En cierta ocasión me pidieron una conferencia. La preparé con mucho gusto, con tiempo y con cariño, quizás como hay que proyectar todas las cosas en la vida. Cuando terminé de hablar, comenzó el turno de preguntas. Hubo una que me llamó especialmente la atención. Evidentemente, era una cuestión que no me había preparado, quizás, como pasa en tantas cosas en la vida. Sin embargo, la consulta era estupenda.
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La pregunta fue realizada por un señor al que, por muchos motivos, llamaré Diego. El primero es que dijo: “Mi nombre es Diego”. El interrogante fue formulado con absoluto respeto, gran interés y actitud de escucha: “Si alguien va a comenzar a leer la Biblia, ¿qué libro del Antiguo Testamento, qué evangelio y qué carta de Pablo le recomendarías?”. Me pidió que fuese concreto. Probablemente, quería evitar una respuesta correcta, ambigua y que poco le aportase ‒la vida está llena de este estilo de respuestas‒, del tipo: “Todos los libros son importantes”; “es imposible elegir”. Me comprometí a ser concreto y lo fui. Mi respuesta fue la siguiente.
Antiguo Testamento
Si quieres comenzar por un libro breve del Antiguo Testamento, podrías optar por el profeta Abdías. Apenas una página: un solo capítulo con veinticuatro versículos. Pero no creo que quieras elegir un libro porque sea breve. Los caminos breves terminan pronto y, normalmente, no nos mueven del lugar en el que ya estábamos. Así que esta no es mi respuesta.
Si quieres comenzar por un libro de los primeros del Antiguo Testamento, podrías empezar por el Génesis. Es el primer libro de nuestras Biblias, contiene los momentos iniciales de la creación y de la fe. Sin embargo, a veces los mejores caminos no empiezan en lo que se suponen que es el inicio. Hay muchos comienzos que no son en enero, ni en lunes, ni siquiera por la mañana. Así que esta, tampoco es mi respuesta.
Te recomiendo que comiences por el libro del Éxodo. Es la historia del pueblo de Israel. Es el camino de la esclavitud a la libertad; de la servidumbre al servicio. Un recorrido sin atajos y sin mapas, pero con un proyecto y un destino: la salvación. Así que este es el libro por el que te recomendaría que iniciases.
Cartas de Pablo
Respecto a las cartas de Pablo podría decirte que comenzases por la primera carta a los Tesalonicenses. Es el primer escrito del Nuevo Testamento, redactado a final del año 52 d.C. El cariño que guardamos a lo primero que hemos escrito es siempre grande. El primer paso de un gran viaje; la primera piedra de una gran obra; las primeras llamas de un gran fuego. Sin embargo, esta no es mi respuesta.
Te recomiendo que comiences por la primera epístola de san Pablo a los Corintios. En esta carta se habla, de una manera especial, de tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad. La más grande es la caridad. Dios es caridad, es amor. Y el amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca. De esto escribe Pablo en Primera a los Corintios, de esto vivimos los cristianos. Por eso, esta es mi respuesta.
Cuatro evangelios
¿Cómo elegir uno de los evangelios? Curiosamente, parecía más fácil optar por uno de los cuarenta y seis libros del Antiguo Testamento; más sencillo escoger una de las treces cartas paulinas. Pero un evangelio entre los cuatro era infinitamente más difícil. Podría haberle dicho que, en realidad los cuatro evangelios son uno solo: el Evangelio, la Buena Noticia. Pero recordé que me había comprometido a ser concreto y quería mantener mi palabra.
El primer evangelio, según el orden de nuestras biblias, es el de Mateo. Se creía que era el más antiguo. En Mateo está el Sermón de la Montaña, donde encontramos las Bienaventuranzas o el Padrenuestro, corazón de la fe cristiana. El evangelio de Juan podría ser otra opción. Es el último que se escribió y, como si del último capítulo de cualquier libro se tratase, podríamos ver cómo concluye la historia. Juan retrata a Jesús como el Buen Pastor y subraya que es el camino, la verdad y la vida. Pero ni Mateo ni Juan eran mis opciones. Al menos, no lo fueron ayer.
Lucas y Hechos
Durante un tiempo estuve tentado de dejarle dos posibilidades: Marcos el primer evangelio que se escribió; Lucas, el evangelio más hermoso que existe. Ciertamente, que Marcos sea el más antiguo de los evangelistas es aceptado por todos los estudiosos, pero que Lucas sea el Evangelio más bello es una opinión personal. Claro, era yo quien respondía. En la vida, las respuestas tienen que ser objetivas, pero también personales.
Lucas hizo algo que nadie había hecho antes de él y nadie repetiría después. Cuando concluyó el Evangelio, escribió Hechos de los Apóstoles. Porque la muerte de Jesús no fue el final, sino el verdadero inicio, donde todo cobra sentido: la vida, la resurrección, la esperanza. Por eso, recibimos la fuerza del Espíritu Santo y somos sus testigos, sabiendo que Jesús pasó haciendo el bien y, sobre todo, que hay más bienaventuranza en dar que en recibir.
Siempre el inicio
Mi respuesta, por tanto, fue concreta: comienza por el Éxodo, continúa por la primera carta a los Corintios y termina por el Evangelio de Lucas. En realidad, no dije termina, porque el Evangelio nunca es un final, siempre es el inicio. La Buena Noticia comienza cada día y en cada persona.
Quién sabe si, dentro de un tiempo, responderé con otros tres libros de los setenta y tres de la Biblia. En todo caso, las respuestas ayudan un poco al que las recibe, pero las preguntas sostienen al que se interroga, sea por lo que sea: por la Biblia, por Jesús, por su vida. No se debería leer la Biblia únicamente por las respuestas que se puedan encontrar en sus páginas, sino también por las preguntas que el encuentro con la Palabra de Dios debe provocar. Las respuestas cambian, las preguntas permanecen.

