Pliego
Portadilla del Pliego, nº 3.455
Nº 3.455

Espiritualidad en tiempos de Instagram

El siglo XXI se caracteriza por la digitalización masiva, hacia una compatibilidad creciente con las tecnologías de la información y las ciencias de datos. Pese a lo que tendemos a creer, no se trata de un cambio que afecta solamente a las generaciones más jóvenes, ni se restringe al uso del teléfono móvil y las redes sociales.



Implica una verdadera mutación en los modos de vida y las cosmovisiones, las percepciones acerca del tiempo y del espacio, y los vínculos con nosotros mismos, con los otros y con el mundo, así como con el Misterio y el mismo Dios. Estos tiempos configuran otras subjetividades, con malestares y desafíos específicos, que impactan también en las vidas de los creyentes.

Personas usando el móvil

Personas usando el móvil. Foto: EFE

Desde la honda convicción de que a Dios no se le ha escapado la historia de las manos, quisiera señalar algunos rasgos, para explorar en ellos su potencia y desafíos, asumiendo la oportunidad de crear algo nuevo.

Saturación y olvido

Hagamos un rastreo muy simplificado de las consecuencias de esa transformación.

A través de diversas pantallas, recibimos constantemente información de toda índole, rápida y comprimida; es decir, se nos ofrecen, en cantidades y con celeridad, imágenes, audios y titulares que nombran de modos particulares lo que vivimos. El flujo de datos no se detiene, penetrando a todas las horas y en todos los espacios; tendemos a pasar de un tema al otro con crecientes dificultades para priorizar, y rápidamente, por efecto de la saturación, olvidamos lo que recibimos hace un momento.

Vida a doble velocidad

El tiempo se acelera y se expande, y pareciera quedar cada vez menos margen para los procesos; no solo podemos reproducir audios y vídeos a una velocidad x2, sino que la vida misma entra en esa sintonía, en la que cualquier demora nos impacienta. Los ritmos laborales tienden al 24/7 y es posible resolver cuestiones desde cualquier sitio y en cualquier instante.

Se va haciendo difícil diferenciar momentos de trabajo y descanso, tanto como detenerse a “perder el tiempo”; las horas para dormir se han reducido drásticamente y los trastornos del sueño proliferan junto con el uso tanto de somníferos como de sustancias psicoactivas que permitan sostener la vigilia “productiva”.

Conversación telefónica con una IA

Conversación telefónica con una IA. Foto: Archivo Vida Nueva

Las subdivisiones de los espacios, que organizaban la vida separando lo público de lo privado, lo compartido de lo íntimo, se ven abolidas por las tecnologías, que atraviesan las paredes con mayor eficacia que los fantasmas del pasado. Vamos transitando hacia un espacio-tiempo sin divisiones, que alimenta las pretensiones de infinitud mientras sobrecarga subjetividades que –todavía– necesitan de los cortes y las pausas para sobrevivir.

Optimizar y maximizar

Estos son solo algunos componentes que configuran virajes fundamentales en nuestras maneras de concebir la humanidad:

Así como en otras épocas se reconocía el límite de lo humano frente a lo ilimitado de Dios, en estos tiempos la distopía científica procura superar toda restricción natural, yendo más allá de las aptitudes y limitaciones. La biología deja de ser destino para tornarse un campo de intervención científica; se busca optimizar, es decir, mejorar hasta el extremo aquellos factores en los que la naturaleza ha fallado o podría fallar en el futuro.

Se trata de maximizar el rendimiento del así llamado capital humano: mantenernos limitados pasa a ser una opción para mediocres u holgazanes. El ser humano de este siglo tiene a su cargo la tarea, casi la obligación moral, de encarar ese proceso permanente, que abarca múltiples dimensiones: la salud física, la alimentación saludable, el descanso adecuado, el cuidado de la imagen, la regulación de las emociones, el éxito laboral y económico, el crecimiento técnico, profesional y académico, y muchas otras.

“Nada es imposible”

Cualquier logro se mira como relativo y puede y debe ser sobrepasado por el solo impulso del deseo y, por supuesto, de la exigencia. ‘Just do it’ (Hazlo), ‘Do what you can’t’ (Haz lo que no puedes hacer) y otros eslóganes similares recorrieron el cambio de siglo y se instalaron poderosamente en el clima de época. La convicción de que “nada es imposible” de la Anunciación se ha ido deslizando, desde Dios hacia la todopoderosa Ciencia –y el Consumo consiguiente–.

dos jóvenes con smartphone teléfono móvil

La optimización se torna una responsabilidad individual, sustentada en rutinas meritocráticas que requieren gran energía; quienes no afrontan ese “trabajo personal” o no consiguen los resultados esperados serían los responsables exclusivos de sus carencias. Tanta presión conlleva una atención constante sobre el yo, que se vuelve el centro de toda preocupación y acción.

En siglos anteriores nos encontrábamos sujetos a una norma que nos disciplinaba, pero también nos ponía en relación con un todo mayor frente al que debíamos devolver algo de lo recibido. Hoy, las estrategias de organización social han virado hacia lo que Deleuze llama el endeudamiento de los individuos.

Individualismo

Se diluye el compromiso con lo colectivo, y la tarea deviene en inventarnos a nosotros mismos, en tanto gestores de nuestra propia vida. La obligación con la sociedad, las generaciones anteriores y el Creador, tanto como la responsabilidad por el futuro de la especie, es reemplazada por una deuda con el propio despliegue, imposible de cubrir frente a los deseos y posibilidades virtualmente ilimitados. La frustración queda garantizada, así como el impulso a prácticas y consumos individualistas, cada vez más específicos y demandantes.

Hoy, ya no sufrimos por represión y culpa, sino por exceso de estímulo. Ya no se trata de evitar conductas –o de vivirlas hipócritamente en la clandestinidad– para adecuarse a los cánones sociales y morales, sino de expandir las posibilidades, de ser quienes genuinamente somos.

En el eje de la humanidad anida la paradoja: somos seres limitados y, a la vez, imagen y semejanza de un Dios infinito. Estas condiciones de época resaltan el polo infinito; si logramos habitarlas sin abrumarnos, sosteniendo el sentido y siendo conscientes de la pertenencia a un tejido comunitario mayor, podrían liberarnos de condicionamientos restrictivos, para hacer aflorar con mayor potencia el soplo original de Dios en nosotros. (…)

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Índice del Pliego

PINCELADAS SOBRE EL SIGLO XXI1

ALGUNOS DESAFÍOS ESPECÍFICOS PARA LA VIDA DE LOS Y LAS CREYENTES

  • ‘Inmanentización’ y personalidades ‘alterdirigidas’
  • Hiperconexión y debilitamiento del lazo

MERODEOS ACERCA DE LA PRODUCCIÓN DE SENTIDO

  • La potencia siempre nueva de lo simbólico
  • ¿Cómo entendemos hoy la vida en Abundancia?
  • La libertad de los hijos
  • Las lepras del siglo XXI
  • ¿La unidad en la diversidad? ¿O el gozo en la multiplicidad de rostros del Uno?
  • ¿Y entonces?