Evangelio: Mateo 8,1-4
En aquel tiempo, al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente. En esto se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero, queda limpio». Y enseguida quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés».
Comentario
Jesús baja del monte, el monte de las bienaventuranzas, donde ha enseñado (Mt 7,28-29). Pasamos del primer discurso a una escena de la vida ordinaria. Jesús se encuentra con un leproso, que se postra ante él y le pide con timidez que le limpie: «Si quieres». Jesús «lo toca»; verbo muy importante, porque el contacto con la lepra hace de Jesús un hombre impuro (según la creencia judía). Jesús tiene autoridad en su enseñanza y en sus actos; su palabra se cumple; dice en voz alta: «Queda limpio», y el hombre «quedó limpio». Jesús le ordena que cumpla la Ley de Moisés, haciendo la ofrenda prescrita, pero no quiere que se extienda la noticia del hecho. Hemos visto a Jesús como «maestro y sabio». Ahora se le aparece la vida en su crudeza: un leproso marginado (fuera de la ciudad) y estigmatizado (culpable de haber hecho algo malo, según los criterios religiosos de aquel tiempo). Jesús va más allá de la norma inhumana, pues «toca» a alguien que es «intocable». Luego dice expresamente que quiere que aquel hombre «quede limpio»: le reintegra a la sociedad y le quita todo estigma. La misión de Jesús es salvar, rescatar, reintegrar, abrazar, curar. Jesús es transparencia de las entrañas de misericordia del Padre.
