a la Iglesia que su forma es el servicio.
No parece casual que el diaconado esté creciendo en tantos lugares. En una Iglesia llamada a salir de sí misma y a tener forma samaritana (cf. ‘Evangelii gaudium’, 24; 198), el Espíritu sigue suscitando vocaciones que encarnan sacramentalmente esa lógica. No como estrategia pastoral, sino como signo de los tiempos.
Pero afirmar esto no borra automáticamente la herida. Percibo (y me incluyo) cansancio, la sensación de no haber encontrado todavía un lugar claro. O el temor de que la invisibilidad termine convirtiéndose en irrelevancia. Estas heridas no se resuelven con declaraciones teológicas, pero tampoco pueden resolverse ignorando la teología. Necesitan oración, conversación honesta y una purificación interior que no siempre es cómoda.
Proceso de discernimiento
En mi propio proceso de discernimiento me acompañó durante años un libro de Pedro Jara Vera, ‘El diácono, pobre y fiel en lo poco’. Hay una pregunta que sigue incomodándome: ¿seguiré sirviendo cuando no vea fruto, cuando no haya reconocimiento, cuando el ministerio se viva casi exclusivamente ante Dios? ¿O empezaré, sutilmente, a servirme a mí mismo?
Aquí se juega, quizá, la cuestión decisiva: espiritualidad del reconocimiento o espiritualidad del descenso. Podemos reclamar un reconocimiento justo (y a veces será necesario hacerlo), pero, si esa reclamación se convierte en el centro, algo se ha desplazado. El Evangelio no se mueve en la lógica del ascenso, sino en la del abajamiento.
Confieso que en la oración siento cada vez con más fuerza esta llamada al descenso. No al silenciamiento impuesto ni a la desvalorización del ministerio, sino a la libertad de quien ya no necesita ser confirmado constantemente por estructuras o aplausos vengan de donde vengan estos. La identidad diaconal no está en el afuera de ejercicio ministerial, sino en la hondura del servicio. La pregunta, sin embargo, permanece abierta y no quiero maquillarla: ¿cómo ser diácono hoy sin vivir permanentemente desde la reivindicación, pero sin aceptar tampoco una invisibilidad que vacíe de sentido el ministerio recibido?
Un tiempo complejo
Tal vez esta tensión no sea solo nuestra, de los diáconos. Quizá atraviese a otros ministerios en una Iglesia que busca su forma en un tiempo complejo. Por eso necesitamos caminar juntos. No para diluir identidades, sino para purificarlas y armonizarlas.
Cuando no nos nombran, puede doler. Pero también puede ser el lugar donde el ministerio (cualquier ministerio) deja de apoyarse en el reconocimiento y se apoya únicamente en la fidelidad a Aquel que un día nos llamó. Y ahí (solo ahí) el servicio se vuelve radicalmente libre.
…………..
Roberto Vidal es diácono de la Diócesis de Bilbao.
