Tribuna

Antes de ser León XIV: el mapa interior del Papa que aprendió a liderar sirviendo

Compartir

Cuando Robert F. Prevost tomó la palabra en Roma el 25 de julio de 2005 para pronunciar su conferencia ‘El líder servidor en la perspectiva de la espiritualidad agustiniana’, no imaginaba que años después sería elegido Obispo de Roma. En esa ocasión se dirigía a educadores agustinianos como prior general de la Orden en un congreso de educación, y lo hacía desde una preocupación muy concreta: cómo ejercer la autoridad sin traicionar el Evangelio y cómo sostener la vida comunitaria sin convertir el liderazgo en un ejercicio de protagonismo personal. Su objetivo en esa ponencia era ofrecer pautas sobre “un modelo específico de liderazgo” dentro del marco de la vida agustiniana, tanto religiosa como laical. Aquella conferencia no fue un discurso coyuntural; fue la exposición serena de una convicción. Leída hoy desde el pontificado de León XIV, revela un mapa interior ya trazado: una comprensión de la autoridad como servicio, como comunión y como camino espiritual.



En la citada intervención, Prevost no comienza con teorías organizativas ni con técnicas de gestión. Inicia su reflexión poniendo en el centro el Evangelio. Y lo hace con una afirmación que suena casi programática: “El liderazgo tiene siempre carácter de servicio”. La frase no es una intuición personal, sino que nace de la palabra de Jesús: “Quien quiera ser el más grande entre vosotros será vuestro servidor” (Mc 10,44). Desde ahí se construye todo el razonamiento. La autoridad, afirma, tiene sentido “en cualquier contexto de fe” solo si sirve y no si “domina con poder”. De hecho, recuerda que durante mucho tiempo se habló de la autoridad religiosa como “poder dominativo”, una expresión que, a su juicio, deja ver una comprensión más jurídica que evangélica. Por tanto, el contraste es claro: el liderazgo cristiano no se mide por la capacidad de imponerse, sino por la capacidad de ponerse al servicio del bien común.

En este punto introduce un pensamiento agustiniano que resume la tensión esencial de la autoridad cristiana: “Hemos sido puestos al frente y somos siervos; poseemos autoridad, pero solo si servimos” (s. ‘340A’, 3). De este modo, la autoridad no se niega sino que se redefine. No es una plataforma de prestigio, sino una responsabilidad orientada al bien de otros. La grandeza del que preside no está en ocupar un puesto más alto, sino en inclinarse para sostener a los demás.

Para sostener esta tesis, Prevost recurre extensamente a san Agustín, no como recurso ornamental, sino como fundamento teológico. En el ya citado ‘Sermón 340A’, predicado con ocasión de una ordenación episcopal, Agustín afirma: “El hombre que preside al pueblo debe comprender, ante todo, que es siervo de muchos señores… El Señor de los señores no desdeñó servirnos” (s. 340A,1). Y añade, citando el Evangelio: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir.” Aquí está la clave: presidir es servir porque Cristo sirvió. La autoridad cristiana no puede separarse del gesto del lavatorio de los pies. No es una concesión de humildad; es la forma misma de ejercer el ministerio.

La humildad

Prevost sabe que hablar de servicio puede parecer ingenuo si no se arraiga en una transformación interior. Por eso introduce el segundo gran pilar de su reflexión: la humildad. Y lo hace con una imagen inolvidable del ‘Sermón 69’ de san Agustín: “¿Quieres ser grande? Debes comenzar desde abajo… Cuanto más alto quiera alguien levantar su edificio, más profundamente excava el cimiento”(s. 69, 1,2).  La metáfora arquitectónica es pedagógica y contundente: cuanto mayor es la misión, mayor debe ser la humildad. El liderazgo no crece hacia arriba sin descender primero hacia dentro.

Prevost aplica esta enseñanza a una tentación constante: la de creerse más importante por ocupar un cargo. Las culturas –advierte– suelen asociar autoridad con prestigio, rango o superioridad. Por eso la humildad no es una virtud secundaria, sino una protección frente a la lógica del poder. En la ‘Exposición del Salmo 31,2’, Agustín insiste: “No encontrarás esta humildad en ninguno de los libros de los paganos… El camino de la humildad no procede de ninguna otra fuente; procede únicamente de Cristo” (en. Ps. 31,2, 18). El liderazgo cristiano, por tanto, no puede copiar los modelos del mundo sin perder su alma. Su forma es la del Cristo que desciende.

