A propósito del debate público sobre el “giro católico”, Javier Cercas ha dicho que lo único que últimamente ha cambiado en España es la superación de algunos prejuicios anticatólicos, que habrían estado justificados “por 40 años de nacionalcatolicismo y por siglos y siglos de una Iglesia siniestramente clerical, reaccionaria, belicosa, fúnebre, ‘sexófoba’ y pegada como una lapa a los ricos y los poderosos” (‘El País’, digital, 6/12/2025). De esta retahíla, que merecería una consideración por partes, me interesa la palabreja que he señalado en cursiva: ‘sexófoba’. Por lo que me pregunto: ¿ha tenido la Iglesia fobia o miedo al sexo?
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Es un tópico decir que el sexo ha sido un tabú en la Iglesia, y quizá tengamos que admitirlo. De hecho, diría que este tabú ha avivado una cierta obsesión. Antiguamente, se hablaba mucho de la virtud de la castidad, de mantener la “pureza”, de evitar determinados temas de conversación o de no ver tales películas por sus imágenes subidas de tono. Pero, al mismo tiempo, no se charlaba con claridad y seriedad de la dinámica de la sexualidad o el desarrollo afectivo humano.
Casi todo el mundo sabía cuáles eran los límites que no debían traspasarse, mientras había poca convicción y menor formación psicológica sobre tales asuntos. A su vez, el tema más importante, o el más recurrente, que debía expresarse en las confesiones eran los pecados sobre el sexto y el noveno mandamiento, como si el decálogo de la ley divina se hubiera reducido casi en exclusiva a los dos mandamientos de materia sexual.
Tres anécdotas
Menciono tres anécdotas que reflejan este clima católico sobre una educación sexual reducida a discurso moral y convertida en tabú. Una pariente me contó que, cuando ella era ya moza, allá por los años 40-50, no iba al baile de las fiestas del pueblo porque era una de las cosas que el cura preguntaba en el confesionario. Pasemos de la vida rural al seminario. En una ocasión, un consagrado relataba que, cuando él, con 12 o 13 años, entró al seminario menor de su congregación, era costumbre no desnudarse a solas para así no caer en las tentaciones de la carne. (En la literatura teológica de esa época, pueden encontrarse reflexiones muy críticas acerca de una educación inhumana de la castidad).
Pasemos del preconcilio a la actualidad. Un joven amigo sacerdote me comentaba: “Cuando yo era seminarista, entre los compañeros nunca conversábamos abiertamente de nuestras fragilidades afectivas, de lo que nos costaba vivir la castidad o si teníamos una adicción a la pornografía, de la que algunos querrían salir pero sin tener herramientas”. Si el primer ejemplo tiene más de educación jansenista que católica, el segundo y el tercero apuntan a una escisión dualista entre la espiritualidad y la integración de la dimensión sexual, más bien típica del platonismo, que siempre ha sido una tentación en la historia del cristianismo.
Visión dualista de los gnósticos
Fueron los gnósticos quienes asumieron una visión dualista y consideraban que Dios no había creado directamente la materia del mundo. En este sentido, el gnosticismo comprendía que la ‘sexuación’ humana era algo propio de la caída, es decir, que la sexualidad corporal sería una degradación de la que debe ir despojándose aquel que va siendo iluminado en el conocimiento espiritual. Paradójicamente, los falsos místicos y muchos gnósticos a lo largo de la historia, a la vez que han despreciado la corporalidad, han practicado expresiones extrañas de lo sexual.
En polémica con los gnósticos, san Ireneo narra cómo Dios creó el mundo con sus propias manos, el Hijo y el Espíritu. La revelación bíblica muestra que el cuerpo y la materia son buenos al ser creación de Dios, por lo que ve la sexualidad como algo hermoso (cf. Gn 1). Es muy significativo un pensamiento de santo Tomás sobre la sexualidad: el ser humano, por su condición corporal sensible, de haber practicado la cópula carnal en su estado de inocencia antes del pecado original, no solo habría supuesto un deleite sensible bendecido por Dios, sino que habría sido de una intensidad mayor, puesto que “es tanto mayor cuanto lo es la condición natural y la sensibilidad corporal” (S. Th., I, q. 98, a. 2).
