Tribuna

Cuando no nos nombran

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Algunas veces los artículos no nacen de grandes ideas, sino de escenas pequeñas, casi domésticas. De esas que, sin pretenderlo, dejan al descubierto algo más hondo. El pasado fin de semana me detuve a escuchar con atención la homilía del nuevo arzobispo de Nueva York, Ronald A. Hicks, en su toma de posesión. He de confesar que, por una parte, me quedé embobado escuchándole, porque transmitía vitalidad, emoción, vida.



Y, por otra, no pude dejar de pensar (según iba escuchando) que a Donald Trump se le acumula el trabajo en Nueva York, lo cual, sinceramente, resulta muy esperanzador. No lo del trabajo de Trump, sino el hecho de que cada día haya más voces que digan, de un modo u otro: hasta aquí hemos llegado; queremos un mundo en paz y en fraternidad.

Castellano e inglés

Me pareció una homilía rica, situada, consciente del momento social y político que atraviesa Estados Unidos y, desgraciadamente, otros muchos lugares del mundo. Un pastor que, de manera claramente simbólica y reivindicativa, alterna el castellano y el inglés. Que dedica un buen rato a los agradecimientos, especialmente a todos aquellos sectores de la sociedad (empresa, servicios sociales, educación, servicios de emergencia, artistas…) que contribuyen al bien común. Nombra al clero, a las personas consagradas, a los laicos y laicas y a todos los fieles, agradeciendo su entusiasmo por acogerle y por caminar juntos como hermanos y hermanas.

Desgrana con claridad algunas intuiciones sobre cómo quiere ejercer su ministerio episcopal y cómo entiende la misión de la Iglesia hoy. Insiste en que la Iglesia ha de ser misionera y no un club de campo; en que la Iglesia existe para servir a todas las personas, como hizo Jesús, que alimentó a los hambrientos, sanó a los enfermos, rechazó el odio y proclamó el amor. Una Iglesia que defiende la dignidad humana, que sigue el ejemplo de Jesús, que puso al samaritano como modelo de bondad; una Iglesia que construye unidad a través de las culturas y de las generaciones. Una homilía que refleja claramente el estilo del papa Francisco y de su continuador, León XIV.

Diaconos

Jubileo de los Diáconos

La compartí después con la comunidad diaconal de mi diócesis. Y la respuesta que recibí, de uno de mis hermanos diáconos, fue breve, casi lacónica: “Está bien la homilía… pero se olvidó de los diáconos“. Reconozco que la reacción me sorprendió. No porque el diaconado no sea importante. Lo es. Yo mismo soy diácono y creo sinceramente que, en este tiempo de sinodalidad, todas las personas bautizadas (cada una desde su lugar y su especificidad) estamos llamadas a construir esa Iglesia que el Espíritu va reclamando para este momento de la historia.

El centro es Cristo

Pero, al mismo tiempo, no puedo dejar de pensar que el diaconado no es el centro de la Iglesia. Ni del universo. El centro es Cristo. Y todo lo demás (ministerios, carismas, estructura) solo tiene sentido en referencia a Él. Quizá, esta sensibilidad tenga que ver con que el diaconado permanente sigue siendo, en muchos lugares, una figura en construcción. No está implantado en todas las diócesis; a veces genera desconcierto, incluso cierta polémica. Tal vez por eso se vive con frecuencia desde una lógica de reivindicación: que se nos nombre, que se nos vea, que se nos tenga en cuenta explícitamente.

Y, sin embargo, me pregunto si no hay aquí una trampa sutil. Porque, tal vez, la espiritualidad diaconal tenga más que ver con hacerse pequeño que con ocupar espacio. Con invisibilizarse más que con reclamar visibilidad. Con animar, sostener, cuidar y dinamizar lo cotidiano de las comunidades y de tantos espacios sociales desde lugares discretos, muchas veces silenciosos. Allí donde probablemente no habría que “nombrar” al diaconado, pero donde sí debería notarse su presencia.

Cuando demandamos constantemente ser mencionados, corremos el riesgo de traicionar algo nuclear de este ministerio. No porque no seamos parte del ministerio ordenado (que lo somos), sino porque el “ser o no ser” del diaconado no se juega en una frase pronunciada o no por un arzobispo en una celebración solemne.

En las opciones concretas

Se juega, más bien, en las opciones concretas, en el estilo de vida, en la manera de estar social y eclesialmente. En si nuestra forma de vivir transparenta el Evangelio del servicio o si, sin darnos cuenta, terminamos reproduciendo las mismas lógicas de reconocimiento, prestigio o autorreferencialidad que decimos querer superar.

Quizá no pasa nada porque, de vez en cuando, no nos nombren, si son nombrados Cristo y sus preferidos: todas aquellas mujeres y hombres que hoy sufren los rigores de la desigualdad, la violencia o el cambio climático.

Y, si el Reino sigue abriéndose paso en lo pequeño, en lo cotidiano, y cada vez más personas, dentro y fuera de la Iglesia, alzamos la voz contra todo aquello que fragiliza la vida de la humanidad y de la casa común, entonces será que la diaconía, como dimensión fundamental de la vida de la Iglesia, está más viva que nunca, y que el ministerio diaconal habrá cumplido, humildemente, su misión.

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Roberto Vidal es diácono de la Diócesis de Bilbao.