A día de hoy, existen muchas traducciones –tanto de la Biblia como del Antiguo o del Nuevo Testamento por separado– realizadas a partir de las fuentes hebreas y griegas. Algunas traducciones tienen una orientación de carácter más bien pastoral, pues buscan principalmente claridad y precisión para el público actual, como la Biblia de Jerusalén o la Biblia Latinoamérica. Otras, en cambio, tienen específicamente fines más académicos, son más literales, fieles y precisas con respecto a las lenguas de origen, por ejemplo, la Biblia Reina-Valera –en el ámbito protestante–, Nácar-Colunga, Cantera-Iglesias o la Nueva Biblia de las Américas.
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Ahora bien, nada es comparable a tener los conocimientos previos de la lengua griega para degustar, saborear, comprobar matices y profundizar en los estilos de cada uno de los autores neotestamentarios (o, en su caso, conocimientos del hebreo para el Antiguo Testamento). El griego ‘koiné’ (común), cuya base era el griego clásico (dialecto ático) –llamado así porque fue la lengua vehicular en el mundo mediterráneo durante los siglos I a.C. y I d.C.– facilitó la difusión de los primeros escritos cristianos y de las obras posteriores de los Padres de la Iglesia, tal como había sucedido anteriormente –en los siglos III-I a.C.– con la traducción griega de las Escrituras hebreas, llamada Septuaginta o LXX.
Conocer la lengua griega amplía la visión para comprender a fondo los textos, con sus matices y posibilidades, con sus giros y con sus opciones de interpretación. Ayuda a interpretar el texto con consistencia y sin dejar volar la imaginación, a basar la lectura en fundamentos morfológicos, sintácticos y semánticos. Este soporte o cimiento permite percibir y discernir matices gramaticales, sintácticos y teológicos que se pierden en un vertido de traducción, cualquiera que sea la lengua de origen, evitando malas interpretaciones.
El conocimiento del griego ‘koiné’ permite, en primer lugar, captar el contenido de las palabras desde su propia precisión semántica, pues muchos términos griegos poseen un campo de significación amplio y flexible, que no siempre tiene una equivalencia exacta en las lenguas modernas. Por ejemplo, los términos ágape o logos, empleados con frecuencia en la teología cristiana, concentran una densidad de contenido solo comprensible desde su uso en el texto original y en su contexto cultural y literario.
A su vez, recursos retóricos importantes empleados por los autores del Nuevo Testamento, desaparecen a menudo en las traducciones, debido a que su equivalencia en otra lengua no es siempre fácil de aplicar. A ello se añade la distinción de tiempos verbales o el cuidadoso empleo de estructuras sintácticas que implican opciones exegéticas por la relevancia de la información teológica que vehiculan. Depender de la versión aportada por una determinada traducción significa asumir inconscientemente la interpretación de aquel que la ha realizado.
En lengua original
Nuestro deseo y alegato es animar a disfrutar de la lectura del Nuevo Testamento en su lengua original. Ello nos permitirá evaluar opciones, situarnos críticamente ante las diferentes traducciones que, en ocasiones, encontramos de un mismo texto y formarnos en una lectura más fundamentada.
Los libros del Nuevo Testamento no nacieron en el vacío, sino en un contexto preciso impregnado del mundo helenístico. Por ello, el griego no es un mero instrumento erudito para el acceso al Nuevo Testamento, sino una herramienta que no puede ser ignorada por quienes deseen acercarse con rigor al mensaje cristiano contenido en estos libros.