En los primeros días como Papa, León XIV volvió varias veces sobre el nombre elegido. Lo hizo en su primer encuentro con el Colegio Cardenalicio, al día siguiente de su elección: “Numerosas son las razones, pero, principalmente, porque el papa León XIII, con la histórica encíclica ‘Rerum novarum’, abordó la cuestión social en el contexto de la primera gran Revolución Industrial, y hoy en día, la Iglesia ofrece a todos su patrimonio de doctrina social para responder a otra revolución industrial y al desarrollo de la inteligencia artificial, que traen consigo nuevos desafíos para la defensa de la dignidad humana, de la justicia y del trabajo”.
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El día en que terminó el cónclave, cenando con algunos cardenales y respondiendo a algunos comensales, manifestó su preocupación por las condiciones en que viven muchos trabajadores. En otra de sus primeras apariciones oficiales (audiencia al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 16 de mayo), volvió a relacionar la elección del nombre con su deseo de hacerse presente en los desequilibrios e injusticias de hoy. De nuevo recordó a León XIII y ‘Rerum novarum’.
Por todo ello, es explicable que nos preguntemos hasta qué punto la figura y la obra de León XIII pueden iluminar lo que cabría esperar de León XIV.
León XIII es recordado, sobre todo, por su encíclica ‘Rerum novarum’ (5 de mayo de 1891), texto considerado como el comienzo de la llamada Doctrina Social de la Iglesia. Pero León XIII es mucho más que aquella su gran encíclica social. Más aún, para entender el alcance de este documento, hay que insertarlo en todo su pontificado (1878-1903) y en la problemática que le tocó vivir. Es una época de gran complejidad histórica, como efecto de los grandes cambios en las relaciones Iglesia-sociedad que empiezan a gestarse en el siglo XV.
Libertad individual
En 1784 (cinco años antes de la Revolución francesa), escribía Immanuel Kant en su opúsculo ‘¿Qué es la Ilustración?’: “La Ilustración es la salida del hombre de un estado de minoría de edad de la que él mismo es culpable. Esta minoría de edad consiste en la imposibilidad de utilizar su inteligencia sin la guía de otros. Minoría de edad que es culpable cuando el motivo de la misma no es la falta de inteligencia, sino de decisión y de valor… ‘Sapere aude’ (atrévete a saber)… tal es el lema de la Ilustración”.
‘Atrévete a saber’ expresa bien la nueva actitud del hombre moderno, que rompe con una historia de siglos en que el pensamiento humano se movió bajo la tutela de una autoridad indiscutible. Es una revolución que se inicia en el ámbito del pensamiento, pero que irá provocando la transformación de todas las instituciones de la antigüedad. Proceso lento, pero irreversible. La persona concreta no se define ante todo por su pertenencia a un grupo determinado, sino desde su propia individualidad. La apuesta por la libertad individual es su principal manifestación. Esta nueva mentalidad se irá difundiendo hasta provocar nuevas formas de organización económica y política.
Estos procesos conocieron especial intensidad en algunos momentos, pronto identificados como revolucionarios. La Revolución francesa fue pionera. Muchos países la siguieron en el siglo XIX. En 1830 y 1848 habría como réplicas del estallido de 1789. Eran expresiones de un mundo inquieto e inestable.
Pluralismo social
Esta nueva mentalidad tiene también efectos religiosos: la referencia última para la vida ya no es Dios, sino el sujeto individual. Desaparece de este modo una fuente indiscutible de unidad, dando paso a una sociedad marcada por el pluralismo.
Queda roto así el orden antiguo: una sociedad homogénea y jerárquica, con Dios como referente indiscutible y lo religioso como consustancial al ser humano y a la sociedad misma; y la Iglesia, a través de su autoridad, legitimada para marcar las pautas de la vida personal y de la organización social.
Este proceso, lento en su desarrollo y radical en sus consecuencias, afecta al lugar que ocupó la Iglesia en la sociedad durante siglos. Es lógico que reaccionara con incomodidad. Como suele ocurrir en estos procesos, las posiciones tienden a radicalizarse, haciendo más difícil cualquier entendimiento: la Iglesia se resiste a abandonar ese lugar que cree le corresponde por derecho divino, mientras que los promotores de esta nueva cosmovisión ven en ella el principal obstáculo para el progreso de la sociedad.
Esta confrontación se reaviva en las relaciones con los gobiernos europeos, a medida que evolucionan hacia regímenes liberales y democráticos. Especial virulencia alcanza en el conflicto de los Estados Pontificios, amenazados con ser absorbidos por un único Estado italiano. La absorción se consumará en 1871.
