Pliego
Portadilla del Pliego, nº 3.446
Nº 3.446

Cuaresma interior

La celebración de la Cuaresma, año tras año, puede parecer una noria, algo que se repite y forma parte de nuestra rutina piadosa. Pero, si uno está atento y se plantea las cosas con un cierto rigor y profundidad, puede que la noria nos descubra el valor del agua viva, la que Jesús ofreció a la samaritana junto al pozo de Sicar. “El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás” (Jn 4, 14). Una vez más, todo dependerá de cómo se viva, de lo que se espere o se busque, y de lo que se consuma o beba. La sed de plenitud que experimentamos no siempre queda saciada por una mundanidad experta en distraernos de lo esencial. En cualquier caso, algo hay que poner de nuestra parte para que la Cuaresma no se difumine y, pasado el merecido descanso y la semana de Pascua, tengamos que decir “a otra cosa, mariposa” y el tiempo cuaresmal sea, una vez más, un tiempo perdido.



La Cuaresma y la Semana Santa tienen su exterioridad, demasiado bella las más de las veces. Pero es grande el riesgo de que todo quede en el rito, en la coreografía y en la imaginería. Por eso, quisiera acercarme, en estas páginas, a la experiencia cuaresmal desde dentro, desde la espiritualidad cristiana y la vida interior, a fin de dar sentido a un tiempo que se me antoja precioso para el cuidado de nuestra vida y de nuestra fe. Si logramos vivir al amparo del evangelio, las imágenes y los signos alimentarán nuestra experiencia creyente y el tiempo litúrgico será un tiempo de salvación.

La liturgia nos ayuda a recuperar la verdad de la fe y de la vida. El proceso cuaresmal significa poco si no crecemos en la fe o si la vida se vacía de contenidos liberadores. Nuestra propia verdad está dentro, donde bailan entrelazados el amor y el dolor, el brillo y la decepción, la presencia y la ausencia, la cercanía de Dios y su nostalgia. La Cuaresma es un tiempo precioso de introspección y, al mismo tiempo, de salida al encuentro de los hermanos.

Cuaresma. Miércoles de ceniza

En los temas de la fe y de la búsqueda sincera de Dios, la primera referencia es Jesús. De Él hay que partir y a Él hay que volver, a sus palabras, gestos y milagros. Y, muy especialmente, a los relatos de una pasión apasionada, capaz de dar vida en medio del dolor. Y dejar que sea Él quien nos ilumine y nos aliente. De su mano comprenderemos qué se nos ofrece y pide en este tiempo cuaresmal.

Limosna, oración y ayuno

Como un atrio, un umbral que marca y encauza el acceso al templo, la liturgia nos ofrece el texto precioso de Mt 6, 1-19, en el que quedan claras la práctica y la actitud del cristiano delante de Dios: la limosna, la oración y el ayuno, pero todo ello “en secreto”, allí donde escondemos el tesoro y alimentamos, no exentos de alegría y de dolor, nuestro yo más verdadero.

Limosna, oración y ayuno suponen algo más que un planteamiento ascético. El texto del capítulo 6 de Mateo, propio del Miércoles de Ceniza, se convierte en una referencia fundamental que nos ubica delante de Dios y de nuestros hermanos. Jesús plantea una relación nueva: “Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos”.

Limosna_pobreza

Lo que está en juego es cómo nos situamos delante de Dios, es decir, si practicamos las obras buenas que nos hacen justos ante Él y, al mismo tiempo, asumimos la contemplación del mundo y de su historia con ojos de misericordia. Solo así podremos aunar la vida y la fe, y renovar el seguimiento de Jesús. Los ojos misericordiosos nos llevarán a la limosna, al ejercicio de la solidaridad, a ponernos en el lugar del necesitado, del pobre que, más allá del pan, está pidiendo que se le abran las entrañas de la esperanza. Semejante compromiso nos recuerda que no podemos amar a Dios a quien no vemos si, al mismo tiempo, no amamos al hermano a quien vemos.

Intimidad del corazón

Semejante convicción marca el sentido de nuestra oración. No se trata de orar para tener a Dios de nuestro lado, gozar de su protección y lograr que convierta el agua en vino o multiplique nuestra fortuna. Mucho menos se trata de mantener ante el respetable público la imagen aparente de una persona piadosa, justa y buena y, al mismo tiempo, vivir en la mentira, en la corrupción o en la codicia del poder o del dinero. El encuentro con Dios en la intimidad del corazón nos exige autenticidad y transparencia.

Y así ocurre también con el ayuno. Tal como Mateo lo plantea, el ayuno va unido a la imagen que ofrecemos y, por lo tanto, a la sinceridad de nuestra vida. Por eso, Jesús, de forma directa, nos previene. Si queréis vivir de otra manera, tened cuidado con la hipocresía, con esa inmensa capacidad que el hombre tiene de aparentar lo que no tiene, lo que no ama y lo que no es.

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De ahí la insistencia en la necesidad de obrar “en lo secreto”, una especie de estribillo que se repite insistentemente: “Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 4; 6, 6; 6, 18). Lo secreto es el corazón, el mundo interior que globaliza la vida entera, allí donde, cuando escarbamos en la vida espiritual y nos dejamos tocar por el Espíritu, residen nuestros sentimientos, intenciones y mejores propósitos. “Lo secreto” es el espacio privilegiado del encuentro, del diálogo liberador, de la amistad y de la fe. El espacio donde la apariencia se difumina y podemos vivir en la verdad. Solo entonces sentimientos y propósitos quedan referidos a la iniciativa de Dios. Importa Él, su amor y su voluntad.

Dios en el centro

Franz Jalics hace un precioso comentario al tema de la oración en el cuarto escondido: “Cuando también la puerta está cerrada, nadie puede asomarse hacia dentro ni hacia fuera. En ella uno está oculto. La única mirada posible se dirige, según el texto, al Padre” (…). “En la cámara, en el centro vacío, en el hondón del alma no existen afectos; solo existe el mero ser percibido. Dios es nuestro centro más profundo. Él permanece en el centro de nuestro ser. Por eso debemos abandonar el balcón y dirigirnos al cuarto interior. Solo allí nuestra mirada se centra por completo en el Padre” (‘El camino de la contemplación’. Ediciones Sígueme, Salamanca, 2025, pp. 65-66).

Cuando oramos, ayunamos o damos limosna, nuestro lugar no es el balcón, sino “lo secreto”, la intimidad de nuestro cuarto, de nuestro interior, allí donde nos ponemos bajo la mirada del Padre. El texto de Mateo es una invitación a mirar hacia el interior. Solo en el espacio de la interioridad comprenderemos que estamos llamados a “ser uno con Dios” (Jn 17, 20-26) y que “veremos a Dios tal como es” (1 Jn 3, 2). Por eso, el Reino está ya en nuestros corazones. (…)

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Índice del Pliego

LA CUARESMA ES UN TIEMPO DE REFERENCIAS FUNDAMENTALES

  • En lo secreto
  • La conversión
  • La presencia

TRANSITAR POR LOS ESPACIOS INTERIORES

  • Cuaresma, tiempo de silencio
  • Cuaresma, tiempo de escucha
  • Cuaresma, tiempo de encuentro
  • Cuaresma, cruz y Pascua