En la fotografía final del Mundial caben casi todas las formas conocidas de la victoria. España acaba de derrotar a Argentina en la prórroga y vuelve a ser campeona del mundo dieciséis años después de Sudáfrica. El trofeo emerge entre los jugadores, los brazos levantados, las banderas, el confeti y esa felicidad tumultuosa que vuelve irreconocibles durante unos minutos a los hombres acostumbrados a administrar sus emociones ante las cámaras. Luis de la Fuente aparece dentro de la celebración, rodeado por el equipo al que ha conducido hasta la segunda estrella. Tiene sesenta y cinco años y acaba de convertirse en el seleccionador de mayor edad que gana un Mundial. La imagen parece explicarlo todo: el éxito, la autoridad, el prestigio, la culminación de una carrera. Sin embargo, para comprender al hombre que sostiene esa victoria conviene apartarse del estadio de Nueva Jersey, dejar atrás el ruido de la celebración y entrar en una basílica de Sevilla.
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Allí la luz entra de costado y se demora sobre la madera oscura del crucificado. Recorre el suelo, roza los bancos y alcanza la figura de un hombre sentado a cierta distancia del altar, con las manos unidas y la cabeza ligeramente inclinada. Es la Basílica del Santísimo Cristo de la Expiración, el Cachorro de Triana. El visitante no tiene todavía una copa entre las manos ni un equipo campeón alrededor. Ha entrado sin la solemnidad del personaje público, sin declaración preparada, sin esa aparatosa naturalidad que los famosos ensayan cuando desean parecer espontáneos. Durante unos minutos no dirige a nadie. No corrige, no ordena, no responde. Permanece ante el Cristo como puede permanecer cualquier persona ante aquello que la supera: sin saber del todo qué palabras caben y cuáles sobran.
La escena ocurrió el 12 de octubre de 2023. La selección española estaba concentrada en Sevilla para disputar un encuentro contra Escocia y Luis de la Fuente acudió discretamente al templo de la calle Castilla. Un fotógrafo recogió la oración ante el crucificado de Francisco Antonio Ruiz Gijón y la imagen se difundió con rapidez, quizá porque resultaba extraño encontrar a un hombre conocido en una posición que no pareciera preparada para ser conocida. No era su primera visita ni sería la última. Su relación con el Cachorro había comenzado mucho antes de que la selección ganara la Eurocopa y el Mundial, y durante el campeonato europeo de 2024 llevó en la muñeca una pulsera de la hermandad. Antes del trofeo y del confeti, antes incluso de que muchos reparasen en su manera de vivir la fe, De la Fuente ya rezaba. Ese orden no es un detalle. Es la diferencia entre una convicción y una campaña.
Quizá por eso sus palabras sobre Dios producen una extraña conmoción pública. No porque contengan una teología inédita, sino porque han sido pronunciadas sin pedir disculpas. De la Fuente dice que es católico, que reza cada día y que su fe forma parte de su vida. No lo hace con la agresividad del militante que convierte cualquier conversación en un campo de conquista, pero tampoco con la timidez preventiva de quien considera sus creencias una inconveniencia curricular. En una entrevista publicada después de la Eurocopa de 2024 explicó que creer en Dios no debería contemplarse como algo extraordinario. “Hay que quitar la etiqueta de extraordinario a algo que no lo es”, afirmó. Para él, reconocer la fe con naturalidad resultaba tan legítimo como manifestar la postura contraria.
Fe desde la familia
La precisión importa. De la Fuente no reivindica el privilegio del creyente, sino su derecho a comparecer entero. Habla de una fe recibida en el ámbito familiar, pero posteriormente pensada y asumida como una decisión personal. “Como soy libre y puedo elegir”, explicó antes de la final de la Eurocopa, su inteligencia y su experiencia lo conducían a creer en Dios, una creencia que le proporcionaba seguridad y fortaleza. Incluso definió la fe como algo personal y transferible. La expresión puede desconcertar, pero encierra una intuición exacta: aquello que sostiene de verdad una existencia no queda encerrado en ella. Se transmite en el modo de mirar, en las palabras, en las decisiones y, sobre todo, en el comportamiento.
