¿Qué es la Navidad? Su origen y por qué el 25/12

Qué significa la Navidad, representación de un artista desconocido de Florencia (1340).
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Cada año, el 25 de diciembre, millones de personas a quienes no se ve habitualmente dentro de un templo hacen alarde de sus capacidades musicales y se arrancan a cantar villancicos. Millones de creyentes se preguntan si todo esto sigue teniendo algún sentido a punto de comenzar la tercera década del siglo XXI. La Navidad es la fiesta más celebrada del mundo y al mismo tiempo una de las menos comprendidas o, con más acierto, una de las más fagocitadas por diferentes sectores económicos. Siempre viene bien, por tanto, regresar a lo esencial: qué es la Navidad, cuál es el significado de la Navidad y qué se esconde detrás de una fecha que se asume sin más.



¿Es la Navidad realmente el 25 de diciembre?

El contexto siempre importa. La palabra “Navidad” tiene un origen latino; nativitas, “nacimiento”. Ese punto es sencillo. La fiesta celebra el nacimiento de Jesús en Belén. Pero conocer la etimología y cuál es el significado de la Navidad no resuelve una pregunta algo menos habitual: ¿por qué el 25 de diciembre?

Siempre hay gente a quien sorprende la respuesta histórica. La fiesta del nacimiento de Jesús fue una de las últimas en instituirse oficialmente; no empezó a observarse hasta finales del siglo IV y ni siquiera lo hacía de forma unánime. En Antioquía era todavía una novedad discutida hacia el año 376. Y en buena parte de Oriente se siguió celebrando el nacimiento junto al bautismo, en la fiesta de la Epifanía.

A propósito de la fecha del 25 de diciembre hay varias hipótesis.

La primera tiene que ver con el solsticio de invierno. En el calendario juliano, el 25 de diciembre correspondía al solsticio. Y en el famoso Calendario del año 354 se registran ese día un total de 30 carreras de carros en honor del Natalis Invicti, el “nacimiento del sol invicto” (Sol Invictus). Situar el nacimiento del “Sol de justicia” (como se llamaba a Cristo) sobre el viejo cumpleaños del sol tenía una evidente lógica simbólica.

Otra hipótesis está relacionada con el cálculo a partir de la Anunciación. Muchos autores antiguos partían de la idea de una simetría perfecta entre la concepción y la muerte de Cristo. Calculando desde la fecha que atribuían a la Pasión (el 25 de marzo), fijaron ese mismo día para la concepción y, nueve meses después, el nacimiento. Resultado: el 25 de diciembre. San Agustín lo formuló con claridad: Cristo habría sido concebido el 25 de marzo, día en que también padeció; y habría nacido, según la tradición, el 25 de diciembre.

La realidad objetiva nos obliga a aceptar, sin embargo, que el día y mes reales y exactos del nacimiento de Jesús son desconocidos. La tradición histórica situó el nacimiento de Jesús en torno al año 6 a. C., puesto que Herodes el Grande murió en el 4 a. C.

¿Inventó la Iglesia la fecha para sustituir una fiesta pagana?

Es la sospecha de siempre para la cual las fuentes históricas no dan una respuesta definitiva. Una tesis clásica, difundida como mínimo desde el siglo XIX a partir de los estudios de Herman Usener, sostiene que la Iglesia fijó la Navidad el 25 de diciembre para desplazar la popular fiesta pagana del Sol Invictus; de hecho, algunos cristianos orientales llegaron a acusar a Roma de idolatría y culto solar por haber escogido esa fecha.

Hay investigaciones, sin embargo, que no apoyan esa idea. Autores como el historiador Steven Hijmans recuerdan que el 25 de diciembre no era ni la más antigua ni la más importante de las fiestas romanas del sol, puesto que las principales se celebraban en octubre. Según esta lectura, la Roma cristiana habría elegido el solsticio no para competir con un culto rival, sino por su fuerza simbólica. Como decía más arriba, Cristo como “sol de justicia“, con una simetría de dimensiones cósmicas que ligaba su concepción al equinoccio de primavera y su nacimiento al del invierno. Así, la fiesta cristiana sencillamente habría crecido entre las festividades de invierno que ya existían y compartió con ellas fecha y símbolos sin que ello agotase su significado último.