Gregorio XVI
En este contexto accede Gioacchino Pecci al pontificado en 1878. Los dos papas anteriores marcan momentos de gran desencuentro entre la Iglesia y esta nueva sociedad en gestación.
Gregorio XVI (1831-1846), monje camaldulense, llegó al pontificado con escaso conocimiento de los problemas sociales y políticos del momento. Y encontró grandes dificultades dentro y fuera de los Estados Pontificios. Actuó siempre desde una radical incomprensión de lo que estaba sucediendo. Su encíclica ‘Mirari vos’ sobre los errores modernos (1832) es una muestra de este desencuentro.
¿Tiene que cambiar la Iglesia, como algunos pretenden? Gregorio XVI es tajante: “Es completamente absurdo e injurioso en alto grado el decir que sea necesaria cierta restauración y regeneración para volverla a su incolumidad primitiva, dándola nuevo vigor, como si pudiera ni pensarse siquiera que la Iglesia está sujeta a defecto, a ignorancia o a cualesquier otras imperfecciones” (n. 6).
Pío IX
Por eso, la elección de Pío IX, que venía rodeado de un aura de liberal, suscitó nuevas expectativas. Los hechos se encargarían de desmentirlas. En su largo pontificado (1846-1878), el clima no hizo sino enrarecerse. Momento crucial fue el 20 septiembre 1870: Roma fue tomada por las tropas de Víctor Manuel II para consumar la unificación italiana. Nace así la llamada ‘cuestión romana’.
Consecuencia más inmediata: la suspensión del Concilio Vaticano I. Solo llegó a definir la infalibilidad pontificia, sin tiempo para avanzar en su reflexión sobre la Iglesia. A pesar de las divisiones existentes también entre los conciliares, el Concilio sirvió para exaltar la figura del Papa y convertirla en un polo de identificación de todos los católicos y favorecer así la unidad entre ellos en medio de tanta hostilidad.
Esta unidad habría de apoyarse en una doctrina sana. Pío IX intentó para ello identificar y condenar los errores más relevantes. Lo hizo en su encíclica ‘Quanta cura’ (1864), que concluye con un apéndice, el ‘Syllabus’: una lista de 80 proposiciones insostenibles para un católico. La última de ellas resume bien el rechazo total del mundo moderno: “El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna”.
Corrientes entre los católicos
Todas las puertas parecen cerradas. Tampoco la realidad de la Iglesia era tan homogénea como se hubiera deseado. Existían muchas corrientes entre los católicos en cuanto a la visión de la sociedad moderna y las posibilidades de entendimiento: la corriente tradicionalista rechazaba la razón humana para aferrarse a la revelación como única vía de acceso a la verdad; los grupos liberales propugnaban un acercamiento a la mentalidad moderna y sintonizaban con las propuestas de un orden económico de libre mercado y un orden político de libertades; el movimiento social cristiano centraba sus preocupaciones en las consecuencias sociales de la Revolución Industrial, aunque con una mentalidad muy paternalista; una pequeña minoría de orientación socialista buscaba inspiración en aquellos textos bíblicos sobre la comunidad de bienes en la Iglesia primitiva; la corriente democratacristiana buscaba una transformación política de la sociedad siguiendo el modelo democrático de la Iglesia primitiva, y apostaba por una Iglesia más democrática.
La elección de León XIII estuvo rodeada de menos expectativas que su predecesor, pero su pontificado constituyó un auténtico cambio respecto a sus antecesores. La valoración que se hace de él no es unánime: va desde quienes lo tienen por un mero continuador de lo anterior hasta los que ven en él un gran reformador. Esta discrepancia puede ser reflejo de la complejidad de la situación que afrontó, un escenario en el que tuvo que ir buscando caminos para romper el bloqueo heredado. Descubrir estos intentos, no siempre igualmente exitosos, ayudará a valorar lo que significaron sus 25 años de pontificado (1878-1903).
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Índice del Pliego
UNA NUEVA COSMOVISIÓN: LA MODERNIDAD
LOS PAPAS DEL SIGLO XIX
LEÓN XIII
LEÓN XIII: SU PROPUESTA DOCTRINAL
LEÓN XIII Y SU ENCÍCLICA SOCIAL
DE LEÓN XIII A LEÓN XIV PASANDO POR…
¿EN LA LÍNEA DE LEÓN XIII?