Ahí comienza la dimensión pública de la fe. No en la ocupación de las instituciones ni en la exigencia de obediencia a quienes no creen, sino en la imposibilidad de dividir limpiamente a una persona entre una conciencia privada y una presencia pública sin memoria, principios ni horizonte moral. La fe cristiana puede vivirse en la intimidad, pero no es únicamente íntima. Afecta a la relación con el poder, el éxito, el fracaso, el dinero, la fragilidad y los otros. Reclamar que permanezca oculta equivale a admitirla solo mientras no transforme nada. Sería una religión tolerada a condición de que resultara irrelevante.
España conoce bien el peligro contrario. La identificación histórica entre religión y poder dejó heridas, exclusiones y hábitos de tutela que una democracia no debe recuperar. Ninguna confesión puede reclamar que su doctrina se convierta automáticamente en ley ni que su importancia cultural le conceda autoridad sobre la conciencia ajena. La separación entre Iglesia y Estado no es una hostilidad contra la religión, sino una garantía de libertad. Pero la neutralidad corresponde al Estado, no a los ciudadanos. Una Administración debe ser aconfesional; una persona no tiene la obligación de ser espiritualmente neutra para ejercer un cargo, desempeñar una profesión o intervenir en la conversación común.
El espacio de los católicos
Confundir ambas cosas conduce a una forma singular de intolerancia ilustrada. Se admite que un personaje público hable de sus ideas políticas, sus causas sociales, su educación sentimental, su terapia, sus lecturas o las técnicas orientales con las que pretende alcanzar el equilibrio. En cambio, basta con que diga que reza para que la conversación cambie de temperatura. La fe cristiana se acepta mejor como arquitectura, música, tradición familiar o decorado de las fiestas que como convicción viva. Puede conservarse el retablo, siempre que nadie parezca creer demasiado en lo que representa.
De la Fuente ha percibido esa prevención, aunque insiste en responder sin dramatismo. Ha contado que algunas personas se le acercan para agradecerle que hable públicamente de su fe. El agradecimiento, más que halagarlo, parece sorprenderlo, porque revela hasta qué punto algo que debería pertenecer al ejercicio ordinario de la libertad ha adquirido el carácter de una pequeña transgresión. En una sociedad diversa, ha defendido, debe haber espacio para pensamientos, ideologías y credos diferentes: “Los católicos queremos estar también ahí”. No delante de los demás. Tampoco por encima. Ahí.
La palabra decisiva es presencia. Una fe pública no necesita ser invasiva, pero sí visible; no reclama privilegios, aunque se niega a vivir acomplejada; no convierte cada conversación en catequesis, pero tampoco acepta la clandestinidad cultural. El creyente no evangeliza únicamente cuando pronuncia el nombre de Dios. Lo hace, o deja de hacerlo, mediante la calidad humana de su presencia. Evangelizar no es colonizar la conciencia de otro. Es hacer perceptible una esperanza, exponerla libremente al juicio ajeno y aceptar que pueda ser acogida, discutida o rechazada.
Dios, esa paz
La fe que se oculta por completo termina convertida en una reserva sentimental. Deja de iluminar la conducta y se limita a consolar en secreto. El cristianismo, sin embargo, nació como anuncio, como palabra comunicada y como forma de vida reconocible. Eso no autoriza ninguna imposición, pero impide reducirlo a una espiritualidad muda. El testimonio comienza precisamente donde acaba la propaganda: cuando una persona no construye una imagen, sino que permite que sus convicciones aparezcan en sus actos con la misma naturalidad con la que respira.