Qué significa la Navidad en una imagen de Israhel van Meckenem (1490).

Qué significa la Navidad en una imagen de Israhel van Meckenem (1490)

¿Qué celebramos realmente en Navidad y qué olvidamos?

Esta pregunta está en el núcleo del asunto. Lo que la Navidad celebra no es un aniversario más, sino la Encarnación: la afirmación de que Dios se hizo hombre y vino a habitar entre nosotros. La concreción del Emmanuel, el “Dios con nosotros”. San Juan evangelista, en su crónica de la Buena noticia, lo escribe de forma sencilla: “quien me ve a mí está viendo al Padre” (Jn 14, 9).

Así que no se trata de un acto de embellecimiento, de algo decorativo. En su carta Admirabile signum, el papa Francisco recordaba que Jesús fue recostado en un praesepium, un pesebre, y que el heno se convirtió así en el primer lecho del “pan bajado del cielo”. El pesebre es una invitación a “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí: nace pobre, entre los últimos (los pastores, marginados de su tiempo), mientras “el palacio de Herodes está al fondo, cerrado, sordo al anuncio de alegría”.

Que Dios elija nacer así (pobre, en un establo, en un Imperio que no lo esperaba, en plena orden de censo de Augusto) es justamente lo que el ruido navideño entierra cada año. Lo han recordado varios pontífices a lo largo del tiempo. En su primera Navidad como sucesor de Pedro, León XIV lo expresó con crudeza al denunciar que, mientras “una economía distorsionada induce a tratar a los hombres como mercancía”, Dios se hace semejante a nosotros para revelar la dignidad infinita de cada persona.

Benedicto XVI, por su parte, se refería a ello como “lo olvidado” y pedía que la fiesta no quedara “absorbida por los aspectos exteriores”, de modo que la alegría no fuese superficial, sino profunda. En muchos lugares donde se toma conciencia de ello, se invita a detenerse en medio de las prisas para redescubrir el verdadero significado de la celebración. Y Francisco llegó a rezar pidiendo, en lugar de falsas seguridades, “un puñado de espinas”: el deseo de algo más, de no acomodarse.

La Navidad, punto de encuentro entre creyentes y no creyentes

Un hecho peculiar de esta fiesta es que une. El árbol, la misa del gallo y los villancicos convocan cada año a creyentes y no creyentes que incluso aparcan por unas horas sus diferencias.

Y es de sobra conocido que no todos esos elementos son de origen puramente cristiano. No es una sorpresa. El árbol, por ejemplo, suele rastrearse hasta tradiciones precristianas del norte de Europa: se lo ha relacionado con el árbol de la mitología nórdica, el Yggdrasil, y habría entrado en la Navidad de la mano de los pueblos germánicos ya cristianizados, que adoptaron una especie perenne por ser un adorno más apropiado en esa época del año.

Por otra parte, los villancicos nacieron como canción popular y profana a la que solo más tarde se vistió con letra devota (parientes del carol inglés y del noël francés).

La propia fecha, como hemos dicho, se consolidó junto a las viejas fiestas del invierno. Pero el hecho de congregar a las personas, de acortar distancias sociales, es algo profundamente navideño porque es reflejo del propio Jesús.

Quizá el mejor símbolo sea el pesebre que nos dejó como costumbre san Francisco de Asís, montado en Greccio en 1223: todos alrededor de la gruta, “sin distancia alguna” entre el acontecimiento y quienes lo comparten. Una antigua parábola judía lo dice a su manera: un rey pasea con su labrador, que se esconde por temor, y el rey le tranquiliza: “mira que yo soy como tú”. Eso es, por decirlo en corto, lo qué implica la Navidad: un Dios que se hace cercano, que borra la distancia y se queda al lado de la gente. Con o sin villancicos de por medio en el pasillo de los turrones del supermercado de turno.