Editorial

Vuelta a la comunión… de todos

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Cuando la emergencia sanitaria del coronavirus parece amainarse en Europa, los poderes públicos y la ciudadanía planean regresar a la “nueva normalidad”. Para muchos supondrá volver al trabajo, a comprar, a misa… Pero, para otros tantos, estas acciones son lo de menos ante la pandemia económica y social que ya sufren en primera persona.



Las cifras de desempleo en países como España e Italia abruman. Por un lado, cronifican la pobreza entre quienes ya llegaron al confinamiento con una vulnerabilidad maltrecha. Por otro, se abre la puerta a nuevas formas de pobreza que, al igual que el COVID-19, no va a discriminar ni por edad ni por sexo.

La debacle económica sitúa a los gobiernos con escasez de recursos ante la urgente reconstrucción social sin dejar a nadie en la cuneta. La Unión Europea se enfrenta a su prueba definitiva, al decidir si se convierte en una mera prestamista o propone un rescate sin intereses. Los empresarios, con más o menos acierto, se ven abocados a tomar medidas siempre dolorosas, para garantizar la viabilidad y salvar, en la medida de lo posible, a las plantillas.

Más cuesta arriba se pone para los pequeños autónomos, sin margen para reflotar sus negocios y a quienes de ellos dependen. Y todo esto, desde los parámetros de un mundo desarrollado. Basta con echar un vistazo al otro lado del Mediterráneo para vislumbrar la hecatombe en otras latitudes ya de por sí castigadas por otras epidemias no menos letales.

Desescalada

Por todo ello, es la hora de aterrizar en hechos concretos conceptos como bien común, fraternidad unidad… Cada una de las fases de desescalada que se proyectan no pueden dejar a nadie fuera ni atrás en un “sálvese quien pueda” de la quema. Tampoco puede despistarse la Iglesia. No cabe duda de los esfuerzos para retomar las misas con las máximas garantías sanitarias, sin ceder margen de maniobra a quienes priman el rito por el rito.

Pero, a la par que el necesario retorno a las celebraciones, debe programarse la vuelta a algo más importante: el regreso de la comunidad. Pero de toda la comunidad. Si no se van a escatimar medios para facilitar la participación en la eucaristía, menos aún a la hora de volver a vivir en cristiano en plenitud, sin rebajar un ápice los recursos destinados a la caridad.

Recibir el sacramento no tiene sentido si ahora más que nunca, en este tiempo de cruz, el sacrificio eucarístico no se traduce en una donación real como la de Jesús. Solo tiene sentido el Pan de Vida en el altar si hay pan para todos en la mesa del comedor, si el cristiano lleva de la misa a la mesa el alimento cotidiano para quien no tiene para llenar con dignidad la cesta de la compra y pagar las facturas del agua y de la luz. Ahí está la auténtica vuelta a la comunión.

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