De la Fuente ha explicado que Dios le aporta paz, calma, tranquilidad, seguridad y confianza, y que todo ello se traslada a sus relaciones sociales y profesionales. Su afirmación no promete éxitos ni inmunidad frente al error. Sitúa la fe en un territorio mucho menos espectacular: el comportamiento cotidiano. En vísperas de la final mundialista lo formuló con una concisión casi moral: “La fe ayuda para los comportamientos”. Le permitía, añadió, encontrarse en el lugar adecuado y de la forma adecuada, y transmitir al grupo seguridad y confianza.
Esa concepción quedó aún más clara antes de la semifinal contra Francia. Al preguntarle si estaba rezando mucho, respondió: “Rezo todos los días, no le pido ningún resultado”. No solicitaba una intervención divina que beneficiara a España y perjudicara al adversario. Pedía salud y capacidad para seguir peleando. También había explicado que daba gracias cada mañana por encontrarse bien y disponer de un día más. La oración no aparecía como una negociación con Dios ni como una maniobra destinada a inclinar el marcador. No convertía la fe en superstición. La utilizaba para situarse ante la realidad sin reclamar que la realidad obedeciera sus deseos.
La selección española, tras su triunfo en el Mundial. Foto: FIFA Media Hub
Hay en esa actitud una forma de humildad que no debe confundirse con la modestia decorativa. Ser humilde no consiste en negar la propia capacidad ni en hablar de uno mismo con falsa pequeñez. Consiste en conocer la extensión y el límite del poder que se ejerce. Un entrenador puede elegir jugadores, preparar estrategias, corregir errores y asumir decisiones. No puede garantizar el resultado. La conciencia religiosa del límite no elimina la responsabilidad; puede hacerla más exigente. Obliga a trabajar sin creerse dueño del desenlace.
Algo semejante ocurre con su manera de ejercer la autoridad. Antes de la final contra Argentina rechazó el liderazgo teatral de los gritos, los gestos ensayados y la motivación entendida como espectáculo. “No vendo humo”, dijo. Los jugadores no necesitaban que fingiera agresividad para reconocer su carácter competitivo. Lo veían trabajar. “El jugador se motiva con mi comportamiento diario”. La frase resulta incómoda para una época fascinada por la escenografía del mando, las consignas empresariales y los dirigentes que confunden presencia con exposición.
El liderazgo silencioso no es ausencia de autoridad. Es una autoridad que no necesita representarse a cada momento. Se construye mediante la coherencia entre lo que se exige y lo que se hace, mediante la capacidad de tomar decisiones sin humillar y mediante el reconocimiento de que un grupo no está compuesto por instrumentos, sino por personas. De la Fuente ha insistido en que no concibe una selección dividida rígidamente entre titulares y suplentes, porque todos deben sentirse necesarios. Después de ganar el Mundial volvió a subrayar la unidad, la solidaridad y los valores de sus jugadores, a quienes describió como una familia deportiva. Es posible considerar excesivo ese lenguaje dentro de la alta competición, pero la final terminó decidiéndola precisamente un futbolista que había comenzado en el banquillo.
Relación con el Cachorro
Su relación con el Cachorro añade a esta historia una dimensión que trasciende la experiencia individual. La religiosidad popular suele ser juzgada desde dos simplificaciones enfrentadas. Una la idealiza como expresión pura de la identidad colectiva. La otra la reduce a folclore, sentimentalismo o espectáculo callejero. Ninguna alcanza a comprender el fenómeno. Entre el dogma y la fiesta existe un territorio humano en el que se entrelazan la memoria, el arte, el barrio, la familia, la muerte, el servicio y la necesidad de pertenecer.
Las hermandades forman parte del patrimonio cultural porque conservan esculturas, bordados, archivos, músicas, ceremonias y oficios artesanales. Son patrimonio espiritual porque ofrecen un lenguaje para la gratitud, el miedo, la culpa, la enfermedad, la esperanza y el duelo. Poseen un valor antropológico porque muestran cómo una comunidad organiza el tiempo, representa el dolor y relaciona a los vivos con sus muertos. Y constituyen un patrimonio comunitario porque reúnen a personas de generaciones, profesiones, ideologías y clases sociales diferentes que fuera de ese ámbito quizá nunca compartirían una tarea.
