El 3 de enero, una operación militar orquestada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acabó con la detención del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, por un supuesto delito de narcoterrorismo. De inmediato, la noticia sacudió a todo el planeta y parecía vislumbrar el camino inmediato hacia la democracia en el país bolivariano, después de veintiséis años atrapado bajo el yugo del régimen chavista. Sin embargo, estas expectativas se fueron diluyendo cuando el propio Trump descartó activar una transición inmediata o convocar elecciones. Es más, la incertidumbre se ha apoderado de la población venezolana después de que reconociera como máxima autoridad a la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, y descartara para pilotar un posible proceso de cambio a María Corina Machado, líder opositora cuyo partido ganó las elecciones de 2024.
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Este desconcierto es aún mayor, teniendo en cuenta que Trump ha visibilizado su nulo interés por priorizar los derechos y las libertades de los venezolanos, al poner por delante su objetivo fundamental: el control de los pozos petrolíferos. El líder republicano ha asestado un golpe de gracia al orden mundial vigente después de la II Guerra Mundial. No solo ha dado una patada al derecho internacional con la irrupción del ejército norteamericano en suelo venezolano para capturar a Maduro, sino que, además, se ha echado por tierra el multilateralismo. La arbitrariedad con la que ha actuado Trump trae consigo una sacudida internacional que puede tener réplicas lo mismo en Groenlandia que en Ucrania.
El ultraliberalismo económico se ha convertido, así, en la ideología suprema y la unidad de medida del millonario norteamericano. Aquel que se presenta como líder conservador legitima una política marxista en la medida en la que le deje seguir adelante con su negociado.
Pueblo sometido
En medio de esta encrucijada, los venezolanos continúan secuestrados, tanto aquellos que viven en el país como los ocho millones de exiliados. El pueblo se ve, una vez más, sometido por quienes abusan del poder, tengan el apellido que tengan.
De ahí, la importancia de las palabras de León XIV un día después de que se desatara esta crisis global: “El bien del amado pueblo venezolano debe prevalecer sobre cualquier otra consideración e inducir a superar la violencia y emprender caminos de justicia y de paz, garantizando la soberanía del país”. Esta es la máxima y el constante compromiso que la Iglesia, tanto desde el terreno como desde el campo diplomático, viene desarrollando en las últimas décadas y al que no ha renunciado en estos días convulsos: ser del pueblo y para el pueblo.