Comenzamos el ‘Convivium’ escuchando un mensaje del Papa tan profundo que nos va a llevar meses meditarlo. Me dicen que en Roma lo están traduciendo a muchos idiomas porque lo están pidiendo sacerdotes de todo el mundo. Hemos oído ponencias a gusto de todos, buenísimas (las del cardenal François-Xavier Bustillo y la de monseñor Luis Marín). Nos mostraron nuestras tentaciones de hoy (amnesia con respecto al primer amor, tibieza espiritual y anemia inmovilista), y nos dejaron una sentencia firme: “El amor es más grande que la fe”. En todos, también en los sacerdotes. Y nos convencieron de que la reforma sinodal, además de irreversible, es lo que el Espíritu quiere hoy para la Iglesia.
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- ENCUESTA: Necesitamos curas cercanos y que sepan escuchar
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Pero ‘Convivium’ no ha sido un congreso, sino un encuentro. En más de cien pequeños grupos, en “conversación en el espíritu”, nos hemos preguntado cómo nos encontramos, con nuestras fortalezas y nuestras fragilidades. En mi grupo he apuntado titulares como estos: “la nuestra es una vida en las fronteras de la gente”, “no soy yo el que salva a los demás”, “soy cura, no bombero ni torero” (imagino que por lo de apagar fuegos y torear problemas), “tenemos que poner el freno, o al menos desacelerar”, “digamos no al individualismo personal y pastoral”, “cada uno echa su semilla (o su pedrada), pero son demasiadas semillas para este jardín botánico”.
A calzón quitado
Y si el seminarista decía que quería ser cura, el cura con más canas que quería seguir siéndolo. En los grupos de enfoque, tratamos desde el acompañamiento a los sacerdotes enfermos y ancianos, hasta nuestra relación con las nuevas tecnologías. Y en las plenarias hablamos libremente, a calzón quitado. Y, en palabras de uno de los participantes, hemos convenido que “estamos a muerte” con nuestro obispo para evangelizar en Madrid.
Y hemos reflexionado. Yo, por ejemplo, siempre supe que mi ministerio sacerdotal dependía de pertenecer a un presbiterio, porque sin la comunión efectiva y afectiva con mi obispo y con mis hermanos presbíteros, no soy nada. Pero he de reconocer que, hasta ahora, nunca lo había visto, delante de mí, conmigo. Y creo que esto nos ha pasado a todos. Ahora lo hemos visto, o nos hemos visto en él, y lo hemos sentido, y lo hemos vivido.