No son instituciones perfectas, ni conviene tratarlas como si lo fueran. También conocen la vanidad, la disputa por el poder, el clasismo, el inmovilismo y la tentación de utilizar la tradición como una frontera. Las críticas rigurosas no amenazan la religiosidad popular; pueden preservarla de su degradación en industria sentimental, ceremonia autorreferencial o simple administración de prestigios. Pero caricaturizar las cofradías como organizaciones dedicadas exclusivamente a sacar imágenes a la calle significa ignorar que su verdad más profunda se decide lejos del cortejo, allí donde la fe deja de ser representación y se convierte en caridad. Se decide en el acompañamiento de los enfermos y de quienes mueren solos, en las redes de ayuda, en la atención a las familias empobrecidas, en la visita a las cárceles y en la cercanía a los presos, hombres y mujeres a quienes la sociedad suele reducir a su condena y apartar después de su campo de visión. La caridad cofrade no puede ser el apéndice discreto de una procesión espléndida ni la partida menor de un presupuesto; constituye la centralidad evangélica de la religiosidad popular, el lugar donde una devoción demuestra si ha contemplado realmente el dolor que lleva sobre sus hombros. Sin esa salida hacia quienes viven heridos, encerrados, descartados o sin voz, la tradición corre el riesgo de conservar intactas sus formas mientras pierde aquello que les daba sentido. Con ella, en cambio, una hermandad se convierte en comunidad de memoria y servicio, capaz de llevar hasta las periferias humanas la misma presencia que proclama en sus calles.
Hospitalidad y religiosidad popular
En ellas conviven el creyente de práctica constante y quien mantiene con la Iglesia una relación frágil o contradictoria; el anciano que recibió una devoción de sus padres y el joven que todavía no sabe exactamente qué busca; quien puede formular su fe con precisión y quien solo conserva una música, una medalla o el recuerdo de una mano familiar. La pertenencia humana no obedece siempre a las clasificaciones impecables. A veces una persona se aleja de una doctrina y permanece unida a una imagen. O regresa a una iglesia cuando el dolor adquiere un peso que el lenguaje ordinario ya no puede transportar.
También ahí actúa la dimensión evangelizadora. No necesariamente mediante discursos, sino a través de una belleza que interroga, de una comunidad que recibe y de una memoria que vuelve a abrir preguntas. La religiosidad popular puede convertirse en costumbre vacía, pero también puede ser el umbral por el que alguien recupera una conversación interior que creía perdida. Las imágenes no sustituyen a la fe. Pueden darle un rostro cuando las palabras han dejado de servir.
Luis de la Fuente ha contado que en el Cachorro lo acogieron como si llevara toda la vida allí. Esa hospitalidad explica mejor el sentido de una hermandad que cualquier proclama identitaria. Una comunidad religiosa no evangeliza porque se exhiba, sino porque deja sitio. La fe se vuelve pública de un modo creíble cuando no busca conquistar el espacio, sino hacerlo habitable para otros.
La fotografía del Mundial seguirá circulando durante años. En ella, el trofeo ocupa el centro y la victoria parece haber suspendido por un instante todas las incertidumbres. De la Fuente sonríe entre los jugadores, pero sabe que ninguna copa consigue explicar por completo una vida. Mucho antes de esa noche, en la basílica del Cachorro, había permanecido sentado ante un crucificado sin pedirle un marcador favorable. Después se levantó, miró una vez más hacia el altar y cruzó la puerta. Afuera lo esperaban los entrenamientos, los micrófonos, las preguntas y el ruido. Dentro quedó el silencio del que había aprendido a no esconder la luz.
