Hace cien años falleció en Barcelona uno de los arquitectos más originales, Antoni Gaudí i Cornet. Nació en Reus (Tarragona) en 1852, en el seno de una familia de artesanos. Toda su vida estuvo marcada por una búsqueda artística apasionada y una fe absoluta, unida a una caridad tan generosa que le llevó a vivir en la pobreza. No en vano, su proceso de beatificación está en marcha.
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Hablaremos de él, no tanto por su obra arquitectónica, sino por su “teología”, condensada en su monumento más famoso: la Sagrada Familia de Barcelona. Fue concebida como una fe “cristalizada”, de acuerdo con la famosa definición de arquitectura como “música cristalizada” acuñada por Goethe en sus diálogos con Johann Peter Eckermann. El edificio fue concebido como un ser vivo, que sigue siendo “construido” hasta nuestros días.
En 2010, con motivo de un evento organizado en Barcelona por el Atrio de los Gentiles –la institución vaticana que fundé para el diálogo entre creyentes y no creyentes–, acompañado por el arzobispo de la ciudad, el cardenal Lluís Martínez Sistach, y por el fallecido arquitecto Jordi Bonet, ascendí a las vertiginosas alturas de la Sagrada Familia. Recorrí sus grandiosos espacios y presencié el trabajo de los obreros que preparaban el edificio para la visita que Benedicto XVI realizaría en noviembre de ese año para la consagración del templo.
Desde entonces, se han añadido cinco torres más a las ya existentes, sumando un total de 18. La torre de Jesucristo es la más alta y alcanza los 172,5 metros. El perfil de la ciudad se ha transformado gracias a la imponente verticalidad que proyecta la basílica. La finalización del edificio no se limita a las torres, ya que aún queda por completar la llamada Fachada de la Gloria. La visión de Gaudí tenía un punto de partida, expresado por él mismo: el deseo de trascender lo gótico dentro del mismo gótico, desarrollándolo hasta su máximo potencial.
Los misterios de la vida de Cristo
No se trataba del estilo neogótico que ha dejado templos sin alma por doquier, copias burdas y empobrecidas de la gran arquitectura medieval, sino de una reinterpretación original basada en las coordenadas fundamentales del gótico: ligereza o verticalidad, luminosidad y simbolismo. Estos son los elementos definitorios de la Sagrada Familia en la singular y espiritual interpretación de Gaudí. El recorrido temático de la basílica sigue los misterios de la vida de Cristo: la encarnación y el nacimiento (el portal o Fachada de la Natividad); la Pascua del Señor Jesús (Fachada de la Pasión); y su regreso en gloria al final de los tiempos (Fachada de la Gloria).
El recorrido continúa con la Nueva Jerusalén, morada de Dios entre los hombres, presente en la nave. Las torres representan la conexión vertical entre el cielo y la tierra. En una obra tan bien estructurada, donde ningún elemento se deja al azar, la sacristía y su mobiliario están diseñados hasta el más mínimo detalle por Gaudí. La Sagrada Familia es un tesoro de teología y fe popular, de belleza y significado litúrgico. El crecimiento de las plantas y los organismos vivos es la fuente de inspiración del maestro.
Esta es la esencia de su proyecto: convertir la tierra en una patria celestial, sublimando lo mejor de su tierra natal catalana, de sus artesanos y su gente, para elevar un canto de alabanza a Dios que surge del corazón de la ciudad humana. Este canto es poesía en piedra. De pie ante la Sagrada Familia, podríamos recordar el asombro de Dante ante el templo celestial: “Mi deseo tendrá fin en este admirable templo angélico que solo amor y luz lo delimitan” (Paraíso XXVIII, 52-54).