Y la humildad, añade Agustín en el ‘Sermón 68’, es condición para acceder a la verdad: “Has ocultado tu verdad a los soberbios y la has revelado a los humildes” (s. 68,7). La autoridad que no es humilde termina cerrándose a la verdad. La que se reconoce servidora, en cambio, se mantiene abierta al aprendizaje y a la escucha.

La vida comunitaria

Desde esta base espiritual, Prevost aborda un terreno delicado: la vida comunitaria. ¿Cómo se ejerce la autoridad en concreto? Como referencia introduce una de las citas centrales de la ‘Regla de san Agustín’, “el que preside no debe considerarse feliz por dominar con poder, sino por servir con amor” (reg. 7,3). Aquí Agustín no habla simplemente del “superior”, sino del ‘praepositus’, el que está “delante”. La imagen es sugerente: no es el que aplasta desde arriba, sino el que camina delante para orientar, animar y sostener la comunión.

En coherencia con esto, Prevost afirma que la ‘Regla’ exhorta a obedecer a los superiores “como a padres o madres”. No es un lenguaje militar, es familiar. Sin embargo, no presenta una visión ingenua de la autoridad. En el capítulo VI de la ‘Regla’, Agustín recuerda: “Cuando el bien de la disciplina exige que hables con dureza… no estás obligado a pedir perdón, para que no se debilite la autoridad de gobernar” (reg. 6,3). La autoridad cristiana no es permisividad. Servir también puede significar corregir. Lo decisivo no es la firmeza o la suavidad, sino la intención: que todo esté orientado al bien común y ejercido en la caridad.

La unidad constituye otro eje fundamental de la propuesta de Prevost en su conferencia, recordando el ideal de la primera comunidad cristiana –“un solo corazón y una sola alma”– que san Agustín cita repetidamente. Y ofrece una interpretación luminosa tomada de los ‘Tratados sobre el Evangelio de Juan’ (32,7): “Una comunidad es un grupo de personas unidas en armonía y en comunión de bienes, mientras se esfuerzan por vivir y amar en la santidad de vida”. La unidad no es uniformidad ni ausencia de conflictos; es comunión orientada a la santidad. El liderazgo tiene como misión custodiar y promover esa armonía, evitando que las energías se dispersen o que los dones se desperdicien.

León XIV

León XIV

Finalmente, Prevost aborda en la conferencia una cuestión de enorme actualidad: la verdad. Frente a la tentación autoritaria –“yo poseo la verdad”– y frente al relativismo –“nadie la posee”–, cita a san Agustín en ‘Confesiones’ 12,34: “La verdad no es mía, ni suya, ni de aquel, sino que pertenece a todos aquellos a quienes el Señor llama a compartirla en comunión; y nos advierte severamente que no la apropiemos como propiedad privada, para que no quedemos privados de ella”. La verdad no es propiedad privada; es don compartido. De ahí que el líder no “posea necesariamente todas las respuestas” y que la búsqueda de soluciones sea un camino común. El liderazgo cristiano escucha, dialoga y no manipula la información como instrumento de poder.

Las palabras de Prevost culminan volviendo al gesto de Cristo. Reconoce que el modelo autoritario puede parecer más claro y directo, pero insiste en que la fidelidad a la vocación exige regresar constantemente a la oración y a la Palabra. Y cierra con las palabras de Jesús tras el lavatorio de los pies: “Como yo he hecho con vosotros, haced ahora vosotros con los demás”. Ahí se sintetiza todo: servicio, humildad, fraternidad, unidad y verdad compartida.

Antes de ser León XIV, Robert Prevost ya había delineado el corazón espiritual de su liderazgo. No se trata de un programa estratégico, sino de una arquitectura interior. Su concepto de autoridad –ayer como prior general, hoy como Papa– no nace de la imposición, sino de la convicción de que solo quien sirve puede verdaderamente liderar. En esa coherencia se descubre al hombre detrás del pontífice: un pastor que aprendió en san Agustín que estar al frente significa, ante todo, ponerse a los pies.