Según los datos oficiales, España cuenta con más de 6,3 millones de jubilados sobre 49,6 millones de habitantes, lo que supone más de un 13% de la población total. La crisis demográfica hace que nuestro país sea uno de los más envejecidos del planeta, lo que implica una falta de relevo generacional; no solo en el ámbito laboral, sino en todos los aspectos de la vida cotidiana.
- A FONDO: El talento de los laicos jubilados sostiene la Iglesia
- TESTIMONIO: Núria Codina: la religiosa que se jubiló de las aulas para entregarse en los invernaderos de Almería
- CONVERSACIÓN: Ciriaco Benavente, de obispo a párroco y capellán: así sirve un emérito
- OTRA MIRADA: Severo Moto: “Sin la fe no soy nada”
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Sin embargo, la calidad de vida con la que se llega a los 65 años, edad media de jubilación, unida a todos aquellos colectivos que, por una u otra razón, cierran su etapa laboral años antes, permite afrontar la llamada tercera edad con muchos más planes y expectativas que hace unas décadas. De tal modo que, si acompaña la salud, esta etapa se presenta como un tiempo para entretejer las relaciones familiares, recuperar el ocio, fomentar el autocuidado y afrontar los años venideros a otro ritmo.
La propia Iglesia está encontrando en los jubilados unos pilares fundamentales para el sostenimiento de sus comunidades. En el día a día, están al frente de sus propios grupos de fe y vida, además de llevar a cabo todo tipo de labores pastorales y administrativas.
En algunos casos, el talento que han desempeñado en las empresas o administraciones públicas de las que han formado parte les permite asumir el rol de liderazgo en determinadas instituciones, sean ONG, patronatos, delegaciones diocesanas… En la mayoría de ellos, en el caso de obispos, sacerdotes y religiosos, dejan a un lado esos puestos de responsabilidad que se les había encomendado –lo mismo como obispos que como directores de una obra apostólica– para convertirse en el alma de los lugares en los que se encuentran.
Sinodalidad
La sinodalidad también marca estilo en este ámbito, en tanto que evita autoritarismos unilaterales ‘sine die’ con consecuencias letales, promueve el tan necesario diálogo intergeneracional y ayuda a conformar una familia de familias, tanto en una parroquia como en una congregación, un movimiento o una plataforma social evangelizadora.
Proteger y poner en valor a quienes acumulan canas de sabiduría y experiencia fue una de las preocupaciones del papa Francisco durante su pontificado, durante el que alertó en innumerables ocasiones ante el peligro de aparcar a los mayores y, sobre todo, de perder la memoria y las raíces sociales y culturales.
Por eso, la Iglesia está llamada hoy a cuidar a quienes inician su particular jubileo. El desafío pasa por acompañar en ese proceso de transición y reciclaje hacia una etapa vital en la que se dejan a un lado determinados roles, para poner a la persona –por lo que es, y no por lo que hace– en el centro.
Porque la entrega en la Iglesia nunca se jubila.