Del tabú a a una cierta “pornificación”
Sin embargo, en nuestro Occidente actual, a pesar de que nuestra relación con la sexualidad no se define por el puritanismo de épocas pasadas, tampoco se identifica en términos generales con el planteamiento de la antropología cristiana. Hemos ido de un extremo a otro, pasando del tabú a una cierta “pornificación” de la cultura. Asomémonos al análisis que ha hecho la sociología filosófica en las últimas décadas.
Por ejemplo, H. Marcuse acuñó el concepto de “desublimación represiva” para describir la forma social de vivir la sexualidad tras la II Guerra Mundial. El pensador freudomarxista explica que la búsqueda de la satisfacción inmediata y sin dilación se sitúa dentro de una dinámica de consumo capitalista, y esconde una represión más sutil que la del mojigato, en la medida en que obstaculiza un auténtico gozo de la sexualidad. Tal forma es alienante porque introduce al ser humano en una corriente conductual que sobredimensiona el lugar del placer sexual, lo que impide tomar una postura crítica ante las estructuras opresoras del sistema socioeconómico.
Más recientemente, Z. Bauman ha caracterizado el estilo de las relaciones amorosas de nuestra época como “amor líquido”, y Byung-Chul Han ha puesto de manifiesto que vivimos inmersos en una saturación de estímulos sexuales. Estos dos pensadores, galardonados con el Premio Príncipe/Princesa de Asturias de Humanidades (2010 y 2025, respectivamente), comparten el diagnóstico: a mayor consumo de espectáculo sexual, menor capacidad para vivir en plenitud la dimensión erótica.
Porno y cosificación de la sexualidad
Quizás el síntoma más palmario de la saturación sexual sea la, cada vez más frecuente, sustitución de la relación carnal por el hábito solitario del porno, en numerosas ocasiones con contenidos vejatorios y violentos. No es una preocupación solo de los obispos; el PSOE registró una iniciativa para restringir el acceso a la pornografía en junio de 2025.
Asimismo, podemos señalar otras rutinas propicias para una cosificación de la sexualidad: los jóvenes tienen relaciones íntimas muy tempranas y se hacen mayores acostumbrándose al sexo casual, como si de una obsesión se tratara, sin conexión con una relación interpersonal de respeto y amor, lo que requiere del reconocimiento de la infinitud del otro. El sexo, como acto de consumo individualista de dos, tal vez quiera llenar con recompensas efímeras la insatisfacción que provoca el vacío sin un horizonte de sentido en el que comprender la sexualidad de forma más unificada con la vida.
Promiscuidad y compromiso
Además, existe una cierta correlación entre el hábito de la promiscuidad y la incapacidad para adquirir compromisos de por vida como el matrimonio. Es una idea cada vez más asentada que el amor no dura para siempre, o que entre los esposos lo mejor es divorciarse cuando se pierde la pasión, como si, al querer huir de la vejez, optáramos por romper los lazos construidos durante toda una vida.
Un dato más sobre las heridas colaterales del “amor libre”, importante para quienes se sienten responsables de la dignidad humana desde su fase temprana: una sociedad hipersexualizada tiende a generar un imaginario cultural en el que la venida inesperada de una nueva vida se entiende como una anomalía técnica, no como algo plausible o inherente a la sexualidad, pues el sexo se enajena de su estructura procreativa. Se acaba invisibilizando frívolamente la dignidad del nuevo organismo humano, y la alteridad del embrión o feto queda fagocitada por el cuerpo femenino. (…)
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Índice del Pliego
LA SEXUALIDAD, ¿TABÚ O DON DE DIOS?
DEL TABÚ A LA “PORNIFICACIÓN”
REPENSAR LA SEXUALIDAD TRAS LA CRISIS DE ABUSOS EN LA IGLESIA
REVOLUCIÓN SEXUAL Y CULTURA DE LA ‘EFEBOFILIA’
MORAL SEXUAL Y VIDA NUEVA EN CRISTO
SINODALIDAD Y TEOLOGÍA MORAL
LAS PERSONAS HOMOSEXUALES COMO DESAFÍO PARA LA IGLESIA
